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Opinión

  • | 2014/06/13 00:00

    Comunicar la paz

    La desinformación sobre el proceso de negociación es terreno abonado para el discurso guerrerista. Si Santos es reelegido, su gobierno deberá mejorar la comunicación con la ciudadanía.

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Una de las quejas recurrentes con respecto al actual proceso para la terminación del conflicto adelantado entre el gobierno de Juan Manuel Santos y la guerrilla de las Farc –que hace un par de semanas cumplió 50 años de fundación- es que ha faltado pedagogía; que el Gobierno no ha comunicado óptimamente los avances en las negociaciones y que, por consiguiente, los ciudadanos están desinformados.

Las partes están negociando en medio del conflicto y, adicionalmente, han acordado que el sigilo y la confidencialidad sean –como han sido hasta ahora- los principios rectores del proceso para evitar circos mediáticos, filtraciones, mentiras, y todo tipo de circunstancias que puedan afectarlo.

Y, sin embargo, las ha habido. Aunque parezca difícil de creer, la paz tiene enemigos. Y los tiene porque, contrario a lo que se piensa, no beneficia a todos: afecta negativamente a quienes la guerra genera dividendos, cualquiera que sea su tipo. La paz no una palabra mágica que cambia las cosas con solo nombrarla ni es agradable a todos los oídos.

Es cierto que todos los procesos de paz exitosos que ha habido en el mundo se han dado en medio de la más extrema reserva y que no todo lo discutido debe ser socializado, pero no se puede confundir conversar en privado con no informar o no comunicar. La gente necesita tener información, sobre todo acerca de las decisiones que afectan su futuro.

La desinformación genera miedo, temor y rechazo y es el terreno abonado para las mentiras de los enemigos del proceso, que construyen sobre la base de esos sentimientos su discurso guerrerista y mesiánico. No hay nadie que se beneficie más que ellos de las deficiencias en la comunicación de las partes porque saben sembrar en esos vacíos la duda y la disociación necesarias para afianzar su ideología y se valen de todas las argucias posibles (cuanto más sucias, mejor, ya se ha visto) para lograr sus objetivos. No importa que el beneficio de los ciudadanos a los que dicen defender esté en riesgo: La realidad es que ellos no les interesan.   

Si hay un momento en que este círculo de desinformación y mentiras ha sido especialmente vicioso y sucio ha sido la campaña presidencial, no creo que haga falta que mencione aquí las bajezas de las que se ha valido el uribismo para torpedear el proceso de negociación y sacar de ello un beneficio electoral, porque sabe que la gente desinformada es fácilmente manipulable y acaba aceptando lo inaceptable, así como sabe que nadie apoya aquello de lo que duda o que no conoce.

Los fallos comunicativos del Gobierno de Santos con respecto al proceso de negociación han quedado en evidencia ahora que aspira a reelegirse y le han hecho caer en la trampa del uribismo, que le ha obligado a utilizar su lenguaje. No hay nada más errático que crear una estrategia de comunicación (si es que se le puede llamar así) basada en defenderse y desmentir porque es demasiado desgastante, porque se pierde mucho tiempo y porque se termina jugando en el terreno del opositor.  

El desespero oculto tras la aparente seguridad con que Santos se ha dedicado a defenderse y a defender los avances en los diálogos ha sido aprovechado por el uribismo para generar suspicacias en un sector de la ciudadanía indecisa o temerosa. El presidente candidato ha acabado dando la impresión de que hablar tanto del proceso solo hace parte de su estrategia electoral. El hecho de que casi hubiera optado por centrarse solo en los diálogos, hasta el punto de parecer olvidar que debía difundir sus otras propuestas, ha servido de acicate al uribismo, enemigo declarado (aunque haya intentado cambiar falsamente de posición) de la solución política negociada. 

Algunos errores se han subsanado esta semana, que ha sido especialmente abundante en intervenciones televisivas y videos de “Pedagogía de la Paz”. El propio Sergio Jaramillo, uno de los miembros más notables del equipo negociador del Gobierno, reconoció en el programa televisivo Urna de Cristal el pasado 29 de mayo que “hay que informarle mejor a la gente de qué se trata la paz”. En el programa de anoche, el jefe del equipo negociador Humberto de La Calle también reconoció fallas en la comunicación y aceptó que esas fallas han facilitado la generación de rumores y mentiras.

Según datos suministrados por la Oficina de Prensa de la Oficina del Alto Comisionado para la Paz, la Mesa de Conversaciones ha recibido un total de 20 mil propuestas de las cuales 7.249 se han hecho a través de la página web o por correo postal y las 12.751 restantes son resultado de los foros nacionales y mesas regionales a los que se ha convocado a organizaciones campesinas, afrodescendientes, indígenas, movimientos sociales, de víctimas, defensores de derechos humanos, iglesias, la academia, ong’s, medios de comunicación, entre otros actores sociales. 

No se tienen detalles sobre la estrategia de comunicación emprendida por el Gobierno más allá de estos foros y encuentros, algunos de los cuales se han transmitido por radio, televisión e internet, como los organizados por el Centro de Pensamiento y Seguimiento al Diálogo de Paz de la Universidad Nacional y el Sistema de Naciones Unidas en Colombia. 

Se desconoce, por ejemplo, cómo se comunican los avances del proceso a quienes no cuentan con acceso a los medios de comunicación masiva o a internet, a la población sumida en el analfabetismo, a la residente en las áreas remotas del país o a la que habla lenguas diferentes al español. En este último caso, solo se sabe que la página web publica comunicados en lenguas sikuani, wayúu y embera, y en los idiomas inglés, francés y español.

Se ha dicho reiteradamente y de todas las maneras posibles que las elecciones del próximo domingo serán decisivas para la paz. Y es  verdad. Lo que está en juego no es solo el éxito del candidato presidente en las urnas: Ojalá se tratara solo de eso. El no haber considerado suficientemente a la comunicación como elemento estratégico y el no haber hecho una pedagogía realmente incluyente y eficaz de lo que significaría el fin del conflicto con las Farc que pudiera acallar casi sin esfuerzo las mentiras malintencionadas del uribismo podrían costarle al país perder la posibilidad más real y cercana que ha tenido de parar la confrontación con esa guerrilla. 

Ha faltado, también, explicarle suficientemente a la ciudadanía que la paz no dependerá solamente de la eventual firma de un acuerdo, sino que se trata de una construcción que requiere de la participación de todos los colombianos. Pero la gente no puede participar en algo que no conoce y, a la vez, no puede hacer propia una paz a la que siente que no se le ha convocado realmente. 

La ciudadanía no puede seguir creyendo equivocadamente que la paz es una tarea del Gobierno, que no le compete y por la que no debe esforzarse. La paz es una construcción que requiere voluntad y dejar de lado la comodidad de creer que la democracia se limita a votar. Si los colombianos quieren un mejor futuro para sí mismos y para sus hijos, deben tomarse la paz con seriedad.

Si Santos es reelegido, debe tomar nota de los errores de su gobierno en la comunicación de los avances del proceso y mejorarla si realmente quiere implicar a los ciudadanos en la construcción de una paz “estable y duradera”.

Las Farc deberán, por su parte, actualizar su discurso y su lenguaje, que en la mayoría de ocasiones ha evidenciado lo lejos que ha estado de la realidad de este país y de la gente. La guerrilla ha intentado establecer sus propios medios de comunicación con la ciudadanía, pero sus mensajes no han terminado de calar ni llegan suficientemente como consecuencia del resentimiento, el recelo y la desconfianza que aún generan aún en quienes apoyan el proceso. 

Algunos periodistas y medios de comunicación se han quejado de que, a diferencia de otros intentos de lograr la paz negociada, en este proceso de diálogo no ha trascendido mucha información, aunque varios entienden que es necesaria la prudencia y se están esforzando por hacer un buen trabajo con la información de la que disponen. Ante las carencias comunicativas del proceso ellos podrían asumir de mejor manera la tarea de hacer pedagogía de la paz, es decir, explicarle a la ciudadanía por medio de más y mejores historias e investigaciones qué puede hacer y cómo sería este país si se llega al fin del conflicto. 

Los medios y periodistas pueden y deben mostrar todas las posiciones, incluso las antagonistas del proceso, sin convertirse en cajas de resonancia de los discursos guerreristas. Pueden demostrar que, contrario a lo que dicen algunos, la paz sí tiene narrativa y cubrirla no “es aburrido” porque no ofrece el vértigo y la adrenalina de la guerra.

Aún no se ha decidido el mecanismo por el cual la ciudadanía refrendará los acuerdos, en el caso de que este gobierno sea reelegido y el proceso de negociación siga adelante. Es un tema muy serio, sobre todo teniendo en cuenta los altísimos índices de abstencionismo electoral. Quizá las elecciones del domingo, que decidirán si el futuro del país irá encaminado a través de la salida política negociada al conflicto o se desviará al camino tortuoso de más víctimas, más sangre y más dolor, sirvan como indicador y experimento. 

Adenda: ¿Saben los colombianos que el Derecho a la Paz consagrado en el Art. 22 de la Constitución es un derecho fundamental? ¿Saben que, en ese orden de ideas, podrían exigir por la vía judicial una salida política negociada al conflicto armado a un gobierno que se negara a ello y que, en cambio, encaminara sus esfuerzos a reforzar la vía militar sin importar sus consecuencias? ¿Saben que sería posible demandar por vía de hecho una decisión judicial que no buscara la paz, sino que estimulara o promoviera la guerra?

En Twitter: @NubiaRojasblog
Periodista y consultora especializada en temas de paz y asuntos sociales, políticos y humanitarios.
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