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Opinión

  • | 2012/09/14 00:00

    Santos va a la guerra, Santos va a la paz

    Que el hijo del presidente vaya a la guerra es una noticia trascendental en un país en el que los amigos de las soluciones armadas sólo lo son mientras se libre con los hijos de los pobres y no con los suyos propios.

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Pocas días antes de revelarse por parte del presidente Santos que están en marcha conversaciones de paz con las Farc con el fin de poner fin por la vía negociada a casi cinco décadas de conflicto interno en el país, la opinión pública presenció el ingreso al ejército de Esteban Santos, hijo del mandatario, para prestar en esa fuerza su servicio militar. Se informó que su entrenamiento inicial lo realizará en la Escuela de Lanceros de Tolemaida, en donde realizan sus cursos de formación las fuerzas especiales destinadas al combate irregular o guerra de guerrillas.
 
Esta noticia tiene lugar en un país en el que los hijos de las élites no suelen interesarse en seguir la carrera militar o policial, ni prestar el servicio militar obligatorio, y en los casos en los que no resulta posible eludirlo, no son generalmente enviados a las primeras líneas de la guerra. Son contadas las excepciones, como es el caso conocido del hijo del exministro Fernando Londoño, quien fue durante nueve años oficial del ejército en el arma de infantería y, como tal, estuvo desplegado en el mismo frente de combate con las Farc en el sur del país.
 
Esta situación contrasta con la de otras naciones en donde es estrecha la relación entre élites gobernantes y fuerzas armadas, entre construcción nacional y fuerzas militares. Por ejemplo, un total de 13.878 miembros de la Universidad de Cambridge sirvieron en las fuerzas militares británicas durante la Primera Guerra Mundial y, de éstos, 2.430 murieron en el campo de combate defendiendo a su país de la amenaza de invasión extranjera. En lo que hace a la Universidad de Oxford, el otro centro de estudios en los que se forma la crema y la nata de la sociedad inglesa, las cifras indican que alrededor de 15 mil miembros combatieron en esa conflagración mundial y cayeron abatidos 2.700 (el 12% de todas las bajas aliadas), en tiempos en los que la población estudiantil de la universidad era alrededor de 3 mil.
 
En días recientes los medios registraron que el príncipe Harry, nieto de la Reina Isabel, llegó por segunda vez a Afganistán a volar helicópteros militares en una misión de cuatro meses con las fuerzas británicas que forman parte de las tropas de la OTAN enfrentadas a las milicias talibanes, quienes de inmediato lo declararon objetivo militar. Durante la Guerra de las Malvinas en 1982, el príncipe Andrés, hermano de Carlos y para entonces segundo en la sucesión al trono, se embarcó en el “HMS Invincible”. En medio de la reanudación de los roces entre Argentina y el Reino Unidos por estas posesiones en el Atlántico Sur, el príncipe William estuvo como piloto de helicópteros militares en las Malvinas durante seis semanas a principios de este año.
 
También en la cultura de los Estados Unidos constituye una verdadera debilidad electoral para quienes aspiran llegar a la Casa Blanca, no haber servido en las fuerzas militares del país, y quienes sí lo han hecho convierten su experiencia castrense en una demostración fáctica de su patriotismo y compromiso con los intereses del país.
 
Por su parte, en Colombia, los jóvenes de las principales universidades no han tomado históricamente parte en la guerra como miembros de las fuerzas armadas, a la vez que sí resulta lamentablemente frecuente que caigan abatidos pero en robos callejeros, apuñalados en Transmilenio, asesinados a la salida de bares y discotecas, o muertos en casos de sobredosis por drogas o alcohol.
 
No puede catalogarse como una paradoja, como podría pensarse a primera vista, que mientras el presidente aprueba diálogos de paz, su hijo se enrola en uno de los pocos ejércitos del mundo que inmersos en una guerra real durante tanto tiempo continuo. Al contrario, más bien en la simultaneidad de las dos noticias pueden leerse las claves que ahora hacen real la posibilidad de finalizar el conflicto y construir una paz duradera: un estado comprometido con el fortalecimiento democrático y el avance de la equidad social; unas fuerzas militares eficientes, modernizadas y respetuosas del orden constitucional; unos grupos armados ilegales exhaustos por la presión del aparato estatal y sin posibilidades reales de conquista del poder central; unos actores políticos y sociales que buscan con más ahínco y sinceridad el fin del conflicto para evitar vivirlo y sufrirlo en carne propia.
 
Que el hijo del presidente vaya a la guerra es sin duda una noticia trascendental en un país en el que los amigos de las soluciones armadas sólo lo son mientras la misma se libre con los hijos de los campesinos, los vigilantes y las señoras del aseo, y no con los suyos propios como carne de cañón.
 
* Profesor titular de la Universidad Externado de Colombia, M.Sc. de la Universidad de Oxford.
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