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Opinión

  • | 2013/10/31 00:00

    Por qué pagar congresistas de tercera por unos de primera

    Mientras los legisladores gringos devengan 10. 4 veces el sueldo mínimo de ese país, nuestros congresistas se embolsillan 42 veces el salario mínimo colombiano.

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Muy probablemente este título cause escozor entre los mal denominados padres de la patria, sin embargo este epígrafe sólo manifiesta la indignación de la gran mayoría de colombianos que tristemente ven a estos señores como los padres, pero de esa institución ineficiente, corrupta, procaz, deshonesta y poco fiable: el Congreso de la República. 

La reciente prima de $ 7.898.334 otorgada a los miembros del Congreso, pone su salario en casi 25 millones de pesos mensuales, uno de los más altos en la región y casi igual al que devengan los congresistas de Estados Unidos, el cual equivale a 27 millones de pesos al mes aproximadamente, una abominación y un insulto para el pueblo colombiano si tenemos en cuenta la labor que desempeñan los legisladores del Tío Sam –una república desarrollada– y el que realizan los parlamentarios de acá –una república, gracias a ellos, bananera–.

Comencemos recordando la población de ambas naciones. Mientras Colombia cuenta con aproximadamente 48 millones de habitantes, Estados Unidos tiene cerca de 317 millones, es decir seis veces y medio más de ciudadanos. Sería entonces lógico pensar que el número de congresistas norteamericanos sea seis veces mayor al de los legisladores colombianos, pero no: Estados Unidos tiene 100 senadores y Colombia 102 -sí, “102”, cómo les parece-.

Por otro lado, nuestro Congreso cuenta con 166 representantes y el país del norte con 435, es decir sólo 2.6 veces más de parlamentarios, pero no olvidemos que Estados Unidos posee 6.6 más habitantes y tiene 50 departamentos, la pregunta entonces es: ¿de dónde salen y para qué sirven tantos vergajos de estos acá en Colombia? 

Cualquier despistado podría argumentar que lo importante no es la cantidad de congresistas sino su calidad laboral –lo cual suena bien–, pero mientras los congresistas colombianos sesionan 64 días en el año (por ley los congresistas sólo sesionan dos días a la semana, durante ocho meses), los norteamericanos lo hacen más de 100 veces (para este año tienen programadas 126 sesiones), descartada entonces la calidad, aunque en lo que respecta a la pereza… la cosa es diferente.  

Pero como si esto fuera poco, los congresista gringos no sólo trabajan más que sus colegas colombianos, sino que para poder pensionarse, a los 62 años, necesitan ejercer cinco años de servicio. Un congresista colombiano se pensiona a los 55 años y sólo necesita ir a estornudar un par de veces al Congreso para ganarse su pensioncita que equivale a 25 salarios mínimos colombianos –y eso que fue reducida–, mientras que la de los norteamericanos equivale a nueve salarios mínimos de allá… Plop. 

Me encantaría decir algo, lo que fuera, a favor de los congresistas colombianos, pero ellos con su funesta labor lo hacen verdaderamente imposible. Si tomamos en consideración el salario mínimo de cada país, nos damos cuenta de que los congresistas colombianos ganan relativamente muchísimo más que los norteamericanos, pues mientras los legisladores gringos devengan 10. 4 veces el sueldo mínimo de ese país, nuestros congresistas se embolsillan 42 veces el salario mínimo colombiano –parece un chiste, un mal chiste–. Pero más gracioso es ver cómo los pocos congresistas que asisten a las sesiones acá, hacen de todo menos trabajar, que en últimas es por lo que les obsequian –perdón– les pagan sus exorbitantes sueldos.

Por estas razones, considero que lo idóneo para el país y el pueblo colombiano es aprovechar las ventajas del TLC con los Estados Unidos y traer congresistas gringos que, como bien hemos visto, trabajan más, cobran proporcionalmente menos, son más eficientes, se pensionan a mayor edad y, principalmente, asisten juiciosamente a las sesiones y no se duermen en los debates.  
    
En últimas, los colombianos estaríamos completamente de acuerdo con el desproporcionado salario de nuestros congresistas y hasta exigiríamos un aumento para ellos, siempre y cuando demostraran honestidad, rectitud, ética y que trabajaran por los intereses de los ciudadanos. Pero como es bien sabido, en lo único que nuestros congresistas superan a los legisladores norteamericanos –y a los de cualquier otro país del mundo– es en el número de parlamentarios investigados y/o procesados penalmente por corrupción o cualquier otro delito. 

Es por esto que para el pueblo colombiano darle un peso adicional a sus congresistas es echarlo a la basura, o, empleando la misma expresión utilizada por uno de los tantos “ilustradísimos” e “intelectualísimos” políticos colombianos: “la plata que uno le mete al Congreso es como meterle perfume a un bollo”.

*Autor del libro “El Imperio Fálico”, es un escritor colombiano que estudió Cine y Administración de Empresas. Ha escrito y dirigido obras de teatro Off Broadway y participó en producciones fílmicas y televisivas. Fue columnista durante dos años de la Revista Aló.
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