Lunes, 5 de diciembre de 2016

| 2000/06/26 00:00

San modesto, Papa

No es serio que el acontecimiento profetizado por la mismísima madre de Dios fuera algo de tan poca monta: un atentado fallido

San modesto, Papa

La Iglesia acaba de revelar el Tercer Secreto de Fátima, con el que tuvo en vilo a la grey católica durante 83 años. Desde que “una señora resplandeciente”, la Virgen María, apareció posada en la copa de un olivo para revelárselo a tres pastorcitos portugueses, el 13 de mayo de 1917, en Cova de Iría. Del Secreto se decía que anunciaba cosas apocalípticas: el fin del mundo, la venida del anticristo, o por lo menos una guerra termonuclear que aniquilara la civilización. Pues no. El terrible Tercer Secreto, cuya lectura estaba reservada a los Papas, era sólo la visión de “un obispo vestido de blanco que reza con sus fieles y cae a tierra como muerto bajo los disparos de un arma de fuego”.

Además de revelar el texto del Secreto —durante la beatificación de Jacinta y Francisco, dos de los niños que lo recibieron de boca de la Virgen, y en presencia de la tercera, Lucía, que lo puso por escrito y hoy es una nonagenaria monja de clausura, y del Papa, y de medio millón de fieles — la Iglesia, en la persona del secretario de Estado, el cardenal Angelo Sodano, lo explicó: vaticinaba el atentado fallido del turco Alí Agca contra Juan Pablo II en la Plaza de San Pedro, el 13 de mayo de 1981. El portavoz papal Navarro-Valls reveló que al día siguiente del atentado el Papa había releído el texto de sor Lucía, y que desde entonces “para él, el sentido estuvo claro”. Tanto, que en una de sus visitas al santuario de Fátima (ya van tres) le llevó de regalo a la Virgen la bala ensangrentada, como reliquia.

Advirtió el cardenal Sodano que el testimonio de sor Lucía es “una visión profética comparable a las de las Sagradas Escrituras”.

Con perdón del cardenal, eso no es serio.

No es serio que el acontecimiento profetizado por la mismísima madre de Dios en una aparición ad hoc con acompañamiento de un baile frenético del sol en el cielo, y transmitido de Papa en Papa con el mayor sigilo durante todo el siglo, y ocultado incluso durante 19 años después de que ocurriera, fuera algo de tan poca monta: un atentado fallido. Contra un Papa, sí, pero fallido. ¿Y por qué contra este Papa, el mismo que por fin accede a desvelar el misterio? ¿Por qué no el atentado que sufrió Pablo VI en Manila? ¿Por qué tampoco el atentado, ese sí exitoso, que le costó la vida al recién elegido papa Juan Pablo I, ese que había gritado un sorprendente “¡Dio é la mamma!” (“¡Dios es la mamá!”) desde el balcón de San Pedro? Tampoco está muy claro por qué “un obispo de blanco” tiene que ser forzosamente un Papa. Otros obispos que también se visten de blanco (por el calor) han caído bajo las balas también, en Africa, en Asia, en América Latina. Monseñor Arnulfo Romero, el de San Salvador, cayó “como muerto” —y encima, muerto— cuando “oraba con sus fieles”: durante la elevación, nada menos. No simplemente saludando a las muchedumbres, como fue el caso de Juan Pablo II. Pero, claro, monseñor Romero no es bien visto en el Vaticano, que estuvo a punto de excluirlo de la lista de 13.000 mártires que proclamó hace un mes: era demasiado amigo de los pobres.

Tampoco eran muy serios los otros dos Secretos de Fátima, la verdad. El primero era que Francisco y Jacinta morirían, como, en efecto, murieron: tal vez el único caso de un pastorcito portugués nacido a principios del siglo XX y que no ha muerto todavía es el de sor Lucía. El segundo, que Rusia volvería a ser cristiana. Cosas ambas, por lo demás, relacionadas también con Juan Pablo II: el mismo Papa que ahora beatifica a los niños, y el que se atribuye a sí mismo (olvidando a Gorbachov) el desmantelamiento del comunismo en Rusia. Y tampoco parece muy adecuado el momento de revelar la profecía: 19 años después de cumplida, pero en vísperas del cumpleaños del propio Juan Pablo II, que se celebró el 18 de mayo con una misa concelebrada por nada menos que cuatro mil (4.000) sacerdotes y obispos: casi como los “cuatrocientos elefantes a la orilla de la mar” de Rubén Darío.

Es como si este Papa, que está muy enfermo y sin duda avizora ya su propia muerte, quisiera darse a sí mismo un postrer regalo de cumpleaños: canonizarse en vida. Pues lo que hace con su interpretación traída por los pelos de la profecía mariana no es otra cosa que proclamarse a sí mismo el favorito de la Virgen: no sólo lo salvó de la muerte (“su mano maternal detuvo la bala disparada por otra mano”, dijo en su homilía de la beatificación), sino que además se tomó el trabajo de anunciar el fallido atentado tres años antes de que el pequeño Karol Wojtyla naciera en Wadowice, a miles de kilómetros de Cova de Iría. Pero por muy pontífice romano que sea uno, proclamarse a sí mismo elegido de los dioses parece cosa en exceso presuntuosa: más propia de emperador pagano que de pastor cristiano. No lo hizo ni el propio Cristo, que interrogado por Pilatos sobre si era el Hijo de Dios prefirió eludir la jactancia de una respuesta directa diciendo con modestia: “Tú lo has dicho”. El papa Juan Pablo II, en cambio, no vacila en proclamar: “Lo digo yo”.

En fin. Yo, por mi parte, no me meto.

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