Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2001/06/11 00:00

Sabíamos que era frívolo

Parece como si para merecer el premio Nobel de la Paz fuera condición indispensable ser criminal de guerra

Sabíamos que era frívolo

Revela la revista Cambio que todo esto que hemos venido padeciendo desde hace casi tres años, desde que Andrés Pastrana se internó intrépidamente en el monte desafiando el calor y los mosquitos para abrazar a ‘Tirofjo’ y regalarle un reloj publicitario, tiene un solo motivo: que nuestro Presidente aspira a que le den el premio Nobel de la Paz.

¡Pues haberlo dicho, hombre!

Haberlo dicho entonces, y así nos hubiéramos ahorrado esta larga farsa estéril hecha de sangre y babas. Nos hubiéramos ahorrado la interminable agenda, el sainete de la silla vacía, la polémica absurda sobre la toalla sudada de ‘Tirofijo’, las indignantes entrevistas de Castaño, las vergonzosas cantinfladas de Raúl Reyes, las fotos cómico-heroicas de Camilo Gómez montado en una mula para cruzar un río y de Víctor G. Ricardo montado en una carroza para presentarle cartas credenciales a la reina de Inglaterra. Toda esta farsa, que sería simplemente ridícula y grotesca, de vergüenza ajena, si no estuviera urdida con tantos sufrimientos de tanta gente: los asesinados, los secuestrados, los desplazados, los huérfanos. Haberlo dicho, hombre; y, con tal de ahorrarnos su vacuo y corrupto y dañino gobierno, todos los colombianos hubiéramos hecho palanca para que el Parlamento noruego, que es el encargado de esas solemnidades, le diera a Pastrana el premio. Tanto él como nosotros seríamos hoy más felices.

Y si nuestra rogativa colectiva me hubiera bastado para convencer a esos señores de Noruega, que sólo son sensibles a los ríos de sangre derramada, hubiéramos podido entre todos hacer vaca para regalarle a Pastrana, al menos, los 900.000 dólares que acompañan el premio. Porque, en rigor, el Nobel no es más que eso: la parte alícuota de un legado en dinero que dejó el millonario inventor de la dinamita para que se fuera distribuyendo de a poquitos entre científicos, escritores, y (para el caso de la paz) políticos. De a poquitos: 900.000 dólares no son nada. Sólo en pasajes aéreos a Oslo para largartear la candidatura de Pastrana ante los parlamentarios noruegos nos hemos gastado ya los colombianos 10 veces más: pasajes del propio Pastrana con Nohra y los niños, pasajes de toda la cúpula de las Farc con todo y bufandas, y no sé bien si incluso pasajes de Sabas Pretelt, presidente de la Federación de Comerciantes, en el abusivo nombre de la “sociedad civil”. Y encima hoteles buenos para todos, y salmón y arenque ahumado, y trago en el avión. Además de ahorrarnos el inepto gobierno de Pastrana, los colombianos nos hubiéramos ahorrado una fortuna.

Preveo la objeción: lo que quiere el doctor Andrés Pastrana no son los 900.000 dólares del premio. Dinero tiene de sobra, pues para eso le regalamos hace ya bastantes años un noticiero en la televisión pública. Lo que quiere es el prestigio que el premio conlleva.

¿Prestigio? Bueeeeno… El premio Nobel de la Paz se lo han ganado individuos de la catadura de Henry Kissinger y Le Duc Tho por prolongar gratuitamente durante años la guerra de Vietnam; o Anuar el Sadat y Menahem Begin por traicionar, el primero a los árabes y el segundo la causa de la paz en el Medio Oriente; o, en sus ya remotos orígenes, aquel gran genocida que fue Teodoro Roosevelt. Parece como si para merecer el premio Nobel de la Paz fuera condición indispensable ser criminal de guerra. Hace unos años lo tuvo de un cacho otro nefasto presidente de Colombia, Belisario Betancur, pero en últimas a los noruegos no les pareció mérito suficiente el asalto al Palacio de Justicia con sus 100 rehenes y guerrilleros quemados vivos o asesinados después. Tampoco se lo dieron a Virgilio Barco, pese al exterminio completo de la Unión Patriótica que presidió a su manera autista. Y ni siquiera lo obtuvo César Gaviria, quizás el de mayores merecimientos, puesto que al arruinar deliberadamente el campo colombiano con sus medidas de apertura económica le echó más leña que nadie a la hoguera de nuestra guerra interna. Le tocó conformarse con ese premio de consolación que es un cargo en la OEA, que da prestigio también —esa clase de prestigio—; pero que no es lo mismo. No es como un premio Nobel de la Paz, o un juicio en Nuremberg, o una estrofa en el Infierno del Dante.

Prestigio: “engaño, ilusión o apariencia para embaucar a la gente”, lo define el diccionario. Prestigio: el que da ir a Nuremberg, aunque sea como ahorcado; o figurar en los versos del Dante, aunque sea como condenado; o ganar el premio Nobel de la Paz. Andrés Pastrana sueña con eso. No con la paz en Colombia. Sino con la figuración que da el hecho de recibir un premio en el extranjero.

Sabíamos que era frívolo…

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