Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1997/06/16 00:00

¡SEÑOR MINISTRO...!

¡SEÑOR MINISTRO...!

La crítica que reciben con más frecuencia los periodistas en el mundo es la de que las noticias que salen publicadas no coinciden muchas veces con los hechos que los medios dicen retratar. Es una discusión de nunca acabar porque involucra muchos elementos y demasiado variados como para poner de acuerdo a la gente que se alborota con ese tema. La objetividad periodística como concepto profesional es tan gaseoso que no tiene sentido siquiera ponerse a discutirlo. No puede haber nada objetivo en una función tan subjetiva como escribir o hablar. Las salas de edición de los noticieros de televisión son unos laboratorios donde se arma una obra que es mezcla de criterios éticos y estéticos, por supuesto subjetivos. La selección de los personajes que son entrevistados, el enfoque de las preguntas, la agresividad o prudencia con que se tratan los temas, las personas, la selección de las fotografías, la jerarquización de las noticias... en fin, todo lo que tiene que ver con este oficio es el reflejo de una labor carente de objetividad, en el sentido del reflejo de la realidad como un objeto observable. Tampoco la objetividad entendida como desapasionamiento e imparcialidad debería ser enarbolada por los periodistas como virtud, y menos con el desparpajo y la frecuencia con que solemos hacerlo, porque eso también es mentira. Nunca hay nadie del todo frío ni del todo imparcial frente a nada. La confianza en un periodista o en un medio no resulta de la reproducción fría de la realidad, sino del esfuerzo por aproximarse a esa materia prima de su trabajo de una manera limpia. No hace falta decirlo: la gente lo nota en seguida. Una opinión apasionada, una noticia escrita con el corazón, una imagen dramática, una perorata emotiva a través de un micrófono son las formas más válidas y reales de la comunicación si salen de las entrañas de un periodista decente. En ese arte de chuparle lo más que se pueda a la realidad para convertirla en noticias, el punto de encuentro más importante lo tiene el reportero raso con el acontecimiento. De ahí para arriba pueden pasar mil cosas: que un editor le agregue o le quite un determinado matiz, que se lo deje intacto o que lo bote a la basura. Pero la calidad de la información está determinada sin remedio por la capacidad del reportero para comprender lo que tiene en las manos y transmitirlo en la forma de mensaje confiable. La gran mayoría de temas sobre los cuales se ocupa el periodismo son el resultado de conversaciones fugaces sobre temas importantes entre reporteros callejeros y protagonistas de distintos sectores sociales. De su astucia, inteligencia y capacidad para entender los temas y abordar a los personajes dependen el tono y el nivel de la discusión nacional sobre ellos, pues es la única fuente de información para el resto de la comunidad. Pero si uno revisa el balance de los últimos años, tiene que concluir que esa labor delicadísima tiende a generalizarse en una reportería superficial, arrogante y pendenciera. Se ha vuelto un criterio alimentado desde las jefaturas de redacción o las propias direcciones de los medios que las entrevistas de las que no surge una pelea son malas. Y resulta que de la mano de esa charla de pocos segundos van arrastrados los temas más importantes de la comunidad, y de no pocos de ellos depende incluso la vida de mucha gente. Se ha llegado a la aberración de interpretar como un retiro del respaldo militar al Presidente de la República el gruñido de un general furioso que se niega a contestar la pregunta de un reportero que le ha embutido el micrófono hasta la faringe, en medio de un entierro en el que el oficial carga el ataúd que lleva el cuerpo de un compañero de toda la vida. El periodismo colombiano tuvo una tradición, según la cual los funcionarios públicos del más alto nivel temblaban ante la presencia de los reporteros, porque se trataba de hombres curtidos en el oficio que eran capaces de confrontar con criterios sólidos cualquier intento de escurrirle el bulto a un tema o a una responsabilidad. En muchos países sigue siendo así, y varios de los más competentes y mejor pagados periodistas son reporteros de calle, título que no se dejan quitar mientras les aguante el cuerpo. Es obvio que no se puede generalizar, pero parece que en Colombia está haciendo escuela una forma dañina de entender la función del reportero, así como el lugar que esa función ocupa dentro del escalafón de nuestro oficio de periodistas

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