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Opinión

  • | 2012/03/03 00:00

    ¿Se les puede creer a las Farc?

    Es más barata, más realista y, sobre todo, más humana, la decisión de negociar. Nos ahorraremos miles de muertos. Empezaremos más pronto la reconstrucción del país.

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Las Farc hicieron lo que el presidente Santos les pidió una y otra vez en público y en privado: prometieron liberar a los diez miembros de la fuerza pública que tienen en cautiverio y abandonar el secuestro. El presidente necesitaba este gesto de la guerrilla para pensar en la apertura de unas conversaciones de paz. La guerrilla no tenía otra alternativa si quería acceder a un diálogo. Es así la situación.

El secuestro se convirtió en el hecho más repudiado por la opinión pública. Ningún acto de violencia ha sido tan odiado por el país como el secuestro. La guerrilla ha dado un paso trascendental. El segundo paso es cumplir a cabalidad su palabra. Mucha gente duda de la palabra de las Farc. Los enemigos de una negociación de paz quieren utilizar esa duda para minimizar el anuncio.

La guerrilla no debe avergonzarse de acceder a una exigencia del presidente de la república. De eso se trata en las negociaciones. El reclamo era más que justo. Las encuestas del Palacio de Nariño no podían decir otra cosa: el primer obstáculo para negociar con la guerrilla es el secuestro. Pero Santos tampoco se puede dejar amilanar por la derecha violenta y mafiosa que ahora subvalora o tiende un manto de duda sobre la decisión de la guerrilla.

No será fácil liberar a los secuestrados sin algún incidente. Menos fácil será para las Farc certificar su completa renuncia al secuestro. Basta algún operativo imprudente del Ejército o alguna maniobra oscura de las Farc en el evento de la entrega de los secuestrados para que todo se venga al suelo.

El general Navas tendrá que echar mano del respeto que inspira en las tropas para controlar cada movimiento del Ejército; y Timochenko estará obligado a demostrar que tiene mando sobre los miembros de las Farc y puede entregar sin mayor demora a los secuestrados; y lo que es más importante, tendrá que dar testimonio de que puede obligar a los 64 frentes a desistir del plagio de empresarios y de líderes políticos.

Otro bache. Todo tendrá que hacerse en muy poco tiempo. Las victorias militares y los hechos de paz se desgastan con velocidad asombrosa en Colombia. Hay que enhebrar una aguja tras otra para tejer a una rapidez inusitada la confianza del país. El año 2012 es clave. Las elecciones parlamentarias y presidenciales están lejos. La guerrilla ha tenido éxitos, pero está muy lejos del poderío que mostraron en los años noventa. El gobierno de Santos goza de un gran respaldo nacional e internacional. Es el momento para sentarse a negociar.

Luego de las liberaciones se pondrá en juego el realismo y la generosidad de las partes. La guerrilla no tiene ninguna opción de triunfo. No está en condiciones de escalar la confrontación hasta llegar a controlar grandes territorios y dar vida a un amenazante ejército guerrillero, ni la situación del país da para el levantamiento de la población urbana. Dos condiciones imprescindibles en las revoluciones sociales del siglo XX.

Pero, tal como lo reconoce la cúpula militar en su operación Espada de Honor, las Fuerzas Armadas no podrán acabar con la guerrilla en un futuro inmediato y tendrán que empeñarse a fondo para reducirla a la mitad en los próximos tres años. Necesitarán un nuevo despliegue de las tropas, un mayor sacrificio de los soldados en el combate cuerpo a cuerpo en lo profundo de las montañas y una dolorosa multitud de muertos y heridos. Todo eso para reducir la guerrilla a una mediana expresión.

Es más barata, más realista y, sobre todo, más humana, la decisión de negociar. Nos ahorraremos miles de muertos. Empezaremos más pronto la reconstrucción del país. No incurriremos en el grave error de las Farc en el Caguán que, ilusionadas con la posibilidad de obtener la victoria en el norte del país tal como lo habían hecho en el sur, desecharon la oferta de paz y se sumergieron de nuevo en una guerra que ha dejado más de 30.000 muertos en estos diez años.
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