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Opinión

  • | 1988/11/28 00:00

    SAN ANDRES

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Al día siguiente del huracán, cuando San Andres apenas empieza a levantarse para recoger sus escombros, hablo por teléfono con mi amigo Pomare, que usa una gorra blanca de paja y tiene el oficio singular de narrar por radio los partidos de baloncesto.

"Los isleños estamos alegres", me dice el, con su curiosa manera de expresarse, mezclando tres idiomas en uno solo. "¿Alegres?", le pregunto, con cierta perplejidad. "Claro que si", replica Pomare, alzando ligeramente la voz.
"Porque no hemos tenido que llorar a nuestros muertos".

Esa frase escueta, dicha por un hombre que ha visto desaparecer la mitad de las casas de su isla de escucho, que siguió alelado el vuelo de los techos como si fueran navajas de afeitar, que sintió el mar bramando como una bestia en las calles, confirma lo que he dicho toda mi vida: que en Colombia no hay nada mejor que un sanandresano nativo.

Cuando he tenido la oportunidad de viajar por esas tierras--y es mucho menos de lo que yo quisiera--en vez de meterme al mar a retozar en el oleaje, me dedico a otras cosas mas placenteras. A observar la manera de ser de los isleños. A comer la fruta del arbol del pan, que ellos preparan soasada en leha verde, y tiene el mismo sabor de la ambrosia. A sentir entre la brisa el olor del pescado frito. A oir, entre el viento vespertino de San Luis, las notas de un viejo violín que toca calipso.

Creo que he descubierto donde está el secreto de esa gente. En su sangre, pero en alma, sobre todo, se entremezclan como en una paila las mejores características de los abuelos africanos con la magia del Caribe, sus ancestros de cuaqueros sajones y predicadores de Holanda. Son sabios, civilizados y tolerantes porque tienen una formación calvinista. No heredaron el sentido hispanico del relajo sino la severidad protestante.

Les ordenaron albergarse tres días antes del huracan, y como comprendieron que era para su propio bien, lo hicieron juiciosamente, sin algarabías ni motines.
Les dijeron que no podían salir a la calle y no salieron. Les prepararon con previsión unos hospicios temporales y ninguno de ellos se robo una lata de frijoles ni una toalla. Saben que un hombre de bien no toca lo que no es suyo. Y saben, además, que la ley se hizo para respetarla y los mandamientos de la autoridad deben acatarse para poder convivir en sociedad.

A mi me da mucha pena decirlo, y ustedes perdonaran, pero eso no podia hacerse sino en San Andres. Aqui, en la región continental colombiana, hubieramos armado una tremolina peor que el huracan, nadie habría acatado la orden de refugio, la gente habría salido a balcones y ventanas a ver pasar la tromba, como si la furia de la naturaleza desatada fuese un carnaval, y todavia estaríamos contando y llorando nuestros muertos. Lo mas seguro, también, es que ahora tendríamos un escandalo a causa de la desaparicion de ayudas para la gente, y que alguien hubiera metido su mano en lo que pusieron bajo su custodia. Dicho sin mas rodeos, que caramba: aquí habríamos saqueado hasta las pocas tejas que dejó el vendaval.

Escribo pensando en ellos, como si los estuviera viendo, a pesar del paso de los años. Eran cuatro o cinco apenas. En el internado de reformatorio donde estudiabamos los muchachos de entonces, al pie de las murallas de Cartagena, se matricularon los que venian de San Andrés.

Mientras los demas estudiantes cerreros inventabamos formulas para violar las normas, ellos eran los primeros en cumplirlas.
Jamas hablaban en la fila. Tenían los unicos cuadernos limpios.
Watson era grande, cuadrado y silencioso. Bowie Vanderbilt Archbold, con su nombre de personaje de novela, sonreia siempre y practicaba boxeo.

El que menos hablaba español era, curiosamente, el que tenía nombre hispano: se llamaba Parra. Un día nos llevaron a misa atodos los alumnos, a la Iglesia de Santo Toribio. Le pregunte a Parra, con aquella horrenda corbata verde del uniforme: "Si eres protestante, por que vienes a misa?". En su media lengua me dio una leccion: "Porque en mi casa me enseñaron que las creencias ajenas hay que respetarlas".
¿Que será de la vida de Parra?
Es la misma lección que San Andrés nos acaba de dar a los demas colombianos. Por eso el huracán no mató a nadie. Porque son disciplinados. Por eso, como dice bellamente Pomare, no tuvieron que llorar a sus muertos.
Por eso, en esta modesta pagina semanal, yo quiero rendirle un homehaje de amor y de admiración a San Andrés.

Un día de estos, si es que puedo volver a la isla, espero ver, como hace veinte años, al viejo Castibola Mc Lean tocando su violín en el porche de San Luis, en su casa de tablas, si es que el viento no se la llevo. Y si el viento de la vida no se lo ha llevado a el.

Pero espero, especialmente, que el país entienda que a San Andrés hay que cuidarlo como se cuidan las mejores cosas. Porque los sanandresanos son buenos como el pan. Mejor dicho: como el fruto del arbol del pan...--
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