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Opinión

  • | 2014/07/11 00:00

    ¿Se justifica el voto obligatorio?

    El voto obligatorio no puede imponerse a la topa tolondra, se requiere de todo un proceso de reestructuración de los partidos y movimientos políticos reconocidos por el CNE.

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Me sumo a la cruzada del voto obligatorio, siempre y cuando, el Estado garantice a los electores la pureza del sufragio, y que los partidos y movimientos políticos, sean verdaderos garantes de nuestra democracia, avalando a las corporaciones legislativas y demás cargos de elección popular, a los militantes, que además de honestos presenten planes y programas de desarrollo en bien de sus regiones.   

Para que el voto obligatorio se implemente, es indispensable que existan partidos políticos serios y fuertes, sin corrupción, sin clientelismo y sin gamonalismo. Caso contrario no se le puede exigir al ciudadano, que vote motivado por algo inexistente.

No olvidemos que los continuos escándalos de corrupción en las corporaciones legislativas y cargos por elección popular, se debe a la fragilidad de los partidos y movimientos políticos, que aunque cuentan con la vigilancia del Consejo Nacional Electoral (CNE), este organismo siempre pasa de agache, y nunca toma determinaciones de fondo, en sus decisiones le prende una vela a dios y otra la diablo.  

Es tan caótica y precaria la situación de los partidos políticos, que se pueden definir como  montoneras de ciudadanos que acuden a las urnas motivados por un interés burocrático, o contractual, pero menos por el cumplimiento del deber ciudadano. 

Ante la apabullante abstención en las elecciones pasadas tanto para Congreso, como para elegir presidente de la República, se escuchan voces de muchos políticos: en que se hace indispensable implementar el voto obligatorio. 

Debemos entender que una de las principales causas de la abstención, es la pérdida de credibilidad y de confianza del ciudadano, en sus dirigentes y en los partidos y movimientos políticos, todo lo anterior, debido a que se perdió la mística partidista y los tiempos en los cuales se peleaba por la bandera azul o roja, ya pasaron a la historia, a partir de 1957 cuando se institucionalizó el Frente Nacional, que si bien frenó la lucha partidista, acabó con la mística de los partidos. 

Los dirigentes de hoy deben entender que lo poco que queda de los partidos tradicionales, son simples rezagos que se resisten a desaparecer, por las prebendas que ofrecen los caciques de turno en tiempos electorales, mas no porque tengan vocación de partido. 

Desde luego que en toda democracia, los partidos y movimientos políticos, son su razón de ser, pero, lamentablemente tenemos que aceptar que los que actualmente existen en nuestra querida Colombia, distan mucho de ser serios, programáticos y estructuralmente bien conformados. Es suficiente analizar la forma en que se otorgan los avales en vísperas de comicios electorales, que por lo regular los gamonales son los dueños de las curules a todos los niveles dese ediles, hasta senadores de la república. 

Hay que aceptar desde luego, que debido a la fragilidad de nuestra democracia sostenida en unos partidos endebles, es que se filtran todo tipo de vicios que hacen de nuestra administración pública nichos de corrupción infranqueables. 

Por esta columna hemos insistido varias  veces, que para que los actos administrativos sean transparentes, se requiere que quienes los profieran sean funcionarios o legisladores elegidos por partidos y movimientos políticos seriamente estructurados. 

Se hacemos una evaluación de los grados de corrupción en la administración pública con grave impacto en la empresa privada, llegamos a la conclusión que ninguna de ellas está blindada contra los agentes de la corrupción, puesto que, estos provienen de partidos y movimientos  que no tienen ninguna seriedad, ni mucho menos garantía para desarrollar elecciones programáticas y de beneficio para el bien común. 

Esperamos que los congresistas que asuman funciones, el próximo 20 de Julio, al terminar su mandato entreguen al País, una reforma política basada en el querer y las exigencias del pueblo colombiano. Para que este proyecto se enriquezca se debe convocar a las audiencias públicas, con representación de los partidos y movimientos legalmente reconocidos por el Consejo Nacional Electoral, las universidades y las demás organizaciones que tengan incidencia en la vida democrática del país. 

Además dentro de una nueva reforma política, deben estar involucrados los campesinos, industriales y demás gremios de la producción, así como las amas de casa. Es decir, toda organización natural o jurídica que tenga que ver con las gestas democráticas debe ser llamada a formar parte de la vida política del país, para que así tengan derecho a elegir y ser elegidos en las corporaciones legislativas y cargos por elección popular. 

Para todos estos efectos, desde luego, se requiere de todo un proceso de motivación y concientización que debe partir de los establecimientos educativos, impartiendo la cátedra de ciencias políticas, instituciones legislativas y administrativas.  

La respuesta a la apatía en los comicios electorales, tiene varios antecedentes: primero se debe a la deficiente estructuración de los partidos y movimientos políticos; lo segundo a la poca seriedad de los dirigentes que los administran o los representan; lo tercero a la poca participación que se da a las clases populares en la conformación de listas y promoción a cargos por elección popular. 

Debemos tener en cuenta que las reformas políticas en nuestro país, siempre han sido fallidas, puesto que al Congreso de la República y demás órganos legislativos, no les conviene que se les recorten las prebendas con las que siempre se hacen elegir, sin que nada nuevo ocurra en los presentes y devenires de nuestra democracia, siempre son los mismos con las mismas.   

urielos@telmex.net.co
urielos@hotmail.es
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