Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2009/06/02 00:00

Sensibleros y malparidos

Es posible que solo después de las gulas y purgas de la crítica la película “Los viajes del viento” logre ser comprendida en su justa medianía.

Lucas Ospina

La crítica generada por la película “Los viajes del viento” de Ciro Guerra puede ser de dos tipos: sensiblera o malparida.

La crítica sensiblera: “película única, ambiciosa, compleja”; “algo finalmente está sucediendo con el cine colombiano del nuevo milenio”; “no peca de grandilocuente”; “comparable con lo que ha hecho García Márquez en literatura”; “llega al corazón”; “muestra con altura, respeto y poesía las formas de la vida”; “lenguaje único, lleno de símbolos caribeños”; “experiencia de realización extraordinaria, determinante y envidiable para la producción fílmica colombiana”; “patrimonio de nuestra cultura”; “la película que hace rato estábamos esperando que se hiciera en Colombia”; “la mejor película colombiana de todos los tiempos“; “un vallenato hecho película”; “en la misma línea de Himalaya y de Tulpan”; “hay que dejarse inundar de esta clase de teoría del color que da la costa”; “Cannes: pa’llá vamos”; “filme surgido de las profundidades de la Tierra, esa Tierra de la que se saben parte esencial”; “muestra la grandeza de nuestro país, de nuestra cultura y de nuestra tradición”; “excelente película”…

La crítica malparida: “película aburrida”; “los personajes son tan planos como los paisajes”; “infomercial de Aviatur (solo faltaron los Ecohabs)”; “¡ni una tetica, ni un disparo!”; “documental de Yuruparí travestido de película”; “no dice nada y tiene la desfachatez de decirlo”; “¿cuánta plata les dio “Colombia es pasión”?”; “el man que arregla acordeones en una choza es tan inverosímil como toda la película”; “usar a las mujeres como objetos sexuales y dejar hijos cientos por donde va… no, eso no es nada bonito”; “abusa tanto de los tiempos muertos que mata a los personajes”; “muestra como montar un burro en hora y media o más”; “autoexotismo con empaque minimalista”; “dice no ser garciamarquiana pero el robo es evidente”; “mala, remala, nunca se sabe porque el juglar debe volver donde su maestro”; “bodrio infumable que dura dos horas”; “me emocioné con los vallenatos pero no con las situaciones”; “da grima ver como una excelente historia termina siendo tan mal contada”; “no tiene un climax definido”; “¡Pésima!”; “la peor película del cine colombiano”…

Llamar “sensiblera” o “malparida” a la crítica es ser malparido y sensiblero, es hacerle crítica a la crítica. Pero este acto de lectura es realmente un ejercicio de geografía: mide el cráneo del lector, muestra si hay un espacio mental de resonancia donde la mirada oscile entre puntos de vista alternos, una inteligencia capaz de sopesar panegíricos e injurias. Porque las obras de arte viven de la paradoja: su carácter es singular pero su valor es plural, varía según la lectura. En el caso de “Los viajes del viento”, el orgasmo patriotero del periodismo cultural o el canibalismo propio de teleadictos e intelectuales resentidos (algo normal en un país donde hay más directores de cine que películas), son rituales necesarios, y es posible que solo después de las gulas y purgas de la crítica la película logre ser comprendida en su justa medianía… ni tanto que queme el filme, ni tan poco que no lo alumbre.


*Lucas Ospina es artista y profesor de arte.

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