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Opinión

  • | 2010/03/27 00:00

    Semana de Pasión

    No exagero al decir que en colombia no hay una persona menos indicada que Noemí para castigar a las ovejas que se van del redil.

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Desde que resultó escogida como la candidata presidencial del partido azul, Noemí Sanín ha demostrado tener un instinto de conservación tan poco conservador, que en su primera semana de gloria ha hecho todo lo que está a su alcance para acabar con su candidatura.

Al otro día del apretado triunfo dio unas declaraciones en El Tiempo en las que se mostró como la máxima representante de una versión moderada del uribismo. Es decir, de un uribismo aparentemente más moderno, anclado en lo urbano y no en lo feudal. Su discurso sonaba muy refrescante hasta que supimos de su primera adhesión: la del ex ministro Carlos Holguín Sardi, de lejos el representante de lo más arcaico y feudal de la política colombiana. Yo, que no soy conservadora ni aspiro a ser parte del uribismo moderado, no lo dudaría ni un minuto: engancharía a Arias y dejaría que Carlos Holguín siguiera durmiendo.

Sin embargo, no hay que echarle toda la culpa a Carlos Holguín de las cuitas de Noemí. Cuando todos pensábamos que iba a aparecer en el debate con el mismo discurso de la entrevista hecha en El Tiempo, Noemí nos volvió a cambiar de libreto. Se le vio en el debate como la más genuina (y arcaica) de todas las uribistas. Fue la única de todos los candidatos que no se atrevió a decir cuál había sido el mayor error del gobierno Uribe y tuvo la audacia de sostener que su obra no era perfecta sólo porque el dueño del Ubérrimo era humano. Sobra decir que después de oírla en ese debate del martes las posibilidades que tiene Noemí de encarnar el uribismo moderado son las mismas que tiene Juan Manuel Santos de encarnar al gladiador de los derechos humanos que él dice ser. Ahora bien, en la eventualidad de que yo me volviera uribista y tuviera que escoger entre la farsa de Santos y la farsa de Noemí, terminaría por escoger la de Juan Manuel, que es sin duda la más convincente. Eso sí, antes tomaría mis precauciones y me cuidaría de nunca darle la espalda. La lealtad es una palabra que no existe en el manual de Juan Manuel.

Sobra decir que la embarrada más grande que cometió Noemí en su semana de gloria no fue el cambio repentino de libreto sino la que cometió este jueves cuando decidió sancionar a los conservadores que se quieran ir a las toldas de Juan Manuel, amenazándolos incluso con denuncias que podrían derivar en la pérdida de investidura. Aclaro: el error no es haber conminado a sus copartidarios a que cumplan la disciplina de partido. El error consiste en exigírselos cuando ella ha sido la campeona nacional del transfuguismo en la política colombiana. Su destreza en ese dominio la ha llevado a la apoteosis de su carrera política: hoy se ha convertido en la candidata presidencial por el Partido Conservador a pesar de que nunca perteneció a las toldas azules y de que hasta hace poco renegó de ese partido. No exagero en decir que en Colombia no hay una persona menos indicada que ella para castigar a las ovejas que se van del redil. Y el hecho de que se atreva a hacerlo demuestra que Noemí es más audaz y cínica de lo que muchos se imaginaban.

El que debe estar contento con que a Noemí le estén cayendo tomates en su primera semana de gloria es Juan Manuel Santos, quien ha hecho hasta lo indecible por tirarle cáscaras de plátano sin que hasta ahora se le hubiera cumplido el deseo de verla resbalar. La pregunta que le hizo en el debate sobre la revaluación estaba diseñada para hacerla trastabillar pero Noemí logró responderla como pudo, mientras que Juan Manuel la miraba con el rabillo del ojo como si estuviera esperando su caída. En política, decía Konrad Adenauer, lo importante no es tener la razón, sino que se la den a uno. Y en su primera semana de gloria Noemí ni tuvo la razón ni se la dieron.

CODA: ¿No será posible que los colombianos tengamos más debates y menos encuestas? ¿No será posible que los canales de televisión den más espacios a los programas de los candidatos que a los chismes de las campañas? Si no tenemos oportunidad de saber lo que piensan los candidatos, difícilmente podemos opinar sobre cuál de ellos nos gusta. Esta semana el país conoció tres encuestas, y a los candidatos sólo los hemos podido ver en un debate. ¿Mucho pedir?
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