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Opinión

  • | 2007/12/01 00:00

    Se rajó nuestra diplomacia

    El problema es que en Colombia funcionan simultáneamente cinco cancillerías y ninguna es suficientemente representativa.

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Todo lo que podía salir mal con la riesgosa intermediación del presidente Chávez, salió mal. Quizá lo que sí pudo parar el presidente Uribe con su decisión, es que saliera peor.

Hoy creo que la falla principal recae en los canales diplomáticos. La diplomacia se inventó precisamente para que este tipo de situaciones se pueda manejar sin traumatismos, o por lo menos con los mínimos, y que dos jefes de Estado no terminen peleados por el uso de canales inapropiados en el manejo de sus relaciones.

Fui la primera defensora del nombramiento como Canciller de Fernando Araújo, después de seis años de secuestro. No sólo por ser una persona capaz, sino porque sin duda su calvario era una excelente carta de presentación ante el mundo para demostrar la degradación a la que las Farc someten a sus cautivos. Pero por la misma personalidad del presidente Uribe, que copa todos los espacios de sus ministros, la cancillería de Araújo carece de la autoridad y de las herramientas necesarias para haber evitado la ruptura con Venezuela.

A veces parecería como si su labor estuviera concentrada en poner y quitar embajadores. La semana pasada sorprendieron las declaraciones del embajador saliente de Chile, al que le pidieron el puesto por las "necesidades políticas del gobierno". No fue elegante que lo hiciera público. Pero el encargado de decírselo fue el propio Canciller.

Como ejemplo reciente de lo que es una cancillería con autoridad, en medio de las grandes limitaciones que impone la etiqueta diplomática, debo mencionar la de Guillermo Fernández de Soto, quien ejerció este ministerio durante el gobierno de Andrés Pastrana. No sólo le hablaba al oído al Presidente y lo orientaba en sus decisiones, sino que no dejaba que nadie se le metiera en su rancho. En una oportunidad intentó hacerlo sin mala intención su colega Marta Lucía Ramirez, quien tenía discrepancias con el Canciller en temas de integración y relaciones comerciales. La autoridad presidencial respaldó al Canciller.

Pero, además de una cancillería institucionalmente débil, en Colombia también tenemos el problema de que no es la única. Aquí funcionan simultáneamente cinco cancillerías desarticuladas y ninguna lo suficientemente representativa. Está la de Fernando Araújo. Luego viene la del vicepresidente, Pacho Santos, quien viene haciendo labores de cancillería desde el primer día de gobierno. Está la de Juan Manuel Santos, que ha hecho declaraciones comprometedoras en el exterior que ponen en problemas al canciller titular. Está la del pilísimo ministro Luis Guillermo Plata al frente de las relaciones comerciales, que pasan inevitablemente por canales políticos. Y está la del comisionado de Paz, Luis Carlos Restrepo, el único autorizado por el presidente Uribe para tocar el tema de las Farc interna y externamente.

Con tantas cancillerías desarticuladas entre sí, pasó lo que pasó. Que lo que había podido ser manejado con una llamada del canciller Araújo al canciller Maduro, en términos cordiales y mutuamente comprensivos, no se manejó así, porque Araújo no era el encargado de entenderse con la intermediación de Chávez: ese era el trabajo diplomático del comisionado Restrepo. Con el presidente Uribe optaron por escribir un comunicado anunciando la decisión. Eso jamás lograré entenderlo.

Pero en todo este proceso hizo falta otro fusible que no existe: el del embajador de Colombia en Venezuela. Con gran admiración hacia él, y supongo que muy merecida, el presidente Uribe me explicó en cierta oportunidad que lo había escogido porque tenía el perfil perfecto, como reconocido empresario santandereano, para manejar las relaciones comerciales con Venezuela. Y sin duda hasta ahora su gestión ha sido exitosa, a juzgar por el notable incremento de nuestro intercambio comercial con Venezuela en este último año.

Pero nunca, como antes, necesitábamos tener colocado en Caracas a un colombiano de alto perfil y con un gran manejo político, que no es precisamente la personalidad del honorable empresario que hoy nos representa. Por lo tanto, su papel, reducido al de agente comercial, tampoco sirvió para que fuera el engranaje del desmonte sin traumatismos de la mediación de Chávez.

Todo lo anterior es una lástima. Si algo había logrado hacer personalmente Uribe era manejar con guante de seda a Chávez y lo que parecía imposible, como mantener una relación bilateral sin sobresaltos con Venezuela y un tratamiento personal hasta cálido entre ambos, por lo menos de dientes para afuera, ahora parece irreparable.

Mientras tanto tiemblan los empresarios colombianos, pero guardan silencio en espera de que los canales diplomáticos de otros países latinoamericanos comiencen a operar.

Por lo pronto, todo el mundo está a la espera de lo que suceda el domingo con el referendo chavista. Porque, querámoslo o no, Colombia ha quedado atrapada entre ese NO o ese SÍ que se definirá el domingo en Venezuela.

Entretanto… Algún día, ojalá no muy remoto, tendremos oportunidad de reconocerle personalmente a Íngrid Betancourt la dignidad con la que ha manejado su cautiverio.
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