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Opinión

  • | 2011/07/05 00:00

    "Ser feliz, es sufrir menos"

    Muchos de mis pacientes buscan la felicidad como una meta a la cual quieren llegar, pues están convencidos de que una vez lleguen ahí, no tendrán que seguirla buscando.

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Muchos de mis pacientes llegan a la primera consulta buscando “La felicidad”. La buscan como una meta a la cual quieren llegar pues están convencidos de que una vez lleguen ahí, no tendrán que seguirla buscando. Por tal motivo, la felicidad se convierte en el fin, como el final feliz de un libro de cuentos para niños o de una película de Hollywood.
 
A diferencia de lo anterior, desde mi perspectiva la felicidad no es una meta a la que se llega y queda resuelto el problema de la vida. La felicidad es algo por lo que se trabaja todos los días, en todos los momentos, en pequeños instantes y, sobre todo, en los momentos de mayor sufrimiento. Estar feliz cuando estamos con amigos, cuando salimos de fiesta, cuando tenemos dinero y viajes, cuando alcanzamos el empleo que queríamos, en resumen, cuando hemos cumplido con todo lo que para los parámetros sociales vigentes significa “ser felices”, es fácil. Sonreír en esos momentos es un acto automático en el que no nos cuestionamos nada porque “estamos felices”. ¡Y es maravilloso que así sea! ¿Pero qué ocurre cuando pasan esos momentos? Esa “felicidad” desaparece porque se acabó la fiesta, o se acabó el viaje, o ya no hay dinero, o el empleo soñado no era tan maravilloso como se esperaba. Como la situación que nos hizo sentirnos felices cambió, desapareció también esa “felicidad”.
 
“Estoy aquí porque tengo una crisis con mi vida. Teniendo todo lo que tengo, habiendo trabajado desde muy joven y habiendo cumplido con todo lo que se me pedía y que yo pensé que necesitaba para ser feliz, siento que ni he sido ni soy una persona feliz”. Esto me lo decía un hombre en la primera cita, quien más adelante continuó: “Cuando compramos la finca sentí que era feliz, ¡al fin! Pero ahí mismo me di cuenta que necesitaba algo más, que ahora para ‘ser feliz’ tenía que tener caballos para mis hijas, y una vez los tuve, nuevamente se me perdió la felicidad y tuve que buscar un nuevo motivo: remodelar la casa”.

La experiencia con este paciente me ha ayudado a entender el significado de lo que dice un monje budista: Mucha gente busca la felicidad por fuera de sí mismos, cuando la verdadera felicidad tiene que venir de nuestro interior. Nuestra cultura nos dice que la felicidad viene de tener mucho dinero, mucho poder y una alta posición en la sociedad. Pero si usted observa con cuidado verá que mucha gente rica y famosa no es feliz1 .

Comenzamos con este paciente a trabajar por su felicidad observando y escribiendo lo que vivía en los momentos de mayor sufrimiento. A través de tareas concretas que debía cumplir entre una sesión y otra, se fue dando cuenta de que su felicidad siempre había estado asociada con el logro de cosas externas: acumular dinero, pasar vacaciones en lugares cada vez más lujosos, mandar a sus hijos a campos de verano en el exterior, etc. Así fue logrando reconocer y descubrir que la felicidad no estaba donde él pensaba, obligándolo a enfrentar un desafío que le ha generado aún más sufrimiento: su nueva visión de la vida le ha conllevado una enorme soledad. Muchas de sus amistades, su esposa, e incluso sus hijos, se han negado a aceptar que para él las prioridades han cambiado. Algunos amigos dejaron de invitarlo, su esposa le pidió el divorcio y sus hijos, a quienes ve cada vez menos, no entienden que cuando están juntos él quiera simplemente conversar con ellos y sentarse a comer sin celulares ni televisión. “Ellos nunca han conocido otra manera de relacionarse conmigo que no sea a través de regalos, viajes y plata. Y eso lo construí yo”, me decía.

Inicialmente combatió este ‘nuevo’ sufrimiento peleando consigo mismo, negándose a aceptar sus sentimientos y buscando refugio en el trago para evitar confrontar su dolor. Sentía mucha rabia por haber decidido vivir su vida de otra manera. “No sé a qué horas se me ocurrió este cuento de trabajar por la felicidad si mi vida antes era más fácil” –me decía. Pero poco a poco ha ido descubriendo que la única forma de superar el sufrimiento es tocando el fondo para salir a la superficie, aceptando cada momento de sufrimiento, de rabia, de dolor, desespero y frustración. En términos prácticos, le ha sido útil darse un espacio diario para escribir lo que está sintiendo y para llorar su tristeza, aún en las noches en las que no puede dormir. Ha logrado vencer el sufrimiento sin combatirlo. “La felicidad depende de mí, de mi actitud ante la vida y si acepto que estoy sufriendo, sufro menos”.

Hay infinidad de motivos que nos hacen sufrir: una enfermedad, la pérdida de un familiar, la pérdida de empleo, la sensación de soledad, la partida de un hijo, etc. Cualquiera que sea el motivo que ocasione sufrimiento, la tarea para disminuirlo es la misma: buscar la felicidad dentro de sí mismo. Como dice el monje budista: Ser feliz, para mí, es sufrir menos. Si no fuéramos capaces de transformar el dolor que sentimos internamente, la felicidad sería imposible.

[1] Thich Nhat Hahn (2001): Anger. Riberhead Books, New York. P.
 
Ximena Sanz de Santamaria C.
Psicóloga – Psicoterapeuta
xsantamaria@gmail.com
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