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Opinión

  • | 1998/06/15 00:00

    SALVASE QUIEN QUIERA

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Tal vez no va a saberse quien mató al general Landazábal. Apenas se está averiguando quién asesinó al mariscal de Ayacucho en la montaña de Berruecos. Lo de Uribe va adelante y lo de Gaitán obtuvo nuevas pistas en estos días. También Sucre pensaba retirarse de sus glorias militares y fue asaltado en la espesura. A Landazábal lo atacan en descampado, a pocos metros de su casa y de su oficina, en un recorrido civil.
Después de las guerras abiertas, de gran ruido militar, de bombardeo y metralla, viene esta guerra sucia, más canalla aún por sus ejecutorias. Los militares que han tenido a su mando ejércitos en guerra no pueden pasar a la vida civil y desentenderse de sus rutinas de seguridad. Ni Sucre ni Landazábal podían hacerlo, porque la prolongación de la guerra los acechaba.
Es, por cierto, la guerra de resaca, una guerra cobarde, porque hoy en día a nadie interesa tener hombría o valor civil. Sólo importa lo que es de la época: la eficacia sin miramientos. Eficacia, aun para el daño, por supuesto. Los que atacan a un militar retirado, posiblemente inerme, son villanos, son cobardes. Lo mismo ejecutores que mandantes, y nada les importa: cobraron la vida de un general y la noticia vuela por los radioteléfonos.
Los oficiales, que han estado en la guerra, no deben desampararse a sí mismos. Mucho menos el Estado puede dejarlos a su suerte.Una directiva del 97 les suprimió la escolta a los oficiales retirados y la dejó a merced de su solicitud personal, la que entraría a ser estudiada. Hace muchos años que en Colombia la protección ciudadana es dejada al arbitrio particular. La antigua Constitución describía a las autoridades como instituidas para proteger a todas las personas en su vida, honra y bienes. La Carta de Gaviria, que consagra innumerables derechos, en gran desorden y me parece que no olvida ni a los extraterrestres, sólo señala que el derecho a la vida es inviolable, para prohibir, en consecuencia, la pena de muerte. No hay, como en el artículo 16 antiguo, un mandato perentorio a las autoridades para su protección. Con todo, el asunto no es de legislación, porque debe quedar entendido el deber de las autoridades de proteger todo derecho esencial. El asunto es de torpeza gubernamental.
¿Cómo pensar que quien dirigió, de alguna manera, la guerra _y ésta continúa_ pueda andar desprotegido? Landazábal opinaba, además, con criterios extremos, de su libre expresión, que obligaban un amparo físico. Qué enorme descuido del Ministerio de Defensa y de los propios militares, al no demandar una protección especial para su general.
Aquí se salva el ciudadano, a la carta. Si lo desea, pide protección; de lo contrario, corre con las consecuencias. El Estado es un Pilato de manos húmedas. Guillermo Cano (olvidado por el columnista de Torre entre los asesinados durante la era de Barco) no pidió protección y no fue protegido, pese a estar públicamente enfrentado al narcotráfico criminal. Una noche salió de las instalaciones del diario que dirigía (hoy de la Cervecería) y una motocicleta, que había merodeado y aparcado toda la tarde, lo asaltó. Ningún guardia la vio. Barco llegó a su velación en el propio periódico enredándose en cables y micrófonos, porque la prensa sí llegó, pero la policía no.
El presidente Barco no parecía estar muy al tanto de lo que ocurría en su gobierno y así se le fueron por la vía rápida tres candidatos presidenciales, un ex candidato, un director de periódico, un magistrado y un director de narcóticos, entre otros.
No se sabe si el gobierno está protegiendo debidamente a los actuales candidatos. Es posible que sí, porque la guerra cobarde de la ciudad se ha ensañado en civiles inermes, olvidados y retirados, como quien cobra viejas venganzas. Y para no dejar enfriar la mano.
Hay que entender que hay dos guerras. Una es la que se libra en el monte o en la llanura selvática, y otra la de los cobros por retaliación, que se libra en los centros urbanos. Ahora parece que se estuvieran diezmando la derecha y la izquierda, según el turno, como si se tumbaran fichas de ajedrez, sin poder atacar a la reina, porque ella sí está protegida.
¿Qué sigue al asesinato del general Fernando Landazábal? Viene la revancha militar y ya se han practicado allanamientos abusivos a organismos no gubernamentales, regentados por religiosos. Ojalá que en vísperas de un eventual gobierno de Serpa, al que aupa cada día el Centro de Consultoría, no nos caiga el abrazo del Estatuto, también llamado el abrazo del Tequendama.
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