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Opinión

  • | 2012/08/27 00:00

    Santoyo: el llanero solitario

    Nadie como el general Mauricio Santoyo combinó todas las formas de lucha para perseguir a los disidentes del régimen.

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El general Mauricio Santoyo Velasco es la excepción metafísica de todos los seres de la especie humana. Los múltiples aspectos del ser humano, tanto físicos como espirituales, dependen de dos factores: la herencia y el medio ambiente. Estos dos componentes y su mutua relación determinan el comportamiento de todo hombre como individuo y como miembro de la sociedad. Jamás será posible desentrañar y entender los grandes crímenes que han cometido quienes de algún modo han ejercido el poder, ni evitar que se repitan, sin estudiar estos dos factores con sinceridad y realismo. El código genético y las circunstancias de espacio y de tiempo en que actúa el hombre son, pues, los responsables de su conducta. La genética es aquella parte de la biología que estudia la estructura, transmisión y funciones de la herencia. En la especie humana, la herencia es el conjunto de características corporales, intelectuales y personales que, al unirse el óvulo y el espermatozoide, quedan fijados genéticamente en el niño. El medio ambiente no es otra cosa que la mutua relación que existe entre el hombre y su entorno: la naturaleza, la cultura, el medio social, la educación, y finalmente, todos sus roles laborales.

Santoyo solamente tuvo uno de los componentes del hombre: la herencia. En efecto, hasta hoy, aun en su soledad, no ha sido negado por sus ancestros. En cambio, en relación con el medio ambiente, nadie se atreve a apostar un céntimo por él. No tuvo entorno social, cultural, ni educación, ni en su larga trayectoria policial y criminal nadie lo acompañó: nadie lo vio, nadie lo formó, nadie le dio ejemplo, nadie lo nombró en nada, ante nadie tomó posesión, nadie dio la aquiescencia para que fuese ascendido, nadie firmó el decreto de su ascenso, nadie lo designó diplomático en Italia. Santoyo, en su parábola por la vida fue como el Llanero Solitario, porque solo tuvo un espacio físico donde vivió sus aventuras.

Sin embargo, en la realidad, nadie como Santoyo combinó todas las formas de lucha para perseguir a los disidentes del régimen. Federico Engels escribió en 1895, poco antes de su muerte, su testamento político. Lo hizo en la introducción a la obra de Marx Las luchas de las clases en Francia, tiempo y lugar donde enseñó que no eran suficientes las barricadas y los mítines, también era indispensable la actividad parlamentaria. Más tarde, a esa diversidad de actividades propuesta por Engels, los comunistas la denominaron combinación de todas las formas de lucha. Un poco más de cien años después, en la primera década del siglo XXI, en Colombia, a esos métodos les dio plena vigencia el gobierno de entonces, para acabar con quienes no estuviesen de acuerdo con su pensamiento. Lo legal y lo ilegal, lo lícito y lo ilícito, lo público y lo encubierto, la lucha legislativa y el bombardeo extraterritorial, el desplazamiento forzado y la eliminación física, la cooptación burocrática y la interceptación telefónica por fuera de la ley: todo era válido. Y esas prácticas y esos métodos fueron bien asimilados por los mejores alumnos.

Al parecer el más aventajado de esa escuela oficial –la combinación de todas las forma de lucha– fue Santoyo. Y aunque en su protección, promoción y ascenso hubo una cadena de complicidades y ayudas, aquí también actuó como el Llanero Solitario. Todos los eslabones de esa cadena –del dos al enésimo– han sido escurridizos y evasivos: no saben cómo Santoyo llegó a la cúpula. Pero el número uno de esa cadena se enfurece y grita. Palabras más, palabra menos, esto es lo que nos dice “¡Qué falta de hombría, por Dios! Que digan si mi persona le dio mal ejemplo”.
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