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Opinión

  • | 1997/01/13 00:00

    SERPA

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A riesgo de sorprender a más de un amigo, debo admitir que Horacio Serpa es un personaje fuera de lo común. Tiene carisma. Es un hábil tribuno. Expresa sus convicciones con un lenguaje franco y bien condimentado que lo sintoniza con el colombiano medio. Pero esa fachada de vivos colores oculta los manejos de un político profesional que sabe para qué sirve el poder y lo usa sin reatos, con un propósito claramente continuista. Naturalmente que, desde el punto de vista de sus concepciones políticas, nos situamos en las antípodas, cosa que lo llenará de satisfacción pues, dentro de sus condicionamientos ideológicos, él debe verme como un reaccionario, en tanto que yo lo veo en todo en sus ideas, su vehemencia, sus feroces bigotes y los vibratos de su retórica efectista como un personaje de otro siglo, decimonónico, idéntico a esos admirables abuelos santandereanos, todo orgullo, verbo y pasión y culto por el gesto arrogante, pero desde luego poco aptos para llevar a un país al umbral del siglo XXI. Pues lo malo de tales fuegos de artificio es que no dejan nada: sólo un fugaz deslumbramiento. En efecto, lo que Horacio construye, con fogosa destreza, es ante todo verbal, pasional, efectista. Vive en la república de la palabra. Y hasta ahí llega. No hay en su haber, pese a tanta vitalidad, a tanto esfuerzo, a 18 horas de trabajo diario, hechos realmente contabilizables, constructivos. Es un brillante expositor de ideas generosas, de buenas intenciones (de ellas, es bien sabido, está pavimentado el camino del infierno) y de ofertas que nunca, o casi nunca, llegan a traducirse en realidades tangibles. Como buen populista, busca ganar apoyos dándole lo que pidan a los sindicalistas de Telecom o de la USO, a los cocaleros que marchan por el Caquetá, a los indígenas del Catatumbo o parlamentarios y clientelistas de todo pelaje. Lo malo es que el que paga el pato de estas exuberantes generosidades es el país. Así eran Perón, Alan García, Daniel Ortega y todos cuantos han arruinado naciones de este continente. Serpa, en este sentido, es lo opuesto a un Uribe Vélez. El uno y el otro representan dos países, dos épocas, dos maneras de entender la política y el Estado. Es la magia del discurso frente a la fuerza de las realizaciones, la utopía ideológica frente a la buena lectura de la realidad, el populismo y el manejo de las clientelas políticas frente a un concepto gerencial, tecnocrático, de la gestión pública, la transacción sistemática frente a la verticalidad de la ley. Y no obstante, en la medida en que la cultura del verbo sigue prevaleciendo entre nosotros y que un viejo prejuicio de izquierda suscita todavía fervores, Serpa tiene indudables opciones en la próxima contienda electoral. Sin embargo, para mí y para muchísimos colombianos, la posibilidad de que él sea un día Presidente es sumamente inquietante. Por una razón, a más de las ya expuestas: porque este astuto político, que maneja el Congreso y que atiende de manera más bien pecaminosa la glotonería burocrática de la clase política, que adula a sindicalistas dándoles cuanto piden, que dice amar a los negros y a los albinos y a las viudas, a los evangelistas y a los indios sibundoyes, está doblado de un ingenuo irremediable.Claro que sí, replicaría él al oír esto, alzando las cejas por encima de sus lentes a la manera de Marx (de Groucho, no de Carlos). "Soy ingenuo". Y a renglón seguido podría decir una vez más: "Prefiero equivocarme buscando la paz que acertar haciendo la guerra". Y yo se lo creo, como creo en su honradez, en su pobreza y hasta en sus explicaciones a propósito de su escabroso hospedaje en la casa de Mauss, de sus fotografías abrazándose con comandantes guerrilleros y otras malas compañías. El busca la paz. Pero lo malo es que, pese a estos medios indebidos, no la encuentra ni aquí, ni en la Uribe, ni en Tlaxcala, ni en Frankfurt, ni en ninguna parte. Al contrario, debilitando al Estado, la aleja, todo ello por culpa de un sarampión ideológico contraído en su juventud y del cual nunca se curó.Yo también lo tuve. Y, por cierto, en la misma organización, embrujada entonces por los delirios revolucionarios de la época: en las Juventudes del MRL. Ellas, por cierto, a través de los hermanos Vásquez Castaño, engendraron el ELN. Para Horacio, que por milagro no se fue al monte, quienes andan todavía en esas aventuras son como ese pariente calavera que todos tenemos, un pariente que puede cometer desfalcos, firmar cheques chimbos, embarazar muchachas y hacer otros desastres, sin que por ello deje de ser alguien cercano, de la familia, que uno intenta enderezar o redimir, aun cuando no comparta sus manejos. Lo malo es que por albergar tan afectuosa candidez en vez de redimir al pariente calavera termina uno sirviendo sus propósitos e inocentemente convirtiéndose en su cómplice. Ya lo dije en otra ocasión: la candidez es muy bonita en las niñas que se disponen a hacer la primera comunión, pero no en quien aspira a ser presidente de la República. Pues si a él lo engañan, somos nosotros, los colombianos, los que resultaríamos engañados. El conductor a quien sus distorsiones ópticas le impiden ver curvas y señales de la ruta, puede llevar un bus _o un país_ al abismo. Por eso es mejor no confiarle el timón. nn ¿Ingenuo? Tal vez. Por culpa de un sarampión ideológico del cual nunca se curó.
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