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Opinión

  • | 1983/07/11 00:00

    SACUDIENDOSE EL SOPOR DE ENCIMA

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En Buenos Aires, un grupo heterogéneo de personas espera que empiece la función en el lobby mal iluminado de un pequeño teatro off Corrientes. Entre ellos hay algunos con barba y blue-jeans, elementos que hace un par de años nadie hubiera querido usar para no parecer sospechoso. De golpe aparece en la puerta un policía que grita "¡ Hacer fila contra la pared señores!". Los presentes palidecen y obedecen buscando automáticamente los papeles en el bolsillo. Sin embargo, lo que tradicionalmente hubiera significado requisas, interrogatorios y eventualmente alguna detención, en esta ocasión es simplemente una broma de uno de los actores de la pieza de teatro -cuyo tema, antes tabú, es la vida en la cárcel de dos presos políticos- que representa el papel de "cana" y que distensiona la atmósfera con una segunda orden "¡Alistando la entrada y presentándola en la puerta para dar lugar a la función! ".
Es la apasionante vida artistica porteña, que empieza tímidamente a resurgir después de siete largos años de estar enterrada bajo una soporifera "cultura" oficial, cuyo más alto exponente era un slogan obsesivamente repetido por televisión y radio, que cantaba: "un soldado es un amigo, es un hermano, es un ser querido al que todos amamos..."
Porque una dictadura no sólo significa lo que todo el mundo sabe que significa, sino que impone, además, un hueco negro en el terreno de la cultura. En la Argentina, tras el golpe militar, el extraordinario empuje de la vida artística se reventó las narices contra el muro ciego de la censura y la autocensura; el asesinato de Haroldo Conti y de otros sirvió para reducir al silencio a los vivos, el exilio autoimpuesto de un Cortázar lo hizo aparecer como un ser lejano para sus coterráneos y el exilio forzado de un Pavlovsky -uno de los mejores dramaturgos latinoamericanos- lo obligó subsistir vendiendo flores a la salida del metro en Madrid, una bomba estalló en un teatro donde minutos antes Mercedes Sosa tarareara canciones de letra censurada; un día la gente leyó, mitad indignada y mitad divertida, que la Junta Militar había prohibido el tango "Cambalache" ("Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé") porque consideraba que se prestaba a alusiones malintencionadas al régimen.
En estos días los vientos democráticos intentan hacer a un lado toda la basura que va dejando tras de sí una dictadura descompuesta, que ya no puede con el peso de sus propias pugnas intestinas, y mucho menos aún con el recuerdo de esa sucia derrota maquillada de patrioterismo que fue la guerra de las Malvinas, o con el cadáver de una economía que ha hecho que un país tradicionalmente rico hoy se encuentre estrenando miseria, o con el fantasma de los miles de personas desaparecidas que en un lacónico comunicado oficial han sido declaradas "muertas en aras de la paz". La "apertura" ha traído, junto con las mesitas de propaganda electoral que brotan en las calles como hongos, una inyección de vida al mundo cultural y artistico. Después de 7 años de vacío, el arte argentino comienza a levantar cabeza Vedettes consagradas como Moria Cassán y Susana Giménez, forzadas durante este tiempo al recato, ahora se apresuran a "destapar" sus presas antes de que se ablanden. Una docena de excelentes caricaturistas -entre ellos Caloi, Fontanarrosa, Crist- afilan la punta incisiva de su lápiz para aguijonear a todo el que les estorba. Los viejos conjuntos de "Rock argentino", -Almendra, Máquina de hacer Pájaros, León Giecco- que hace diez años impusieran su imperio, vuelven a la carga: "Para quien canto yo entonces si los humildes nunca me entienden, si los hermanos se cansan de oír las palabras que oyeron siempre", vuelve a repertir el grupo "Sui Generis" desempolvando una vieja canción con nuevos brios, y los "hermanos", lejos de cansarse, la escuchan religiosamente como lo hicieran la primera vez.
En cuanto a la novela, sólo una figura surgió durante los años de la dictadura, la muy controvertida del turco Jorge Asis, quien logró editar y vender sus libros en la propia Argentina y mantener un público relativamente masivo con una serie de bestsellers que incluia titulos como Los reventados La Familia Tipo, Flores Robadas en los Jardines de Quilmes y La Calle de los Caballos Muertos. El gran tema de Asis son, como lo indica el titulo de su mejor novela, "los reventados", esos seres que proliferaron durante los últimos años de gobierno peronista (los de Isabelita, el "brujo" López Rega y la Triple A) y que se convirtieron en estrato social estable posteriormente, en la etapa de los militares. Lumpen tanto por convicción como porque no le queda otra posibilidad, el reventado es el vivo de toda ocasión, el que sobrevive gracias al "bicicleteo" (negocios de ocasión, pequeñas estafas, maniobras y cambalaches), el que vive a "la vieja" y a "las minas", el que tumba al pequeño burgués de buena fe. El habitat del reventado son los cafés y las esquinas de Buenos Aires, donde acecha a sus posibles victimas, sin buscar más que mantenerse vivo y ganar la aprobación de los compinches de su barra. Jorge Asis es el gran retratista de los años negros, y su literatura -voluntaria y agresivamente carente de dimensión politica y ética- es el reflejo más claro de los que habiendo tocado fondo, se sienten cómodos y a sus anchas allá abajo, y se convierten en los reyezuelos de la descomposición.
La "apertura democrática" opacó el culto por Asis y centró la atención en otro novelista, Oswaldo Soriano, cuya trayectoria había sido directa mente inversa. Soriano es un gordito calvo de 40 años que se trasladó a vivir anónimamente a Bruselas desde los primeros días del golpe. Su lacónico destino de exiliado hizo que sus novelas se publicaran primero en polaco y otras lenguas exóticas que en español, y que aunque empezara a escribir hace ya un decenio sólo hasta hoy fuera conocido en la Argentina, donde el gordito calvo de las novelas agridulces ha logrado por fin desmentir la sabiduría popular convirtiéndose en un auténtico "profeta en su tierra" .
Sus dos últimas obras, "Cuarteles de Invierno " y "No habra más penas ni olvido", son el primer intento de meterse en la boca la papa caliente de temas como la represión y el manejo arbitrario del poder, que son sentimentalmente dificiles de tratar por dolorosos y porque ponen el dedo en la llaga, y que literariamente también son difíciles porque tienden a ser obvios y panfletarios.
Soriano sale relativamente bien librado de la prueba, y sin embargo su mejor libro, el que es un verdadero descubrimiento, es el primero "Triste, solitario y final", que a diferencia del grueso de las novelas latinoamericanas tiene muy poco que ver con realidades sociopolíticas. Admirador perdido y conocedor profundo del cine mudo, Soriano escribe esta novelita seudo-autobiográfica como un homenaje al Flaco, a Stan Laurel, quien pasara sus últimos años en la miseria y el abandono, para morir finalmente no de enfermedad sino de orgullo herido, tras recorrer los estudios de Hollywood sin que nadie le ofreciera siquiera un papel de extra en una película de segunda. En la obra, un personaje real, que es Soriano, el periodista argentino, se junta con un personaje de ficción, el detective Philip Marlow -tomado de las novelas policiacas de Raymond Chandler- para emprender una alucinante guerra santa en reivindación del Flaco, que incluye patadas, robos secuestros cachetadas y toda suerte de insultos contra los idolos de Hollywood, contra la "farándula del triunfo", los born-winners, los del éxito-plata-mujeres. En una secuencia disparatada y frenética de acciones que en realidad son una transcripción a la literatura, magistralmente lograda desde el punto de vista técnico, de escenas de las peliculas del Gordo y el Flaco, Soriano y el detective arremeten contra Charles Chaplin, (ese "hombrecito engreído al que siempre le iba mal en las pélículas y bien en la vida"), contra John Wayne, Charles Bronson, Liz Taylor y Mickey Rooney. Y lo hacen en una especie de ritual de venganza a nombre de todos los "flacos", o sea los que tienen la luz y el agua cortados por falta de pago, los que no hablan inglés, los que un día se mueren solos como perros. El resultado final es una novela extraña y seductora, que detrás de la payasada gruesa destila amargura, tal como el cine mudo.
En la Argentina, como en vasos comunicantes, a medida que los militares se retiran, el arte y la cultura van recobrando vigor y ganando nuevas formas de expresión. Así de esquemático.
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