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Opinión

  • | 2014/10/30 00:00

    Ser mujer… y sufrirlo

    Homenaje a la memoria de todas las víctimas colombianas de la violencia de género, pidiendo perdón en nombre de quienes nos avergonzamos y protestamos por lo que ha sucedido y sigue sucediendo con ellas.

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Cada día se profundiza más en el estudio del fenómeno de la violencia contra la mujer. En Latinoamérica son numerosas las investigaciones al respecto, y aquí en Colombia, adelantadas al mismo tiempo que se suceden aberrantes casos, se hacen oír airadamente las voces de mujeres que claman desde los medios, los foros, las ONG o las universidades por una explicación que ayude a esclarecer sus causas y de luces para la elaboración de una política estatal que detenga esta salvaje “costumbre” que, desde tiempos inmemoriales y de manera obsesiva, viene haciendo de la mujer, por su simple condición de género, una víctima “natural” de la fuerza bruta de los hombres.   

Sin importar en lo más mínimo su estatus social, edad, ideas políticas o religiosas, raza, etnia,  nivel económico o cultural, históricamente la mujer, entre otras muchas razones por su vulnerabilidad física, ha venido padeciendo las embestidas intimidatorias de algunos machos insaciables que hacen todo lo posible por servirse de ella en todos los terrenos imaginables, incluso en el del desahogo de una insólita y malsana fuerza interior de dominador primitivo. La formas de brutalidad originadas en veces por el sexismo y la misoginia, se puntualizan en episodios que van desde las torturas sicológicas, emocionales y físicas, hasta los acosos sexuales, económicos y, en fin, su total degradación moral. Y no contentos con ello, al  arreciar la ansiedad en el hostigamiento, terminan por asesinarlas.

Y a esto nos queremos referir ahora basados en la terrible inequidad de género de que hace gala todavía la “civilización” del siglo XXI, al exterminio de la mujer puesta en la mira de unos asesinos que ven en ello una tarea fácil y de mínimas consecuencias jurídicas y morales. Y dentro del campo ya extendido de todas las violencias contra el sexo femenino, a esta monstruosidad de ejecutarlas se le viene denominando de un tiempo acá con el neologismo feminicidio o femicidio, derivado del vocablo inglés “femicide”, el que hace referencia al homicidio de las mujeres, claramente evitable pero persistente por meras razones de género.   
 
Como en casi todos los actos de asesinato o tortura, los apetitos de poder y control del criminal sobre la víctima son su gozosa y máxima motivación. Pero en el caso específico de las mujeres víctimas, habría que agregar que el arrebato homicida va en ocasiones en dirección a destruir sus anhelos de igualdad con el género masculino, de libertad de acción y pensamiento, de su sexualidad por paradójico que parezca, y en definitiva, orientado a la desintegración de su dignidad. La heterosexualidad como modo y modelo masculino mayoritario, para poner un ejemplo, condena sin apelación alguna la trasgresión de dicho estándar manifiesto en el lesbianismo y la bisexualidad; y a la prostitución o el transgenerismo, por romper los moldes de la “cultura” asignada por los hombres a la mujer.

Como quiera que la norma de salvaguardia constitucional establecida para la mujer en nuestro país es letra muerta, urge una legislación que aborde sin dilaciones y con carácter de autónomo el tema de la penalización del feminicidio, una de las más supuradas vergüenzas nacionales.

Es deber de un Congreso de la República que estamos seguros no querrá ser visto como discriminatorio u olvidadizo en materia de tanta gravedad. La justicia de género no es una dádiva. La justicia de género es un sagrado derecho que las mujeres adquieren desde el momento mismo en que comenzaron a parir a toda la humanidad.

Aunque abundan las estadísticas, veamos tan sólo estas pocas espeluznantes cifras: el Instituto Nacional de Medicina Legal contabilizó para el primer semestre del año pasado 514 mujeres asesinadas, y en el mismo periodo de 2012 registró 645, llegando a final de año a 932 de lo que en adelante deberíamos seguir llamando feminicidios. Así también, una investigación de la Casa de la Mujer concluyó que entre los años 2000 y 2008 fueron asesinadas 9.314. Y para rematar, la ONG, Ruta Pacífica de las Mujeres, reveló recientemente que en Colombia se da un promedio de tres mujeres asesinadas al día y 1250 por año.

¿Cómo es posible que tengamos que llegar al punto de constatar de qué manera el hecho de ser mujer es un honor que se paga con el sufrimiento y muchas veces con la misma muerte?  

Que esta columna sirva de homenaje a la memoria de todas las víctimas de la violencia de género, pidiendo perdón en nombre de todos los que nos avergonzamos y protestamos por lo que ha sucedido y sigue sucediendo con nuestras mujeres.  

guribe3@gmail.com
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