Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2000/10/30 00:00

San Vicente y Colombia, dos situaciones distintas

SEMANA.COM publica la columna escrita por Gabriel Angel, comandante de las FARC-EP, acerca de la zona de distensión.

San Vicente y Colombia, dos situaciones distintas

Comandante de las Farc







San Vicente del Caguán, bautizada por algunos como la capital de la zona de despeje, se encuentra por estos días en el centro de un debate nacional. Las más encumbradas cortes judiciales y el Ministerio Público hacen coro junto a los altos mandos militares, los voceros de los gremios de la producción, las altas jerarquías de la Iglesia, los editorialistas de la gran prensa reaccionaria y múltiples representantes del Parlamento y el gobierno para afirmar de manera enfática que no puede soportarse más el embeleco del área despejada para adelantar los diálogos con las Farc-EP.

Toda clase de argumentos han sido expuestos. Desde la fragmentación de la soberanía nacional hasta la custodia en ese espacio de menores retenidos, sin olvidar la escandalosa impunidad de que gozan los crímenes y atropellos de los guerrilleros contra la población intimidada. Desde la planeación de las horrendas tomas de pueblos hasta el regreso de los bandidos a este espacio con el fin de evadir la acción de las tropas oficiales, sin dejar de lado, desde luego, el recibimiento del aeropirata y su protección por parte de los alzados. No faltan los reclamos porque resulta además inútil, no hay acuerdos a la vista y la guerra no se ha detenido un solo instante.

Se acusa a las Farc también de aprovechar los 40.000 kilómetros cuadrados con el fin de prepararse de la mejor manera para el incremento de sus operaciones militares. La zona de despeje no fue creada para dictar cursos políticos o militares, ni para entrenar mandos y tropas para el combate, ni para la organización de milicias, ni para que se crearan células clandestinas de partido o del Movimiento Bolivariano, ni para realizar proselitismo político de ninguna forma. Se creó fue para instalar una mesa de diálogo con un ambiente de garantías que hiciera posible la presencia de los más importantes mandos de la insurgencia. Se ha vendido al país la idea de que las Farc, en su totalidad, se han refugiado en la zona de despeje para hacer de las suyas, burlarse de todos y convertir San Vicente del Caguán en un campamento guerrillero en el que, como dijera el señor Defensor del Pueblo, la población entera permanece como rehén.

Así que la Colombia exterior a la zona de despeje guarda la más tenebrosa idea de este segmento del país. Un sudor frío recorre la piel de aquél a quien se menciona por alguna razón la posibilidad de viajar al infierno del Caguán. De los labios de más de 20.000 colombianos que han pasado por las audiencias públicas en Villa Nueva Colombia hemos escuchado más de 20.000 veces también su propio relato acerca de los temores que abrigaban al llegar aquí. Prácticamente todos han pedido un teléfono para llamar a sus casas a informar que aún viven, que están bien, que las cosas no son como decían afuera, que están contentos, que era pura invención cuanto se hablaba allá. Que la guerrilla es otra cosa. Que San Vicente es un remanso de paz, en donde la gente trabaja y vive normalmente. Y que les dan es ganas de quedarse. No hay uno solo que no haya expresado de qué manera se le han derrumbado todas las ideas que traía sobre las Farc y la zona de despeje.

Y es apenas natural que así ocurra. Los hechos pueden más que el discurso. A diferencia del resto del país, en la zona de despeje no hay un juez, ni un fiscal, ni un soldado, ni un policía, ni batallones del Ejército o la Armada, ni bases de la Fuerza Aérea, ni cuarteles paramilitares protegidos por todos ellos. Resulta increíble que quienes alegan que su ausencia es causante del supuesto régimen de terror que impera en la zona de despeje sean los mismos que controlan un Estado en el que todos los días, sin excepción, se suceden las más espantosas masacres, un país en el que la amenaza de morir asesinado paraliza la denuncia, una Colombia en la que el pensamiento independiente se ve obligado al exilio o al silencio.

El motor de ese país es una ciudad de Santander, Barrancabermeja, que se ahoga en el piélago del horror a orillas del río Magdalena. Casi 400 asesinatos impunes en lo que va corrido de este año son la mejor muestra de la nefanda justicia que ofrece como modelo el régimen criminal a sus súbditos colombianos. Dos grandes batallones contrainsurgentes del Ejército Nacional, un batallón de la Marina de guerra, un comando de Policía con jurisdicción en todo el Magdalena Medio, helicópteros artillados que sobrevuelan durante todo el día el casco urbano y sus alrededores, tanques de guerra mezclados con el tráfico automotor por doquier, grupúsculos de soldados profesionales en las esquinas, patrullaje silencioso de los servicios de seguridad dependientes de la Presidencia de la República y de cada una de las Fuerzas Armadas. Bandas de paramilitares que se pasean orondas y amenazantes guiñando el ojo cómplice a las autoridades civiles y militares. Por las calles de la ciudad, por el río grande de la patria, por sus brazuelos y ciénagas, por los ríos menores.

Los habitantes del Magdalena Medio llevan más de 20 años denunciando esa misma situación que hoy vuelve a agravarse, como en los mejores tiempos del general depredador Yanine. Ese Estado del señor Fiscal, del señor Procurador, del señor Defensor del Pueblo, de su excelencia el cardenal, de los honorables representantes y senadores, del señor Ministro de Defensa, de los señores Pretel o Visbal, de los propietarios de los noticieros de televisión, de los diarios y de las revistas de mayor circulación, jamás ha organizado una sola campaña militar o de prensa contra semejante estrategia. Por el contrario, se ha hecho el de la vista gorda, ha alimentado cuidadosamente a los asesinos. Así como permanece impasible ante el accionar del llamado Bloque Calima de las tales autodefensas campesinas, que se apoderó de Palmira, Buga, Tulúa y otras ciudades del Valle del Cauca, que masacra trabajadores del campo y la ciudad, tiene amenazado al estudiantado de todo el departamento, en especial al de la educación superior, y que cuenta con el pleno apoyo de la Tercera Brigada y la Fuerza Aérea.

Aquí no más, saliendo de la zona de despeje, están las brigadas 12 y 24 del Ejército de Colombia, con unidades vestidas de paramilitares, instalando retenes y asesinando gentes humildes del Caquetá y Putumayo, sin que una sola voz del establecimiento se levante para denunciarlo. Y qué tal si hablamos del oriente de Antioquia, del sur de Bolívar, de los departamentos del Cesar, Córdoba, Magdalena, Sucre, La Guajira, de los Llanos Orientales, de Norte de Santander, Urabá, el Chocó o el antiguo Caldas. Por todas partes campea el terror. Y que no se nos diga que son los paramilitares de Carlos Castaño. Es claro que ese sujeto no es más que la mampara del Estado para aplicar la guerra que tiene declarada a la población colombiana, eludiendo el señalamiento directo a sus fuerzas armadas por la responsabilidad real. Los dueños de ese Estado, sus perros de presa, sus propagandistas, rabian porque existe un espacio de la geografía nacional en el cual no tienen cabida sus sangrientas dentelladas. Y lo hacen en nombre de Dios, de la Constitución, de la ley, de los principios y la moral.

El caso no es terminar con la zona de despeje y el proceso de paz. El caso es despejar al resto del país de los verdaderos asesinos. El que esa certeza esté creciendo en tanto colombiano es lo que está moviendo al establecimiento en bloque a apostar a la guerra total sin disimulos. Si algo tiene asustados a los sanvicentunos es que, levantado el despeje, la zona pase a ser igual que el resto de Colombia. Con qué irresponsabilidad se habla de la zona de distensión por todos aquellos que nunca han puesto un pie aquí. Los invitamos a venir. Llegar no implica ningún requisito especial. Los funcionarios del Estado no llegan a San Vicente sino cuando hay eventos y siempre a despotricar contra lo que ignoran. De todas maneras es preferible. A Barrancabermeja acuden para asistir a Consejos de Seguridad, con qué consecuencias. ¡Y ni siquiera se ruborizan!

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