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Opinión

  • | 1990/09/03 00:00

    SE NOS MUERE LA CIENAGA

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Ustedes recuerdan que los habitantes de Macondo, en "Cien años de soledad" salieron a hacer un recorrido interminable, de aventureros, hasta que encontraron la Ciénaga Grande del Magdalena y un galeón encallado, destripado, escorado a estribor, cubierto de líquenes y de follajes.

Hace ya varios años, cuando era un reportero entusiasta y brioso en "El Heraldo de Barranquilla, me fui en una canoa a hacer el mismo viaje. Aquello fue, para mí, como si acabara de descubrir el mundo. Viví quince días entre los matorrales tupidos de la isla de Salamanca. Remonté caños y cañadas. Conocí un animalito extraño, mitológico, el cormorán, que es una especie de cuervo marino que se pega a los árboles y duerme de día.

El gobierno nacional, que no había tenido coraje para impedir que la carretera entre Barranquilla y Santa Marta partiera en dos la isla, quería, ahora, oponerse a la ampliación del terminal marítimo, cuando ya el daño estaba hecho. Sentí ganas de llorar, entre esa vegetación tupida, viendo cómo se morían los mangles ante mis ojos. El mangle, que es el palo que más se parece al hombre, se desangraba, sin remedio. El agua, en torno suyo, quedaba cubierta de un tanino rojizo, como si fuera óxido.

La isla se fue llenando de troncos muertos, pelados y blancos, como huesos de cadáveres. Los patos silvestres, que todos los años venían del Canadá, no volvieron jamás. Las iguanas desaparecieron. La tierra, como en una maldición bíblica, se puso blanca. El aire puro que sopla del río olía a sal.

Lo que había pasado, simple y sencillamente, es que la carretera interrumpio el paso de agua dulce de los caños Clarín Viejo y Clarín Nuevo, por donde antes navegaban las chalupas de carga y pasajeros. El mar, que es bravo y maretero, lo cubrió todo, con su lengua de perro hambriento. Aquellos territorios de magia se convirtieron en el imperio de la sal.

Ahora llegan noticias terribles. La salinización se está tomando la Ciénaga Grande, donde los pobladores de Macondo encontraron el galeón perdido, ya que esa masa de agua se conecta con el mar en la Boca de la Barra. Allí flotan las algas más hermosas del mundo, unas plantas de colores que echan agua hacia arriba como las ballenas cuando están jugando.

A lado y lado de la carretera están unos pueblos bellos de pescadores. El más hermoso de todos es Nueva Venecia. Las casas fueron construidas sobre zancos para que no se las lleve el agua. Las comadres, por la tardecita, cuando llega el sol crepuscular de los venados, se hacen visitas en canoas, de puerta en puerta. Los niños recién nacidos, atados a los parales de las casas, hacen la siesta en canastillas de paja, balanceados por el agua.

Una vez pasamos la noche en las Trojas de Cataca. Las estrellas cantan sobre el pueblo. Como no ha habido gobierno que se acuerde de ellos, y como han vivido en la pobreza más estremecedora, inventaron un sistema propio de pavimentación: "asfaltaron" las calles del caserío con conchas de mar, con caracuchas, con estrellas marinas.

Al principio era una calamidad. Cuando la gente, sin zapatos, salía a la calle, se hería los pies y le salían callos y ampollas. Con el paso de los años se acostumbraron y actualmente son capaces hasta de jugar un partido de fútbol dejando las uñas en el empedrado.

Los pobladores de esas aldeas viven de la pesca. Salen cada mañana, cuando pespuntea el día, con la alborada, en sus chalupas a tirar la atarraya. Cogen unas sierras descomunales, manojos de almejas, racirnos de camarones. Pero la pesca se está acabando. La peste de la sal, que se ha metido portodas partes, acabacon la vida animal y con los vegetales.

Han tocado atodas las puertas, pero nadie les hace caso. Lo que piden es que una draga excave en los caños que recogen el agua dulce. Y que el Ministerio de Obras Públicas ponga unas cañerías de un lado a otro de la bendita carretera para que vuelva a pasar el agua y se restablezca el equilibrio salobre de la naturaleza.

Pero no les hacen caso. No son senadores ni doctores. Son unas pobres familias que cantan vallenatos mientras pescan y preparan un arroz con coco para el almuerzo. La poesía los rodea de una forma casi tan abundante como la miseria. El sustento diario, y el de sus familias, está en peligro.

Yo quisiera volver, lo confieso, pero me parece pecaminoso ir de turista por unos días, a paladear la belleza, mientras la gente se muere de hambre a la orillas de la ciénaga.

Cuando la ciénaga no sea más que un pantano pestilente, cuando la sal se haya metido hasta por la juntura de las puertas, cuando los peces y las tarullas floten podridos sobre el agua pastosa, entonces mandarán las dragas. Será demasiado tarde: los pescadores habrán emigrado a los cordones de tugurios de Barranquilla y Santa Marta, y la ciénaga, con sus atardeceres amarillos, no será más que un recuerdo...







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