Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2007/04/07 00:00

¡Santo subito!

Los milagros de ahora curan tullidos, o gente con cáncer, o monjas con parkinson, pero jamás han hecho retoñar una pierna o un ojo. Eso sí sería gracia

¡Santo subito!

''¡Santo subito! ¡Santo subito!" Así gritaban esta semana un grupo de peregrinos en Roma, polacos la mayoría. Y lo mismo pedía uno de los dos gemelos que gobiernan Polonia desde la extrema derecha (uno se aguanta con paciencia a un Uribe, pero ¿se imaginan a dos Uribes repetidos gobernando al mismo tiempo? Mientras el uno clama contra el aborto, el otro restablece la pena de muerte. Eso les pasa allá). "Subito" en italiano (sin tilde) no quiere decir "repentino", como "súbito" en español, sino "ya mismo".

Así que el grito que se oía en la Plaza de San Pedro al comienzo de esta Semana Santa no quería decir que a Juan Pablo II lo habían vuelto santo de la noche a la mañana, como a la madre Teresa de Calcuta, sino que los fieles pedían que lo santificaran ya mismo, sin darle tantas vueltas al proceso. Los polacos, cuando se murió el Papa anterior, pidieron insistentemente que los dejaran extraerle el corazón a Wojtila, para trasladar su reliquia milagrosa a Polonia, pero esta vez al en la curia tuvieron el buen gusto de no permitir que esta costumbre medieval se repitiera en pleno siglo XXI, y la víscera del Papa fue enterrada con él.

Esta semana nos enteramos del primer milagro comprobado del futuro santo. Una monja francesa de 46 años, Marie Simon-Pierre, que estaba semiparalizada por el mal de Parkinson, se curó repentinamente después de escribir de modo ilegible, a causa de su enfermedad, el nombre de Juan Pablo II en un papel. Como los médicos que la atendían en el convento no entendieron su curación, súbita esta sí, su caso ha sido elegido -entre otros muchos- para impulsar la causa de la beatificación del Pontífice.

No voy a ser yo quien lamente la salud recobrada por esta religiosa. En realidad, me alegra mucho su curación y celebro que haya una persona menos que sufre de Parkinson. Pero en vista de que desde el más allá el Santo Padre tiene tantos poderes taumatúrgicos, ¿por qué no elimina la enfermedad de Parkinson de una vez por todas y no sólo en una que otra monja, sino en todas las monjas, o más aun, en todas personas que la padecen sobre la faz de la Tierra?

El Islam, el hinduismo, los evangélicos, todas las religiones que hay en el mundo sostienen que sus fieles se han curado milagrosamente después de cierto tipo de invocaciones al más allá, o de intermediarios especiales en el más acá. En general, las personas religiosas creen en esos milagros, aunque solamente en los de su propia fe. A los milagros de las otras religiones los llaman supercherías. Tal vez por eso el filósofo Daniel Dennett aconseja que en todos los colegios públicos y privados del mundo se impartan con detenimiento clases de religión. Pero no de ninguna en particular, sino de todas al mismo tiempo, con sus creencias detalladas, su geografía del más allá, sus milagros y asombros sobrenaturales.

En esto de los milagros, si uno se fija bien, entre los tiempos antiguos y los modernos ha habido una increíble decadencia. Milagros de verdad verdad eran los de antes, con mares que se abrían para dar paso a las caravanas de judíos y se cerraban para ahogar a los egipcios, con subidas en cuerpo y alma al reino de los cielos, como Remedios, con resurrecciones de muertos (Lázaro ya olía) y dedos que vuelven a brotar de las manos perdidas en una guerra santa. En cambio ahora, milagritos de nada. Yo mismo les cuento uno que me pasó a mí. Como se sabe, los reyes (que han sido nombrados por decisión divina) también tienen en sus manos y en su saliva poderes de sanación. Ahora que estuve en Cartagena, muy adolorido de una pierna, me obstiné en estrechar la diestra de Juan Carlos I, aprovechando que vino. Y fue como con la mano, desde eso no me duele la rodilla.

Si no estoy mal, corre en este momento el año 2007 después de Cristo. Pues bien, ya en 1748, el filósofo inglés David Hume publicó un libro fundamental, Investigación sobre el entendimiento humano, en el que hizo algunas críticas -para mí irrebatibles- contra estas creencias supersticiosas. Les recomiendo que lean el capítulo sobre los milagros. Su crítica más aguda y más simple coincide con una observación que cualquiera puede hacer. Cuando uno va a los santuarios milagrosos de Lourdes o de Fátima, ve muchas muletas, muchas sillas de ruedas, pero ni una sola prótesis. Los milagros de ahora curan tullidos, o gente con cáncer, o monjas con mal de Parkinson, pero jamás han hecho retoñar una pierna o un ojo. Eso sí sería gracia.

Hume dice, con razón, que cuando leemos la historia de los milagros de la antigüedad, estamos como "transportados a un nuevo mundo en el cual la estructura de la naturaleza está desorganizada y los elementos operan de una manera diferente a como lo hacen en la actualidad." Antes había reyes que mojaban con su saliva las cuencas vacías de los ciegos, y éstos recuperaban los ojos y la vista; había santos que tocaban con sus pies a los mochos, y éstos echaban a andar. En cambio estos milagros del Papa... No sé, es como si hasta los milagros estuvieran en crisis. Qué decadencia.

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