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Opinión

  • | 1998/11/30 00:00

    SEÑOR MINISTRO

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No hay duda. El gobierno acertó en el manejo del paro laboral, aunque el país no lo reconoció así, y por cuenta de eso la popularidad del presidente Andrés Pastrana se desplomó en las encuestas de opinión. Fueron muchos los críticos de la rígida actitud del gobierno con los sindicatos, porque incluso se llegó a acusarlo de estar aplicándole un tratamiento tolerante a la guerrilla mientras se pasaba a los trabajadores por la guillotina. Pero no hay duda de que en el campo laboral las cosas cambiaron rotundamente en relación con el gobierno anterior. Durante el cuatrienio Samper se hizo popular el chiste de que José Noé Ríos, el entonces negociador del gobierno, hacía presencia veloz en cualquier escenario de protesta laboral y mientras se quitaba el saco decía: "¿Dónde firmo?" Ahora las cosas son distintas. El paro permitió inaugurar oficialmente una relación nueva y dura con los sindicatos, pero transparente de principio a fin. Este gobierno ha dejado claro que va a cumplir aquello en lo que se comprometa, y por eso no está dispuesto a comprometerse a la loca, como fue la política del gobierno anterior, cuando el ministro Serpa, quien, sin ser ministro de Trabajo, siempre fungía como arreglador de problemas, autorizaba a Ríos para que lo entregara todo en la desesperada búsqueda de la gobernabilidad del presidente Samper. Lo que la opinión no sabe es que el paro se prolongó tanto porque se hizo una revisión concienzuda de los compromisos que dejó firmados la administración Samper, y que no le pudo cumplir a la clase trabajadora del país. Con honestidad, los negociadores del gobierno repasaron cada uno de esos compromisos y dejaron en claro cuáles de ellos eran viables y cuáles imposibles. Y de las seis peticiones nuevas que pusieron sobre la mesa los sindicatos, que más que pretensiones laborales parecían todo un plan de gobierno (desmontar el ajuste económico, renegociar la deuda, realizar una reforma laboral, entre otras) sólo en dos puntos hubo humo blanco, como ya lo sabe el país: se acordó que el ajuste laboral ya no será del 14 sino del 15 por ciento, y se aprobó invertir un dinero en el sector salud. Lo cierto es que en relación con ambos aspectos, sobraba el paro: el gobierno ya tenía pensado aumentar en un punto el reajuste salarial de acuerdo con las expectativas inflacionarias, y la prueba es que ese rubro ya había quedado incluido en el presupuesto. Y lo de la inversión en los servicios de salud, que se encuentran en estado calamitoso y constituyen uno de los peores problemas actuales del país, había que hacerlo, con paro o sin paro. Luego la conclusión obligada es que no fue el primer paro de este gobierno, sino el último paro del gobierno Samper. Concluido esto, hay que hacer un reconocimiento del que, para mí, se va perfilando como uno de los Ministros estrella de la administración Pastrana: Hernando Yepes, el ministro de Trabajo. Me declaro admiradora furibunda de este abogado, ex magistrado y profesor, en cuya personalidad hay una mezcla perfecta de hombre de letras y de carácter. De conversaciones con los protagonistas de ambos bandos he podido concluir que su participación fue definitiva, jugando el papel de 'duro' del paseo pero poniendo siempre por delante un admirable sentido de responsabilidad. A lo mejor al Ministro no le gustará que lo cuente, porque creo que ni siquiera sabe que lo sé: pero algunos de sus colegas temían que sus problemas cardíacos lo postraran en aquellas largas noches de insomnio que tuvo que atravesar antes de llegar al acuerdo con los sindicatos. ¿Y alguien lo ha visto en los medios cobrando un centímetro de sus sacrificios, o una migaja de sus logros? Ese, señores, es un Ministro. En comparación, su colega de salud es el gran derrotado de la prueba del paro. Su comportamiento durante la negociación, por cuenta del facilismo de lo que estaba dispuesto a ceder en medio de la quiebra estatal fue casi irresponsable. Por último, y aunque parezca extraño, los negociadores del gobierno también quedaron descrestados y admirados con la capacidad negociadora de varios de los sindicalistas. Oí excelentes comentarios del presidente de la CUT, Luis Eduardo Garzón, quien indudablemente ejerce un claro liderazgo entre la clase trabajadora, que combina con una gran organización en las discusiones. Se lucieron también los representantes sindicales del sector salud, del Sena y del Incora. Conclusión final: en esta primera medición de fuerzas entre la administración Pastrana y el sindicalismo, lo único absolutamente lamentable y desde luego irreparable fue el asesinato del vicepresidente de la CUT. Quizás hayan quedado sembradas las bases para que, en el futuro, puedan hacerse este tipo de discusiones evitando los costos de un tan prolongado paro laboral, que, al constituir el exocet del sindicalismo, no debe utilizarse para conseguir lo que de todas maneras iban a obtener.
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