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Opinión

  • | 2014/07/19 00:00

    Sequía

    Estamos pagando el precio de tener 40 millones de hectáreas de ganadería, más del doble de lo deseable; de haber tumbado los bosques, que son los que atraen el agua, para armar potreros.

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Sed y hambre. Estas son las dos amenazas que se ciernen sobre toda la región Caribe. En La Guajira ya ambas tienen a la gente en una crisis humanitaria poco visible en los medios, por el Mundial de fútbol, el procurador, los trinos de Uribe y todas las pavadas que creemos más importantes que una región en agonía.

El escandalillo de Casanare y sus chigüiros fue flor de un día. Poco después de que se publicaron aquellas impresionantes fotos de la tierra cuarteada y los animales en inanición, se dijo que la cosa no era tan grave porque los roedores aquellos son una plaga lejos de extinguirse. Algunos hasta parecieron agradecidos por la mortandad. Pero ya no son los chigüiros, sino el ganado el que está cayendo en los potreros resecos, con sus cueros pegados a la piel. Cuatro mil reses han muerto en La Guajira según las cifras oficiales. Todos los días la radio anuncia dónde se puede encontrar agua y los vaqueros emprenden el recorrido en búsqueda de algún oasis en el desierto. Muere el ganado y mueren de hambre los niños. Son las dos caras de la misma moneda. Estampas bíblicas que recuerdan a las naciones azotadas por las peores plagas.

Cinco municipios de Atlántico fueron declarados en emergencia por el verano. Un ganadero de Córdoba me cuenta que ha tenido que liquidar el 70 % de su hato y me anuncia desesperado que vendrá una hambruna como las que vivió África en los años 80. Y le creo porque veo que en los Montes de María los jagüeyes están secos, el pasto ya no existe y la agricultura está sencillamente paralizada. Miles y miles de campesinos, que viven del pancoger están sentados esperando a que llueva, sin poder sembrar nada, bajo el tormento de un sol que dura 14 horas cada día y un calor que no baja de 38 grados. Ven cómo las mazorcas se cosechan sin grano, cómo ni la yuca, ni el ñame, ni el arroz pelechan. No hay nada que echarle a la olla.

Los campesinos de Colosó, Sucre, aterrados al ver como se acaban sus arroyos, claman por ayuda. “¿Quién puede hacer algo frente a lo que se viene?”. Ellos saben mejor que nadie que si la sequía continúa, se enfrentarán a una tragedia. A otra. Porque ellos sobrevivieron a la guerra de tierra arrasada y acaban de retornar a sus tierras, llenos de esperanzas. El verano puede dar al traste, incluso, con estos retornos.

El procurador ha dado la orden perentoria de que los gobiernos locales atiendan la inminente crisis. Algunas alcaldías ya reparten agua para el consumo humano en camiones, y las gobernaciones se aprestan a dar ayudas humanitarias. Mercados. Pero esto es apenas el comienzo.

El Ideam ha confirmado que ya llegó el fenómeno del Niño, que a finales del año estará en el punto máximo. Es decir, tienen razón los campesinos: se avizora una hambruna. Una crisis humanitaria similar a la del invierno del 2010. Y aunque en todos los Montes de María la gente aprovechó la semana pasada para rogarle a la Virgen del Carmen que traiga las lluvias, las pequeñas brisas que a veces refrescan la tierra árida son inocuas. La sequía se mantiene. Y no es culpa ni de la Virgen ni de la naturaleza. Ni siquiera del presidente Santos, que aún no parece darse por enterado.

Colombia es el país de las tragedias anunciadas frente a las que poco se hace. Se dirá que el planeta está loco, que son las contingencias del cambio climático. En realidad estamos pagando el precio de tener 40 millones de hectáreas de ganadería, más del doble de lo deseable; de haber tumbado los bosques, que son los que atraen el agua, para armar potreros. También pagamos el precio de no haber cosechado agua por muchos años y de haber hecho del riego para la agricultura un negocio corrupto.

En el segundo gobierno de Álvaro Uribe, al ministro de Agricultura le dio por hacer un proyecto de subsidios para riego a través de Agro Ingreso Seguro, previendo, seguramente, situaciones como la actual. En el caso de Montes de María, sólo en un año, el proyecto les otorgó 2.500 millones a cinco finqueros poderosos, mientras repartió 250 entre 60 campesinos pequeños. Cifra que les alcanzó, cuando mucho, para comprar mangueras. Así de desigual fue su ejecución.

El exclusivo club de beneficiarios de AIS es el único que hoy puede seguir produciendo y vender al precio que quiera, pues cuenta con la ventaja estratégica que le dio el Gobierno, de tener agua. Sin contar el peculado y los demás delitos que se le endilgan a Andrés Felipe Arias y por los que ha recibido una condena de 17 años, la infamia de darle los recursos del riego a un puñado de ricos sería suficiente para sancionarlo de por vida. De sancionar a todos quienes han hecho del agua otra fuente de desigualdad. Porque aquí las crisis climáticas las sufrimos todos por igual, pero las consecuencias son más brutales con los más vulnerables.

La condena contra Arias ha sido más que justa, aunque, como dice la revista SEMANA, no se haya robado un peso. Basta ir a la zona rural del Caribe hoy para entender lo que ha significado su verdadera corrupción.

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