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Opinión

  • | 2015/09/24 20:00

    Pablo Escobar, censura y Netflix

    Poco pueden hacer los alemanes para evitar que se hable de Hitler y poco podemos hacer nosotros para que no se hable de Pablo Escobar.

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Olvidémonos de sufrir porque series como Narcos, de Netflix, “estigmatizan” nuestro país. Colombia es el primer productor de cocaína a nivel mundial. No esperemos que el cine, la televisión o la literatura no hablen de ello. Poco pueden hacer los alemanes para evitar que se hable de Hitler y poco podemos hacer nosotros para que no se hable de Pablo. Aun así, vivimos acomplejados. Que nadie se atreva a relacionar a Colombia con la cocaína, mucho menos un extranjero.

Pero, a diferencia de lo que pasa hoy, cuando muchos no quieren saber nada más sobre Pablo, a finales de los 80 la sociedad precisaba tener mucha más información sobre él. Y buena parte de quienes se atrevieron a informar sobre los verdaderos negocios del que entonces era descrito como un “próspero empresario antioqueño” fueron asesinados, secuestrados o tuvieron que exiliarse. Los homicidios de Guillermo Cano y Héctor Giraldo, la bomba que destrozó El Espectador, los secuestros de Diana Turbay, Pacho Santos y al menos ocho periodistas más, fueron el período más oscuro para la libertad de prensa en Colombia en las últimas cinco décadas.

Algunas escenas de la serie de Netflix parecen retazos tomados del trabajo de García Márquez cuando reconstruyó el secuestro de diez periodistas por parte de Escobar después de sentarse días enteros a oír a los sobrevivientes. “Su dolor, su paciencia y su rabia me dieron el coraje para persistir en esta tarea otoñal, la más difícil y triste de mi vida”, dijo Gabo en el prólogo de Noticia de un Secuestro. Él esperaba que narrar el drama bestial de la prensa secuestrada contribuyera a evitar la repetición de los hechos. Dedicó Noticia de un Secuestro a todos los colombianos “con la esperanza de que nunca más nos suceda este libro”.

Pero la esperanza de Gabo no se cumplió. Aunque Escobar está muerto, otros capos operan hoy día fuera de los radares de la prensa con la seguridad de que no hay nada más peligroso para un reportero que desenmascarar a un narcotraficante. “Es mejor tener una víbora en el bolsillo”, me dijo un periodista el año pasado en Cúcuta hablando sobre el tema.

Así mismo, el académico argentino Guillermo Mastrini dijo en una entrevista a la revista 070 de la Universidad de los Andes que el narcotráfico es el principal censor de la prensa en Latinoamérica.

Y sin embargo, esto no impidió a Los Informantes transmitir el domingo pasado un valiente reportaje sobre alias 'Otoniel', jefe del Clan Úsuga. El reportaje nos transportó al imperio del capo; sus mil hombres en armas, su red de tráfico de personas, sus rutas de migrantes hacia Estados Unidos desde Ipiales hasta Urabá y sus innumerables propiedades. Ha acumulado tanto poder, que el Departamento de Estado de Estados Unidos está ofreciendo cinco millones de dólares en recompensa por él, un millón doscientos mil dólares más que lo que ofrece por Joaquín el 'Chapo' Guzmán.

Hace unos días, caminando por la séptima frente la Universidad Javeriana en Bogotá, me encontré con publicidad de la serie Narcos. Era una pantalla grande, camuflada en un paradero de bus que cada dos segundos alternaba imágenes de quien interpreta a Pablo Escobar, con fotos aéreas de Medellín, con las palabras “una serie original de Netflix” y con un mapa de Suramérica. Asomándome en medio de dos estudiantes escuálidos que esperaban el bus, pude ver que alguien había rayado la pantalla. Con un marcador negro grueso estaba escrito en mayúsculas: “¡NO MÁS!”

No sé si quien escribió eso se refería a las series de narcos o al fenómeno del narcotráfico. En ningún caso hay escapatoria, tendremos que esperar décadas para conocer –así sea a través de novelas– las dimensiones reales de la tragedia que hoy vive Colombia, pues la prensa no puede hacerlo. Las narconovelas no se irán para ningún lado mientras seamos el principal productor de cocaína.

Con todos sus problemas, creo que series como Narcos y la producción colombiana El Patrón del Mal son un avance frente a la falta de información sobre el capo que existió durante mucho tiempo. Mientras antiguas piezas documentales y periodísticas sembraban duda sobre la naturaleza maligna o benigna de Escobar: “¿Ángel o demonio?”, “¿Sangriento señor de la droga o Robin Hood?”, hoy la imagen romántica del capo ha desaparecido casi por completo de los medios. Admiro a los actores Andrés Parra y Wagner Moura porque han contribuido a dejar a Escobar en el lugar que le corresponde en la historia.

(*) Periodista. Sus opiniones lo comprometen exclusivamente a él.

Twitter: @JsSalamanca

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