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Opinión

  • | 2007/04/04 00:00

    Semanasantero, payanés y carguero

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Los Cargueros de Semana Santa “están que se cargan”. Desde diciembre andan alborotados asistiendo a gimnasios, trotando, comiendo bien y haciendo dietas, para que las barrigas de prominentes hombres de familia, de negocios o de políticos, no se les note tanto, a la hora de colocarse el túnico y ponerse bajo los barrotes del paso que les corresponde; sobre todo, sabiendo que la mayoría de alumbrantes pertenecen al género femenino, y que la televisión regional y nacional trasmitirá las procesiones en vivo y en directo, y que tanto las feminas como la tele, a la hora de apreciar la estética y el heroísmo de cada uno de estos hombres que hacen las veces de Simón Cirineo, mirarán desde su actitud de devotos, hasta la frescura de las flores que habrá comprado el Síndico para su paso.

Los que debían la cuota económica anual que deben pagar por pertenecer a la Junta Pro Semana Santa (que se gasta en el funcionamiento de sus oficinas y les da derecho a tener un puesto en el privilegiado Mausoleo de Los Cargueros en el Cementerio Central cuando mueran), ya se han puesto al día.

Los que buscan barrote para este año, es decir, lo que no tienen puesto seguro en ningún paso o nunca han cargado, -pero quieren iniciarse en esta noble e hidalga tradición del carguío-, ya andan atentos y serviciales, visitando las oficinas de la Junta y a los Síndicos para ofrecer sus servicios y colaborar en lo que sea. Incluso, mirando que Carguero anda enfermo, se ha muerto o va a morirse en los próximos días, para que les herede el barrote; pero lo que no saben los neófitos, es que desde El Miércoles de Ceniza para acá, por acto de dispensa milagrosa y merecida, Los Cargueros tradicionales se vienen curando de sus males, la muerte deja de estar entre sus planes cercanos, y unas fuerzas extrañas y sin precedentes los acompañan. En sus rostros no hay más que felicidad, alegría y sonrisas para todo el mundo. Saber que pronto van a cargar los redime, los cura, los pone en sintonía con el mundo, el universo y Dios mismo. Si alguien quiere pedirle un favor a un Carguero, que aproveche estos días, pues andan de generosos, vivarachos, solidarios, amplios, gastadores y sonrientes.

Los Cargueros están que se cargan. Ya se andan reuniendo entre ellos en casas solariegas y haciendas cercanas para “las enforzadas”, que consiste en amenos ritos de alegría, oración y compadrazgo; llenos de anécdotas, buenas viandas y uno que otro aguardientito, para ir cogiéndole el calor y la excitación al hecho de pertenecer a este exclusivo club de Los Cargueros de Semanasanta en Popayán; que no es cualquier cosa, porque es un honor tan grande, como lo puede ser el pertenecer a la Guardia Suiza del Vaticano, ser Samurái japonés, o hacer parte de una elite aristocrática religiosa o militar de raza, tradición y pureza.

Algunos olvidan que El Carguero que expone su salud y su vida bajo un barrote, es el hombre que ayuda, como el Simón Cirineo, a transportar la Cruz que Jesucristo carga para obtener el perdón de los pecados de esta humanidad tan dolida y doliente a la que pertenecemos todos los católicos. Y frente a estos hombres, de gran fortaleza y sacrificio, no queda más que quitarse el sombrero y en nombre del pueblo avivarlos y decirles, ¡Adelante mis valientes! ¡Que vivan las enforzadas! Y en Semana Santa nos vemos, para escucharles decir con orgullo ese lema que enerva y pone la piel de gallina entre quienes saben de sacrificios y dolores: “Mucho gusto, (fulano de tal), semanasantero, payanés y carguero, para servirles”.
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