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Opinión

  • | 2017/09/15 07:19

    Una mujer echando bala

    Rosalba Velasco representa la quintaesencia del silencio, la violación, el rencor, el asesinato y la muerte.

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Está probado que una historia retorcida despierta mayor interés entre la gente que la de un buen parroquiano. Es una ley de hierro, inseparable de la condición humana. Ninguna autoridad, maestro de escuela o articulista podrá impedir con sus monsergas que el público consuma literatura, cine, series, cómics, videojuegos o cualquier otro artilugio que recree la vida de psicópatas, narcotraficantes, estafadores y un largo etcétera de personajes que hicieron del crimen un pasatiempo o consideraron al asesinato -cito a Thomas de Quincey- como una de las bellas artes.

Truman Capote y Norman Mailer vendieron millones de libros contando historias de asesinos de carne y hueso que fueron pasados por la horca o fusilados por un pelotón de tiradores. A sangre fría de Capote y La canción del verdugo de Mailer son novelas no ficción que tratan sobre asesinos en toda regla, cuyas vidas les parecían al pueblo norteamericano más atractivas que las de los legisladores que redactaban las leyes o las de los jueces que los condenaban a muerte.

Colombia es una vieja fábrica de historias retorcidas que no parece detenerse. Sargento Matacho es un filme made in Colombia, que tiene como protagonista a una mujer cuyo corazón, como el de Arturo Cova en La Vorágine, se lo ganó la violencia. En el largometraje, dirigido por William Gonzalez Zafra, la protagonista es Rosalba Velasco una chica campesina que toma la justicia por su cuenta en los parajes del departamento del Tolima y con sus propias manos castiga a esos malditos hombres que le dañaron la vida en nombre de los liberales, los conservadores o de cualquiera de esas mesnadas que se reproducen en el campo, desde aquella época en que unos sectarios oligarcas afincados en Bogotá se empeñaron en sembrar el odio entre colombianos.

En una sociedad condenadamente machista como la colombiana vale un aplauso para el cineasta caleño de apostar por una mujer como protagonista, aun cuando Rosalba sea representada como la quintaesencia del silencio, la violación, el rencor, el asesinato y la muerte. La víctima se vuelve victimaria, tal como reza en Colombia el manual de la vida cotidiana. “Esto me huele a componenda”, afirma un guerrillero liberal en un tramo de la peli, como dando a entender que los jefes de los partidos tradicionales siempre acaban arreglando sus diferencias durante una partida de póquer y mandan a la mierda a los militantes que se alzaron por ellos. Los oligarcas han instigado con su fraudulenta retórica toda suerte de guerras en Colombia, pero jamás han peleado en ellas. Es la remota moraleja que se puede extraer luego de acabar las palomitas de maíz y se encienden las luces de la sala de cine.

El cine colombiano está en mora de hacer un filme épico sobre los cien años de violencia que no parecen acabar en el país, empero, Sargento Matacho es un intento que vale la pena contemplar a pesar de algunos vacíos que deja el guión, los libretos y la misma producción. Colombia es el país que es y no el idílico paraíso que existe en la cabeza de algunos que se “indignan” porque un analista local o extranjero llama las cosas por su nombre. Si el país produce y trafica toneladas de cocaína es porque hay narcotraficantes; sí hay asesinatos en las ciudades y los campos es porque hay asesinos; si hay políticos presos es porque hay corruptos; si hay rostros de mujeres desfigurados por ácido es porque hay machismo; si matan gente para robarle un celular es porque hay raponeros en las calles.

La gente que no mata, trafica y roba simplemente enciende la TV, va al cine o compra un libro para conocer detalles sobre la vida y los crímenes que ejecutan los asesinos, los traficantes y los rateros. El papa Francisco vino a Colombia no solo para juntarse con los millones que se reclaman católicos, sino para hacerles ver que el odio es un veneno que enferma al corazón y trastoca la razón. Hay una Colombia integrada, hacendosa y bondadosa, pero también está esa otra: violenta, despiadada y retorcida. Sargento Matacho retrata los orígenes de esta última. Falta muchísima voluntad para pasar página.

Yezid Arteta Dávila
* Escritor y analista político
En Twitter: @Yezid_Ar_D
Blog: En el puente: a las seis es la cita

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