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Opinión

  • | 1985/09/16 00:00

    SAN GALAN, EL MISTICO

    Galán es la versión con bigote de Juana de Arco

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Quienes hemos sido jugadores de billar, y tuvimos que dejar la afición porque se volvió un entretenimiento de truhanes en cantinas y bares de mala muerte, sabemos muy bien que su ciencia consiste en combinar tres de las mejores virtudes humanas: la aplicación de la geometría sobre una mesa verde, la colocación de la fuerza motora en el taco y darle rienda suelta a la imaginación para hacer que lo imposible se vuelva realidad. Esta mezcla balanceada es la que hace que el billar emocione por igual al cerebro cartesiano de un matemático y al alma soñadora de un poeta.
A causa de esta experiencia adquirida en largas horas de aprendizaje en el salón de juego que Ramón Behaine tenía en San Bernardo del Viento, me ha comenzado a dar vueltas en la cabeza la impresión de que el Partido Liberal está tacando su carambola por la banda que no es. Le están poniendo tiza blanca a su casquillo, cuando es natural que en estos casos se recomiende la tiza azul, aunque parezca una ironía del destino, tratándose de liberales.
Los liberales oficialistas se equivocan, por ejemplo, cuando tratan de seducir a Luis Carlos Galán aplicándole una simple lógica electoral. Le mandan a decir que si persiste la división perderán sin remedio ambas partes. Le hacen cuentas y cábalas políticas. Le proponen la unión. Restan, suman y dividen. Todo eso es verdad, pero desde una visión simplista de los números y de la estrategia.
Parece que no comprenden que el problema de Galán radica en que no es un político sino un místico. Lo grave es que los místicos tienen más desarrollado el sentido de su misión que el de sus intereses. Eso es lo que ha pasado en el género humano desde los tiempos de Jesús. Y desde antes: desde aquella vez en que Abraham iba a degollar a su hijo para satisfacer los llamados de Jehová.
Los místicos, como los héroes, no están hechos de cálculos y de reflexiones, como los mortales de carne y hueso, sino de una materia especial que los lleva hasta la catástrofe, hasta el sacrificio final, hasta la ofrenda de su propia sangre. Yo estoy absolutamente seguro de que Galán siente, probablemente sin percatarse de ello, que lo más importante ni siquiera es ganar sino cumplir con su cometido, como Moisés en la travesía del desierto, hasta llegar a una tierra prometida que sus ojos no pudieron ver.
Los místicos no transigen ni negocian. Para Jesús, el hijo de un carpintero de Nazaret, hubiera sido muy fácil sobrevivir a su destino. Bastaba con una palabra amable ante los ancianos que lo juzgaron en el sanhedrín o con una sonrisa ante Pilato. Pero había un designio más alto que su propia vida.
A menos que sea un ingenuo incorregible, Galán sabe que si quiere ser Presidente de la República solo necesita un apretón de manos con el senador Name una carta cordial al senador Guerra Serna, una declaración dicha por ahí sobre el senador Santofimio. Pero Galán, una versión rubia de Juan el Bautista, lo que busca es ir a la cabeza del pueblo liberal a la hora de atravesar lo que él piensa que son las aguas purificadoras del Jordán que borran los pecados, o ser él quien agite el latigo con que trata de expulsar a los mercaderes del templo de su partido.
Tengo la certeza de que Galán es capaz de llegar hasta la crucifixión política antes que renunciar a lo que ha tomado como su misión sobre la tierra. Es factible que las elecciones intermedias de marzo se conviertan en su monte Calvario y que lo despedacen a punta de votos adversarios. Será entonces el momento de medir la verdadera envergadura de su alma, cuando tenga que decidir entre la actitud racional de Pedro --que lo niega tres veces, como Marino Renjifo-- o pronunciar las siete palabras de su tragedia griega.
¿Se equivoca Galán al persistir en su determinación? Eso no lo
sabe nadie y yo no me atrevo a juzgarlo. Porque, vuelvo y repito, a los místicos no se les puede medir con la misma vara con que se compra una papaya por el hecho simple de que es más barata que la otra. Aunque parezca insólito en un territorio tan pragmático como el de la política, lo que Galán desea de Holmes Trujillo no son sus votos sino conseguir la redención de su alma liberal.
De la misma forma en que el Cristo se negó a obtener el indulto de Pilato, porque su misión consistía en perdonar y no en pedir perdones.
Esa es la razón por la cual dos hombres que tienen el mismo origen político, como Barco y Galán, no se pueden entender. Porque el señor Barco es un hombre lúcido, criado en las disciplinas económicas, especialista en asuntos de producción, reflexivo y racional. Galán es la versión con bigote de Juana de Arco entrando con su cruz a Orleáns, al frente de sus huestes, para echar a los perversos ingleses de la sagrada Francia.
Es por eso que pienso, con toda franqueza, que se equivocan sus adversarios liberales cuando tratan de colocar a Galán en los predios de la unión a través de las cifras y las premoniciones de derrota. Juana de Arco sabía que la iban a quemar en la hoguera, pero no cedió. De manera que el caso Galán no hay que estudiarlo en la Convención liberal sino en la conferencia episcopal.--
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