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Opinión

  • | 2003/09/22 00:00

    Santo Domingo: leyenda y realidad

    Que sea inevitable que haya pobres, dicho por el industrial más poderoso del país,es una ridiculez

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Estabamos a la espera de la columna del mordaz Antonio Caballero sobre la entrevista publicada en 'Lecturas Dominicales' con el industrial Julio Mario Santo Domingo. Al fin y al cabo, todo el mundo la está comentando en la calle, y no bien, sino mal. Pero Antonio escribió su columna con tanto cuidado, que sólo produjo un chorro de babas, algo que pocas veces producen sus venenosas diatribas sobre la realidad.

Previamente no había ahorrado elogios para ponderar de forma muy florida el libro de Gerardo Reyes sobre el industrial, como un fenómeno de la investigación y del periodismo. (Me pareció, por cierto, una exageración. El libro que pretendía ser la biografía no autorizada de Santo Domingo, que al principio aparece como un trabajo serio de documentación, muy propio de Gerardo, termina ahogado en un mar de chismes, de rumores, de versiones sin dueño que lo visten de pasquín).

Yo no entiendo cómo el industrial, que tiene los mejores asesores y representantes en la tierra, pudo caer en esta trampa tan pueril. Por eso no me puedo quedar callada: la entrevista es pésima y le hace mucho daño a su imagen mítica. ¡Qué diferencia con la que le hizo hace unos años Roberto Pombo para la inauguración de Cambio!

El entrevistador es un hombre del que nadie había oído hablar pero que, en coincidencia con su apellido, es tan zalamero, que no fue capaz de producir una sola pregunta que lograra permitir que los colombianos descubriéramos al verdadero Santo Domingo, en lugar de quedarnos con la caricatura que el señor Luis Zalamea logró hacer de él.

Insisto en que no entiendo. Santo Domingo es, de lejos, uno de los hombres más interesantes del país. Distante, inescrutable, muy pocas veces abre la boca, maneja todos los hilos del poder, es atractivo, es elegante... es uno de los personajes más entrevistables que a un periodista le pueden poner por delante.

Por eso es inexplicable que haya caído en las manos del señor Luis Zalamea, tan octogenario, tan octogenario (como él mismo se describe) que es tío de Alberto Zalamea, que ya era un dinosaurio cuando se retiró hace ocho o 10 años de Cromos.

No sé si sea por octogenario o por zalamero que las preguntas son más largas que las respuestas. El tuteo al conocido industrial es de mal gusto y muy poco pertinente. Las preguntas recorren toda una gama, desde lo más ridículo ("Si te ofrecieran el Ministerio de Hacienda, ¿lo aceptarías, apelando a tu patriotismo?") hasta lo más lambón ("....al contrario de lo que pasa con casi todos los ricos, tienes imaginación y buen gusto para gastar tu plata. En vez de comprarte un yate (..) te hiciste habilitar un junco tradicional chino...").

Y claro. En una camisa de fuerza como esta, producida por unas preguntas tontas y deshilvanadas, las respuestas no pudieron ser peores.

Que sea inevitable la voluntad de Dios de que haya pobres sobre la tierra es algo que podemos decir todos los demás mortales. Pero dicho por el industrial más poderoso del país se presta a toda clase de burlas. Pregunten en la calle. Decir que el principal defecto que uno tiene es no saber tocar piano es francamente una ridiculez. Pero luego reconocer que otro defecto es que le cuesta trabajo tomar una decisión, le trae a uno inmediatamente a la cabeza el caso de Ricardo Santamaría, a quien le pidieron la renuncia de la dirección de El Espectador un mes después de haber publicado la entrevista con el piloto venezolano, el supuesto florero de Llorente. Que un recuerdo destacable de su infancia sea habérsela pasado cazando pajaritos en un solar enorme, "perfectamente protegido y sin ningún peligro" es desconcertante. Que hay que controlar los malos manejos de los ricos pero también evitar que los pobres roben tiene que ser una respuesta sugerida por Zalamea. Y la afirmación de que ninguno de los dos -entrevistador y entrevistado- cambiarían a su respectiva señora por una enfermera y ni siquiera por una cocinera sólo tiene una explicación, que la da el propio Zalamea: "(...) no va del todo mal esta entrevista para ser un diálogo entre octogenarios.".

Yo quiero reivindicar al otro Santo Domingo. Al que fascina en mi generación. Al buen mozo y distante. Al hombre con la familia perfecta. Al frío y al calculador. Al forjador de un imperio y ganador en todo. Al leal como ninguno con sus amigos y al despiadado como ninguno con sus enemigos. Prefiero a ese Santo Domingo que al niñito con la cauchera que vivía en un solar enorme y que 80 años después no sabe escoger a su entrevistador.

ENTRETANTO. ¡Ministra, Ministra! ¿Cómo se le ocurre pensar que una comisión puede resolver sus problemas de incomunicación con sus subalternos?
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