Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2009/01/04 00:00

¿Será mucho pedirle al 2009?

Yo aspiraría a que este año se les quitara a las Farc ese poder de estratificar a las víctimas que le ha dado este régimen, y exigiría un trato digno a todas ellas

¿Será mucho pedirle al 2009?

Uno sí quisiera que en este año en que comienzan los preparativos para la conmemoración del bicentenario de nuestra independencia, los colombianos pudiéramos hacer una reflexión sobre el estado crítico en que se encuentra nuestra democracia, sin temor a ser señalados, ni estigmatizados, ni declarados sospechosos de hacerle juego a la guerrilla, en una alocución presidencial. Hace 199 años, ningún padre de la patria habría podido imaginarse que éstas serían las condiciones tan precarias en que celebraríamos el bicentenario de nuestra independencia. Pero esas son.

Por eso uno sí quisiera que tan importante celebración no se redujera a una conmemoración en las formas que termine reducida a unos actos culturales como los que nos tiene prometidos ya este gobierno con sus "conciertos para la convivencia", concebidos más para divertir al pueblo que para hacerlo reflexionar (un montón de artistas que le han jurado fidelidad al régimen se presenta en tarimas en todos los pueblos y ciudades de este país).

Personalmente, aspiraría a más a lo segundo que a lo primero, si me lo permiten los furibistas. Aspiraría a que esta conmemoración le sirviera al país para encontrar la senda institucional que perdió en 2008 y para que las voces disidentes que se apagaron en este año bisiesto que se fue, ya bien por intimidación del régimen o por miedo a terminar estigmatizados, como Piedad Córdoba o Petro, volvieran a dejarse oír y nos enriquecieran el debate con sus ideas y sus opiniones. Sólo así podremos salir del embrujo de las encuestas y de esta desesperante uniformidad mediática aceitada por una muy bien concebida máquina de propaganda uribista.

Añoro el día en que esas voces disidentes tomen la fuerza que impulsa los cambios y se demuestre de una vez por todas que en este país la política sin Uribe es posible. Y que hacer antiuribismo no es ni mucho menos un sacrilegio ni un acto suicida, sino un ejercicio propio de las democracias. Necesitamos con urgencia de liderazgos políticos que se atrevan a decir la verdad sin temor a caer en las encuestas; no queremos más uribitos, sino nuevas savias de otros árboles que fortalezcan la controversia y le devuelvan a la política su dignidad perdida. En fin, líderes capaces de decir lo que hasta los uribistas temen: que este modelo de poder providencial entró en crisis y que su intento por refundar la patria no sólo produjo una hecatombe institucional del tamaño de la pirámide de David Murcia, sino que su obsesión por perpetuarse en el poder, está consiguiendo borrar sus éxitos y devolvernos a épocas pretéritas.

Uno sí quisiera que en este año la reflexión sobre el estado de nuestras instituciones nos llevara a liberar la política de quienes la han capturado para que volvieran las ideas y las convicciones, donde hoy imperan el pragmatismo, la corrupción, los atajos y la muerte. Qué no daría yo porque 2009 fuera el año en que la política se pudiera hacer sin necesidad de recurrir a pactos con los paramilitares desmovilizados que en realidad nunca se desmovilizaron; ni con aquellos asesinos que nunca lo hicieron, ni con la mafia que sigue mimetizada socialmente en ciudades intermedias, como Cúcuta y Bucaramanga, ni con las pirámides de David Murcia que han colapsado la economía del sur del país, siempre tan olvidado.

Uno quisiera que este año la política se liberara de todas esas ataduras, incluidas las que la ligan al discurso oficial, y que esta comenzara a significar algo más que la guerra contra las Farc. De esa forma se visibilizaría a los desplazados sin tierra y se evitaría esa dantesca estratificación que existe en mi país entre las víctimas de primera -las producidas por las Farc- y las de segunda clase -las de los falsos positivos, las de los paramilitares que se han aliado con agentes del Estado en las masacres y en el despojo de las tierras-.

Yo aspiraría a que este año se les quitara a las Farc ese poder de estratificar a las víctimas que le ha dado este régimen, y exigiría un trato digno a todas ellas. Si los soldados que combaten la guerrilla merecen el reconocimiento de héroes de guerra y Juanes siempre les canta y los emula en el escenario, calzando las botas que ellos calzan, cortándose el pelo como ellos se lo cortan, ¿por qué no sucede lo mismo con las víctimas del paramilitarismo, de los falsos positivos y de las ejecuciones extrajudiciales? ¿Por qué Juanes nunca les ha cantado y tampoco nunca han merecido aparecer siquiera mencionados en una alocución presidencial?

Uno sí quisiera que este año, la cercanía de la celebración del bicentenario de nuestra independencia sirviera para reflexionar sobre la manera intempestiva como el patrioterismo y el fanatismo religioso han ido ganando terreno en nuestra vida institucional. Cuando el fanatismo se toma la política, hasta la defensa de la Constitución se convierte en un acto subversivo e impío. Y quienes salimos en su defensa ya no somos demócratas, sino unos inquisidores que venimos desde el ateísmo a ver rodar cabezas, como de hecho ya más de uno nos lo ha enrostrado. Por último: uno sí quiera que este año los medios se dedicaran a informar y dejaran de ser la caja de resonancia de un régimen que ya entró en barrena. ¿Será mucho pedirle al 2009?
 

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