Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2008/06/09 00:00

Segunda reelección: ¿democracia o populismo?

Lanzarse a un tercer mandato para Uribe es caer en el populismo tropical, un disfraz de democracia legitimado por elecciones, es subordinar las instituciones a proyectos personales y continuar en la cultura del clientelismo. No ayuda al país y desacredita la democracia que tanto esfuerzo cuesta construir.

Segunda reelección: ¿democracia o populismo?

“Todo poder que no reconoce límites crece, se eleva, se dilata, y, por fin se hunde por su propio peso” : Louis Cromenin

Algunos integrantes del partido de la U aprovecharon la espectacularidad de la marcha del 4F para hacer el anuncio de que se proponían a jugarse a fondo por la segunda reelección del presidente Uribe. Frescos de la vida, se tomaron el atrevimiento de cobrar a título partidista y personal su éxito -aproximadamente 9 millones de colombianos salieron para repudiar a las Farc-, reivindicándolo como medición de apoyo a favor de esta contraproducente propuesta. No habían pasado dos días.

Las intenciones de estos políticos no son las que dicen argumentar, supuestamente en favor de la profundización de la democracia colombiana y el respeto de la voluntad del pueblo; “que decida el pueblo” dicen ellos. De igual modo harán el caso del líder único que es Uribe e insistirán sin descanso sobre su inigualable capacidad para conducir el país “¿Para qué buscar la copia si tenemos el original? “

Sin embargo, no todo lo que brilla es oro y mal haríamos en perder de vista ejemplos cercanos como los del Perú de Fujimori y la Venezuela de Chávez. Al primero se le procesa actualmente por posibles crímenes de lesa humanidad, y aunque incierto el desenlace de la aventura chavista, la verdad es que su final no pinta nada bien. Tan sólo, dos ejemplos ilustrativos de cómo dando razones de fuerza mayor y nobles causas, se supedita el orden institucional al liderazgo de un gobernante carismático, y así sin menos, desdibujado el sistema de contrapesos, se hace agua la democracia. Y el país, igual o peor que cómo lo encontró ese líder inmaculado. El camino de la segunda reelección pensaría uno que va en contravía del país que queremos.

Pero para quienes apoyan la propuesta de reelección en el uribismo, nada de esto parece importarles. ¿Será que no se percatan? Me cuesta creerlo. Por el contrario, son conscientes de los daños que una propuesta de esta naturaleza le representa a la democracia colombiana: elimina los contrapesos institucionales que se acordaron en la Constitución del 91; va en contra de la vocación de apertura política de la Carta; centraliza el poder en el Ejecutivo; y personaliza el ejercicio del poder, entre algunos argumentos de peso. Por eso es claro que estos sólo pretenden proteger lo que equivocadamente han creído que es de ellos: las cuotas de poder y los beneficios políticos –que como parte de la coalición de gobierno — han obtenido durante la vigencia del actual gobierno.

Pero de nada valdrán los argumentos ante la obstinación de sus proponentes. Para ellos un simple “Uribe no es Chávez, ni Colombia, Venezuela” bastará. Y así, animados por los altísimos índices de popularidad del presidente (84 por ciento), se sentirán como quien va por autopista de seis carriles, y a bordo de una fórmula 1 en dirección a la meta. Cuéstele a Colombia lo que le cueste. Es precisamente por eso, que el llamado es a reconocer que la consolidación democrática y su fortalecimiento institucional, son los únicos y más poderosos instrumentos conque cuenta el país para buscar una resolución definitiva y duradera de su conflicto, y por supuesto, para avanzar hacia un futuro mejor.

El discurso del Presidente Uribe en Santo Domingo apuntaba en esta dirección. En el, recalcó una y otra vez sobre el carácter terrorista de las Farc, pero también y más importante aun, en el hecho de que en su legítimo derecho a combatirlas siempre lo ha hecho desde la democracia; “nuestra seguridad es desde la democracia” decía Uribe, y seguidamente “nuestra lucha contra el terrorismo se encuadra desde la democracia”. Ante sus argumentos, sus pares latinoamericanos mostraron caras reflexivas y de sincera preocupación, sugiriendo profundo respeto por sus palabras.

Este es un punto de fortaleza que tiene el Estado colombiano frente a los grupos ilegales que combate.

Ahora bien, si el uribismo lo que teme es el ascenso de la oposición, y ante ello justifica la segunda reelección de Uribe, claramente lo que se estaría dando es un cierre intencionado del sistema y la vulneración de sus garantías dispuestas en la Carta del 91. De cualquier manera, cualquiera que sea la razón, la aventura de la reelección producirá una intensa polarización que tan sólo contribuirá al fortalecimiento del bloque opositor. ¿Y después que? ¿Otra reelección? Y reflexionando un poco ¿No fue la naturaleza excluyente del Frente Nacional lo que por mucho tiempo legitimó y dio sentido político a la lucha armada de las guerrillas?

La reelección se aprobó, y acertadamente para quienes en su favor argumentaban sobre la necesidad de premiar los buenos gobiernos (que el pueblo los juzgara), y en la misma línea darle continuidad y sostenibilidad a políticas acertadas. El segundo mandato de Uribe ha sido instrumental y decisivo para consolidar la política de seguridad democrática que permitió propinarle en días recientes a las Farc, los golpes que ha sufrido esta guerrilla en 44 años de monte y guerra. Pero tan instrumental o más en ahogar sus aspiraciones ha sido la posibilidad de que la izquierda tenga un lugar respetado dentro del sistema político. Así lo testifica el avance del Polo en Colombia, y la conquista democrática del poder por la izquierda en la mayor parte de Latinoamérica.

La democracia colombiana debe salvaguardarse y en ello el presidente Uribe tiene la sartén por el mango. La pregunta es, o perpetuarse en el poder usando marchas y encuestas de opinión que justifiquen una nueva reelección o ceder el poder al final de su segundo mandato permitiendo que la democracia siga su curso de consolidación y fortalecimiento. El Presidente es consciente de lo que está en juego. Sin embargo, pareciera que contempla la idea, que no la deshecha, y por esa razón es ambiguo o calla cuando se le pregunta por el tema. Precisamente porque es un líder comprometido con los destinos del país, lo que haría del acto de desistir de la propuesta, su más grande gesto de generosidad y confianza en los colombianos y su democracia.

Lo contrario son los populismos tropicales, los disfraces de democracia legitimados por elecciones, la subordinación de las instituciones a proyectos personales y la continuación y profundización de la cultura del clientelismo, que poco ayudan a los países y mucho al descrédito de la democracia que tanto esfuerzo cuesta edificar.



*Germán Sarmiento tiene un M. A. en Asuntos Internacionales de la Universidad de Columbia, N.Y.

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