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Opinión

  • | 2011/08/22 00:00

    Se fueron los narcos, llegó la narco TV

    Ser colombiano en la década de los 80s era llevar colgado encima un estigma en los Estados Unidos.

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Ser colombiano en la década de los 80s era llevar colgado encima un estigma en los Estados Unidos. Si ibas a comprar un automóvil, te preguntaban por qué pedías que te dieran un crédito a largo plazo, si a fin de cuentas todos los clientes llegaban con “cash” en bolsas de papel. En el aeropuerto te miraban con desconfianza, o como me ocurrió en un viaje periodístico a la frontera en Tijuana cuando al decir que era “colombiana” el agente encargado llamó con exagerada elocuencia a un fornido guardia a lo Arnold Schwarzenegger para que se ocupara de mi ingreso, considerando que el entonces pasaporte verde era sinónimo de mula o narcotraficante. Al no encontrar droga, el policía creyó descubrir la prueba de que algo no andaba bien al revisar mi maletín y encontrar solamente dos jeans desteñidos, ropa interior y cuatro camisetas. Como tantos colombianos al pasar por las aduanas del mundo, me sentí perdida. Fue entonces cuando saqué a relucir una carta de presentación que me había entregado el editor de Los Angeles Times describiendo el articulo en el que estaba trabajando. “Seguramente al pasar la frontera la vas a necesitar”, me había dicho con el convencimiento de que mi nacionalidad no se prestaba a los mejores recibimientos en ningún país del mundo.

Eran épocas tan difíciles y llenas de tabúes que cuando trabajaba en El Nuevo Herald encontré una vez extraño que en uno de los más importantes concursos de belleza de la comunidad hispana de los Estados Unidos no aparecía entre las participantes ni una sola candidata colombiana. Decidí preguntarle el motivo a uno de los organizadores del certamen –que aún continua vinculado a estos eventos-. Su respuesta me heló la sangre. “Es que solamente quería gente limpia, ¿me entiendes?”, me dijo al otro lado de la línea del teléfono antes de enterarse de que yo no era cubana, como él suponía por mi acento, producto de una larga permanencia en Miami. Al enterarse de su equivocación, me colgó el teléfono asustado. Al día siguiente me quejé ante los principales ejecutivos del canal. Pero opté por no escribir sobre esta experiencia, ni hacer escándalo. ¿Para qué contribuir en estigmatizar a un grupo étnico aún más de lo que ya estábamos?

“¿Por qué los colombianos son tan deshonestos y violentos?”, me preguntó una vez un senador de la Florida. Como este caballero frecuentaba un importante sector de los medios, conocía sus debilidades. Así pude responderle de una manera acusatoria. “Aquellos que usan drogas en este país son más culpables que los ignorantes del Tercer Mundo que la trafican”, le dije sin sospechar que apenas cinco años más tarde el importante representante floridano estaría fugitivo de las autoridades norteamericanas, supuestamente en Australia, por haber sido descubierto consumiendo crack en compañía de una prostituta. Sin embargo, sabía que su percepción de Colombia no era improvisada ni basada en prejuicios sin fundamento. A fin de cuentas, era todo lo que conocía de nuestro país. El pan de cada día en los medios de costa a costa en los Estados Unidos eran las malas noticias de Colombia, que se leían a grandes titulares de prensa o se miraban en la televisión en dosis de cinco minutos de los noticieros diarios.

Parecen remotas las épocas en las que la palabra “Colombia” era motivo de orgullo. De la noche a la mañana pasó a convertirse en motivo de vergüenza y escarnio. Casi a diario, en la década de los 80s las noticias de los periódicos reflejaban la realidad que se vivía en las calles de Miami desde que uno de los primeros crímenes –un colombiano acribillado en pleno aeropuerto de Miami- pasó a encabezar los titulares de la prensa en inglés. Violencia, mafia y narcotráfico parecían ser inherentes a cada una de las noticias que se publicaba a diario en Colombia y que en las noches eran repetidas en los noticieros. Luego vinieron Pablo Escobar y las mujeres vinculadas al vergonzoso negocio. Recuerdo en una ocasión, durante la operación “Pez Espada”, que el periódico atribuyó la noticia de primera página a “31 Colombianos”. Indignada llamé a The Miami Herald a protestar por haber incluido tan errónea información. “Solamente 17 eran colombianos”, dije, cándidamente convencida de que la cifra hacia alguna diferencia.

Por fin, a finales de los 90s nuestra imagen fue cambiando. Ya la gente nos miraba con orgullo. Ahora de lo que se hablaba era de la valiente forma como Colombia había derrotado el narcotráfico. De la importancia de la industria colombiana. De las mujeres lindas que daban buen nombre al país. Del talento de artistas como Shakira, Juanes, Carlos Vives, Fonseca, Fanny Lu y Sofía Vergara. Como diría años más tarde el presidente Juan Manuel Santos, empezamos a “echar pecho”. Ahora las únicas noticias para nuestro muro de la infamia eran la guerrilla cruel y despiadada, el largo viacrucis de Ingrid Betancourt y más adelante, finalmente, el rescate de la Operación Jaque.

Casi dos décadas más tarde, para alegría y tranquilidad de los que tenemos que llevar en el extranjero el pabellón colombiano como apellido, cesaron las noticias del narcotráfico para ser sustituidas por las de una Colombia que luchaba por sacudirse del flagelo de la violencia y la narcoguerrilla. Indudablemente, el expresidente Álvaro Uribe fue crucial en ese cambio de imagen. Ya podíamos decir “colombianos” con orgullo; nuestro producto agrícola principal dejaron de ser los cultivos de coca para hablarse del café, la soya y las flores. Vivíamos una nueva etapa maravillosa. Habíamos dejado de ser los parias de la moral del continente. Sin embargo, no estábamos preparados para lo que venía.
 
Orquestadas por las propias dos grandes productoras colombianas –RCN y Caracol- para vergüenza del buen nombre que habíamos empezado a cosechar, empezamos a sufrir cada noche sesiones de dos y tres horas con delincuentes de la peor calaña y un lenguaje que nada tiene que ver con el honroso titulo que nos dejaron nuestros antepasados, como supuestos herederos de la cultura y conocimientos de la entonces llamada “Atenas Suramericana”. Con historias verdaderas o ficticias, las supuestas nuevas realidades que mostraban en el medio de difusión masiva más grande e influyente, no tenían nada que ver con los protagonistas de la época post-narcos que inicialmente sorprendieron al mundo con la ingenuidad de “Café con aroma de mujer”, ni la de la Colombia rica en ideas que hizo reír al mundo con el ingenio de la telenovela “Yo soy Betty, la fea”.

Sin embargo, a pesar de haber derrotado al narcotráfico, la Colombia que hoy se proyecta en la pantalla de la televisión internacional es la de un país sin valores morales, poblada de mafiosos sucios, malhablados, despiadados, incultos, rodeados de mujeres lindas, decididas ellas también a todo, siempre dispuestas a pagar con sus cuerpos sus ambiciones de bienes materiales. Es decir, que de la noche a la mañana, mientas el gobierno colombiano gasta cifras millonarias en mejorar el tan deteriorado pabellón nacional para promover la imagen de un país trabajador, rico en recursos y dinámico, pasamos a sufrir dos y tres horas continuas de supuesto entretenimiento proyectando personajes consistentes en individuos de la peor calaña y mujeres bellas con ropas livianas y moral volátil. Los valores que tanto hemos tratado de promover, han sido sustituidos por las lacras abominables que saturan las narconovelas; esa es la nueva imagen de Colombia sin que a los grandes ejecutivos de la industria se les ruborice la cara de vergüenza por seguir estigmatizando a su país, tratando ahora –a cambio de grandes sumas de dinero- de convertir ese gran apellido en el más deshonroso del mundo.

“Tenemos que reflejar nuestra realidad”, me dijo un importante dirigente televisivo de Colombia. “¿Nuestra?”, pensé yo preguntándome sobre lo que pensarían los millones de colombianos que como convidados de piedra han visto desfilar por sus vidas las épocas difíciles que han pretendido quebrantar sus principios morales, sin conseguirlo. Así, en busca del anhelado rating, muestras cadenas televisivas habían pasado a convertirse en prostitutas de la noche. Nada diferencia a unas de otras: a fin de cuentas, se semejan en la búsqueda de sus clientes a costa de su propia honra.

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