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Opinión

  • | 2010/12/18 00:00

    Secretos a voces

    Las anédoctas son ilustrativas. Nos muestran hasta qué punto de detalle nuestra historia ha estado condicionada por el dedo de Washington.

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Los pocos wikileaks sobre Colombia que se han publicado no han revelado nada que no supiéramos. Pero han contado anécdotas que ilustran con detalle cómo funciona la larga relación entre el gobierno de Colombia y el norteamericano: una relación en la que hay más sumisión abyecta y voluntaria del lado colombiano que arrogancia imperial en el de enfrente.

Siempre ha sido así. Sin haberse dado todavía del todo la independencia de España, ya nuestros próceres -de Santander en adelante- buscaban la aprobación, el guiño, la sonrisa de los Estados Unidos, o al menos de sus legados y embajadores. Y a cambio de ese guiño entregaban lo que fuera, Panamá incluido, y se metían con alma y sombrero en las peleas ajenas que les ordenaran, sin titubear: en el antinazismo primero y en la Guerra Fría después (con todo y guerra caliente a través de las tropas enviadas a combatir en Corea), y luego en la guerra brutal y perdida contra el narcotráfico y en la más reciente contra el terrorismo islámico (apoyo a la guerra de Bush en Irak, envío de soldados desminadores a Afganistán). De ninguno de esos sucesivos actos de arrodillamiento Colombia ha sacado nada en limpio, salvo desprestigio: 'el Caín de América'. Pero sin duda el que más desgracias le ha acarreado es la obediencia ciega -esa obediencia "de cadáver" que recomiendan los jesuitas- en el tema de la guerra frontal contra las drogas, que ha destruido y corrompido el país como resultado de tres elementos: la insaciable capacidad de consumo de los drogadictos norteamericanos; la absoluta incapacidad de las autoridades norteamericanas para hacer cumplir sus propias leyes en su propio territorio; y su facilidad para imponerlas en territorio ajeno: el nuestro. (Si es que es nuestro).

Así hemos tenido la extradición, que tanta sangre ha hecho correr. La fumigación, que ha arruinado a millares de familias y provocado marchas de protesta campesina de apoyo a la guerrilla, que se opone a aquella y defiende a los cocaleros; y dentro de la fumigación y el envenenamiento, la contrata de mercenarios, eufemísticamente llamados "contratistas". La negociación de la justicia con Pablo Escobar para obtener su fugaz entrega; y la negociación posterior con los 'Pepes' para lograr la caída y la muerte de Escobar. Luego, los famosos casetes que la embajada de los Estados Unidos le entregó a Andrés Pastrana para desatar el proceso 8.000 y la persecución al entonces presidente Ernesto Samper; y con ella, el único caso en que la prensa colombiana osó criticar al Gran Vecino desde los días de la amputación de Panamá: el director de El Tiempo (aunque a posteriori) se permitió sugerir que fuera declarado "persona no grata" el entrometido embajador Myles Frechette.

Y de nuevo la extradición, un breve instante prohibida por la Constitución del 91. Y luego Andrés Pastrana que llegó con el Plan Colombia bajo el brazo, redactado en inglés, que sirvió para justificar la primera intervención abierta en la guerra interna colombiana, que se profundizaría más tarde con el pretexto del narcoterrorismo. Y la extradición a los Estados Unidos también de los jefes paramilitares de las autodefensas, que a continuación callaron para siempre. Y la operación en territorio ecuatoriano contra el campamento guerrillero de Raúl Reyes, que se hizo con 'bombas inteligentes' lanzadas como al voleo -nos dijeron entonces- desde este lado de la frontera. Y la Operación Jaque de rescate y la consiguiente extradición -¿evacuación?- a los Estados Unidos del jefe guerrillero 'César', quien desde entonces calla.

Faltan por publicar, según se ha dicho, varios miles de wilikeaks sobre Colombia. De modo que no sería raro que en el montón hubiera unos cuantos que revelaran también lo que ha dicho César y los ya mencionados comandantes de las AUC sustraídos a la justicia colombiana y entregados a la del Imperio. Pues aunque todos lo supiéramos, como dije arriba, las anécdotas son ilustrativas. Nos muestran hasta qué punto de detalle nuestra historia ha estado condicionada por el dedo de Washington. Y nos faltan todavía, claro está, algunos otros dedos: el de Moscú, el de La Habana y el de Caracas.

En cuanto al general Óscar Naranjo, director de la Policía, que no solo es el hombre mejor informado, sino el más poderoso de este país, debería explicarnos a los colombianos por qué acude a rendirle cuenta de sus secretos al embajador de los Estados Unidos.
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