Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2016/03/08 08:35

El turismo estalla en Colombia

El turismo en Colombia ha crecido de manera impresionante y parece solo acelerar: en los últimos diez años han duplicado los ingresos al país por visa turística, con un aumento de 16,3% en sólo el último año.

Sean Luna Mc Adams

Llevo un poquito más de un año y medio en Colombia. En ese corto tiempo he tenido el privilegio de conocer algo del rico mosaico de su territorio nacional: me he bañado en Río Palomino y visto los nevados de la Sierra Nevada asomándose por las nubes, he caminado las calles coloniales de Cartagena de las Indias, he observado a los monos brincando de rama en rama en el Parque Santander de Leticia, me ha asombrado el misticismo y lo etéreo de los frailejones y las lagunas del páramo de Chingaza.  Y ese mosaico se extiende a su gente también—labios risueños que me tratan de «tú» «vos» y «usted»; cuerpos que se ondean al son de la champeta, del bambuco, de la salsa y de la cumbia; paladares que se antojan de mojarra frita, de borojó, de ajiaco, y de lulada. Es un país increíblemente diverso y para un extranjero como yo es algo precioso— mejor dicho cautivante— que al mismo tiempo me deja dulcemente desasosegado, como que será imposible tocar fondo a la complejidad que es la quimera de Colombia.

Y es claro que no soy el único cautivado. Según los datos de MinComercio, del 2014 al 2015 hubo un aumento de 16,3% en ingresos de visas turísticas. La aceleración del turismo en el último año seguramente se debe en parte de la devaluación del peso—malo para los colombianos que quieren viajar al extranjero, pero que beneficia a los turistas que buscan un destino bueno, bonito y barato como diría mi mamá. Y probablemente no hace daño el hecho que Colombia ha copado titulares internacionales con la esperanza de un acuerdo de paz.

Colombia está en una posición privilegiada para aumentar su industria de turismo. En este hito el turismo podría ofrecer una oportunidad para disminuir la desigualdad y la conflictividad social si se piensa como una herramienta que podría redistribuir recursos y valorizar la diferencia. Si las comunidades tienen el poder de decidir si sí o no y cuándo y cómo un proyecto turístico se desarrolla e implementa, podrían determinar los términos generales que los turistas usan para retratar la realidad del país y la zona que están visitando. En Nueva York por ejemplo, un artista ha organizado un “Black Gotham” tour que narra la historia de las comunidades afro-estadounidenses de esa ciudad.

No me malinterpreten: esto no es una defensa categórica del turismo. Como bien muestra el mega-proyecto turístico de la Corporación para el Desarrollo de Playa Blanca Barú que sería entre los más grandes del Caribe colombiano y ha sido fuertemente opuesto por organizaciones comunitarias como la Junta de Acción Comunal de Santa Ana.  El turismo también puede generar conflictividad social y agudizar la desigualdad. Pero bien hecho sí podría tener un impacto favorable—que entre muchos otros incluye un alto nivel de participación ciudadana.

Un buen ejemplo es la reserva de la Laguna de Guatavita: está administrada por indígenas Muiscas que han limpiado cantidades inverosímiles de basura de la zona, organizan conferencias con otros grupos indígenas que comparten su significado religioso, y ofrecen tours para conocer la historia de ese lugar y por ende familiarizarse con la cultura muisca.

Una participación efectiva de la gente que vive en los lugares que nosotros turistas queremos conocer ayuda a que las rentas que traemos se queden con esas personas y en ese lugar. Pero más allá de los recursos, también resulta en un reconocimiento de saberes y realidades que no están tan presentes. A mí siempre me chocó un poco el hecho que la costa pacífica estaba literalmente olvidada en la manera que los colombianos hablan de su geografía. Creo que con un turismo así hecho— preponderado y participativo— tal vez podría llegar el día cuando una persona diga «¡Me voy a la costa!» tenga que especificar cuál de las dos.

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