Domingo, 4 de diciembre de 2016

| 2009/04/18 00:00

Ser ministro de Uribe

En un momento dado pensé en la Cancillería, pero ya me veía coordinando el traslado de Édgar Perea a la embajada en Washington para lambonearle a Obama.

Ser ministro de Uribe

No sé si peco de optimista, pero doy por hecho que a raíz de mi candidatura a la Presidencia de la República por el Partido Conservador, y como muestra de gratitud por retirarla para no obstruir su propia aspiración, el presidente Uribe acabará nombrándome ministro.

De modo que llevo una semana preparándome. Ah, suspiro a veces: cómo será tener el honor de que el mismísimo Uribe en persona lo zarandee a uno en público, como un muñeco de trapo, en medio de un consejo comunal; o de que se lo salte a uno y llame directamente al viceministro a darle órdenes.

Todo eso me llena de emoción. Sé que si consigo ser un juicioso ministro me pueden ascender a peón de El Ubérrimo, que es una de mis fantasías laborales. Y estoy dispuesto a hacer puntos para que el Presidente me valore: meterme a los ríos en los que él se meta cuando nos vayamos a hacer populismo a tierra caliente; salir a trotar con él cuando viajemos al exterior; no tomarme ni un whiskey en el avión; rezar todo el día.

Estoy nervioso porque ya se acerca el momento. No veo la hora de recibir los regaños telefónicos de Alicia Arango; de leer las entrevistas que da César Mauricio Velásquez calificando mi gestión y las de mis colegas; de ubicar las hojas de vida que me mande José Obdulio. Y de prestarme para que la grandeza del Presidente se luzca más en la medida en que yo me vea pequeño.

Al principio no sabía cuál ministerio pedir. En un momento dado pensé en la cancillería, pero ya me veía coordinando el traslado de Édgar Perea a la embajada de Washington para lambonearle a Obama, y el asunto me deprimió.

Ni el Ministerio del Interior ni el de Protección Social me interesan, porque en ellos hay que manejar el cohecho de una sola persona, y yo todavía no entiendo esa figura. El de Comercio Exterior tampoco: el empalme sería un problema mientras ubico al ministro actual, con cuyo nombre ni yo ni las personas a las que les he preguntado hemos podido dar.

El de Hacienda no me gusta, pese a que me siento capaz de recuperar la economía en minutos. Tengo la teoría de que la crisis se debe a que Óscar Iván Zuluaga tiene cara de pánico: siempre sale a dar partes de optimismo con esa cara de angustia, casi de estreñimiento, con la cual es imposible que los mercados no se pongan nerviosos.

Del Ministerio de Transporte me atrae que para que a uno lo sostengan no es necesario dar resultados. Con ser medio loco y vivir en un monasterio es más que suficiente. Es un trabajo relajado. Además, ¿para qué hacer autopistas si existe la operación retorno, que es tan práctica?

Tanta indecisión me puso tenso y mi mujer lo notó.

— ¿Puedes contarme qué te pasa? -me preguntó en el desayuno.

Le confesé todo: que veo venir el ofrecimiento y todavía no sé cuál cartera ocupar.

— ¿Tú? ¿De ministro? -dijo casi burlándose-: ¡Pero si ni siquiera sabes los roles de cada ministerio!

Reconozco que de roles sé muy poco: de hecho creía que el 'roles' de 'Raúl Reyes' era auténtico, por ejemplo.

— ¿Pero no te gustaría ir a hacer mercado y que unos escoltas te carguen las bolsas? -traté de seducirla-. Si me dan el de Defensa podríamos ir a la finca en helicóptero: ¿te imaginas a las niñas con un montón de amigas montadas en el helicóptero?

— ¡Pero si no tenemos finca!

—Bueno: pero ya tendríamos cómo ir.

— Si quieres una cartera, agarra la mía -me dijo cortante-. Tú no tienes el perfil para ser ministro de Uribe.

Su regaño fue mi inspiración: si vamos a hablar de perfiles de ministros, sin duda el más impactante es el de Juan Lozano. Es un perfil aguileño casi tan largo como el gobierno de Uribe. Y repentinamente tuve claro que ese es el ministerio que debo pedir: desde ahí podría congraciarme más fácilmente con el Presidente, que es la obsesión que tenemos todos los del gabinete.

Lo primero que voy a hacer es tramitar algunas licencias ambientales que Lozano dejó de lado, para impulsar lo que el Presidente entiende por desarrollo: que los canadienses exploten indiscriminadamente el oro del macizo colombiano aunque envenenen la fuente de agua más importante del país; o que tracen sin responsabilidad una carretera que acabe con el Darién, entre tantos otros proyectos que la Presidencia está presionando y que devastarán la ecología.

Pediré el Ministerio del Medio Ambiente. Para celebrar, haré una reunión en el bar El Sitio con algunos ex ministros. Que tiemble el cantante Julio Nava cuando me vea entrar con Juan Lozano: a ver si es capaz de morderle la nariz a él también, para que vea cómo le quedan las mandíbulas. .

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