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Opinión

  • | 1988/02/22 00:00

    SAN TROPEL

    "Lo que uno no puede hacer, y el padre Pío lo sabe perfectamente, es golpearse todos los días en el mismo dedo con la misma piedra.

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Confieso que yo también soy un seguidor consuetudinario de las aventuras televisadas de San Tropel, un pueblo que queda cerca de San Juan del Cesar y es vecino de esas tierras blancas y peladas de la Alta Guajira, donde el pobre Tite Socarrás se arruinó por las desdichas del contrabando.
Pero, al contrario de lo que acontece con la mayoría de los colombianos, mi personaje favorito --a pesar del cariño que me inspira y de la genuina admiración que le tengo-- no es el padre Pío Quinto Quintero Quintana sino monsieur Falla. Me parece que la gente, cautivada por la ternura y extravagancia del cura, no se ha detenido a observar el verdadero encanto de ese emigrante francés, un poco extraviado en las locuras del trópico, vestido de corbatín impecable en la sofocación de chicharra del Caribe, siempre impávido como un académico parisino.
En el fondo de su historia lo que hay es un merecido homenaje a los viejos franceses que un día cruzaron el mar en un paquebote de carga, llegaron a este país y se quedaron trabajando y sudando en los pueblos costeños. Ya forman parte de sus familias, sus apellidos y sus tradiciones. Los Dereux arreglaban y vendían motocicletas en Monteria. Los Lacharme instalaban plantas eléctricas en las aldeas cordobesas. Lecompte y Lemaitre fabricaban polvos de olor y alhucemas en Cartagena. Los descendientes de Lacouture han sido gobernadores del Magdalena. En la guerra de los mil días había un general Dangond que era fiero y corajudo como Robespierre. El capitán Luciano Lepesqueur, que tenía unas cejas del color del oro nuevo y unos ojos azules transparentes, comandaba los barcos que viajaban por el Sinú empujando trozas de madera silvestre.
Pero es que las epidemias tropicales también se le contagian al corazón. Monsieur Falla, que cuando llegó a San Tropel debía ser racionalista y frío como todos los herederos de Descartes, se ha ido convirtiendo, con el paso de los años y con los inviernos encima del alma, en un sentimental incorregible, dulce y maravilloso, tarareando boleros como cualquier enamorado de los que ponen serenata bajo la luz radiante de un lucero.
Cuando se le murió Mayuyis, su gorda y suave compañera de una sola noche, monsieur Falla ya había perdido el sentido práctico y realista que trajo de Francia, y se había transformado en un viudo fiel, estupendo marido sin esposa, leal más allá de las tinieblas de la muerte. Ahora, en el momento en que escribo estas líneas, ha ido a despedirse del vecindario y está preparando maletas porque Mayuyis le dijo que ya viene por él, para que sigan amándose en la otra vida.
Hermosa historia, sin duda, en una época en que lo admirable no es amar a la mujer de uno sino engañarla, aunque sea por deporte y por no perder la costumbre, y cuando ya no se estila la fidelidad sino la martingala. Monsieur Falla, paseándose cada noche por los mismos televisores en que campean las noticias diarias del crimen y la maldad, es una bocanada de dulzura, un viento fresco, una estampa anacrónica y afectuosa.
A propósito de los episodios que acontecen en San Tropel, hace unos pocos días, en unas declaraciones públicas que concendió a todo el que quisiera oírselas, el senador Jota Emilio Valderrama hizo una comparación aparentemente graciosa entre el Presidente de la República y el padre Pío. Dijo el dirigente conservador que, como el sacerdote de la novela, el señor Barco se tropieza con todas las puertas, se dirige siempre a la salida equivocada, no sabe dónde deja las cosas y se está volviendo testarudo. Yo creo que la comparación de Valderrama no es afortunada.
Es cierto que el padre Pío Quinto anda dando vueltas como una veleta, pero atiende recomendaciones y sugerencias cuando los demas lo hacen percatarse de sus errores. Es dócil cuando comprende que debe rectificar sus desaciertos. No se parece a ciertas personas que, como dice "Patecacho", un amigo mío que vive en el Cauca, ni arrean, ni atajan ni se hacen a un lado.
En ese caso, y para evitar la repetición constante del porrazo, hay varias fórmulas, elementales y simples, siempre y cuando uno no sea obstinado o arrogante: quitar la piedra del camino, o levantar el pie, o cambiar de sendero. A menos que la piedra del camino igual a la de una canción de José Alfredo Jiménez, la que le enseñó que su destino era rodar y rodar. Claro que si lo que está a punto de rodar no es uno solo, si no el país entero, entonces parece que el mejor camino será unir las manos en una plegaria, encomendarse a Dios y exclamar, como el padre Pío: "Ave María purísima, sin pecado concebida..." --
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