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Opinión

  • | 2011/07/06 00:00

    Sexo, mentiras y desequilibrio

    ¿Qué podemos sacar en claro del desequilibrio entre un hombre blanco y millonario, con debilidad confesada por las mujeres y una mujer treinta años menor, negra e inmigrante, con credibilidad cuestionada?

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Desde que saltó a los medios el escándalo de Dominique Strauss-Kahn no somos pocos los que hemos dado bandazos, cambiando de posición sobre el asunto. Hemos pasado del escalofriante caso en el cual hombre blanco, judío, millonario y poderoso ataca sexualmente a mujer musulmana, negra, de escasos recursos e inmigrante, hasta sentir pesar porque un profesor pluralista vaya a ser recordado injustamente como el violador de Manhattan.
 
Primero, nos enteramos de que el director del FMI fue arrestado en el aeropuerto de Nueva York por acusación de violación sexual a una mucama. Inmediatamente, apoyado en las circunstancias y la generalidad de este tipo de casos, uno considera a la mujer una valiente víctima del poder.
 
No bien el mundo se había deleitado viendo las imágenes del millonario esposado ante los tribunales, cuando surgió la tesis del complot de sus enemigos políticos. Pero las versiones de diferentes mujeres que habían sido víctimas de presiones para obtener sexo por parte de DSK fueron razón suficiente para retomar la posición inicial, dejar sin escapatoria al millonario y olvidar la presunción de su inocencia.
 
La semana pasada, una vez más, se voltearon las cosas. Auxiliares del fiscal de Nueva York, le escribieron una carta a la defensa en la que le explican que están dudando de la credibilidad de la víctima. Al parecer, la mujer ha cambiado la versión de lo que hizo después de los hechos, hizo una llamada a un hombre que está en la cárcel por posesión de marihuana para preguntarle qué efectos tendría ir a los tribunales, ha cambiado la versión que justificó su solicitud de asilo y, en general, parece que la víctima puede tener tendencia a la mentira.
 
Nunca sabremos realmente que pasó en esa suite del Sofitel de Manhattan. Porque es muy poco probable que ambos sean seguidores del divino marqués de Sade y hayan acordado sexo con violencia. Pero, igual la versión de cualquiera de los dos es posible: un hombre con impulsos sexuales cuestionables tiene también sexualidad consensuada y una mujer que dice mentiras o tiene amigos en la cárcel, también puede ser víctima de una violación.
 
Lo que sí podremos concluir es que un encuentro sexual, consentido o no, entre un sesentón, millonario y famoso, con antecedentes de presiones para obtener sexo y una mucama, treinta años menor, mil veces más pobre y más vulnerable no sólo es en si mismo un desequilibrio, sino que además genera consecuencias ampliamente desiguales.
 
En efecto, si es consentido el acto, como mínimo se expone la mucama a perder su trabajo. Y si no es consentido, bastaría recordar que a la transgresión a la dignidad, libertad e integridad sexuales hay que encimarle la devastadora tarea de denunciar un caso de violencia sexual y la exposición absoluta de la intimidad de la mujer, sometida el escrutinio de poderosos y bien pagados abogados –otra evidencia de desigualdad- que escudriñarán su vida para que la opinión y los jueces pesquen en río revuelto.
 
Para los avances ya logrados en criminalización del acoso y la violencia sexual, tenemos también un saldo negativo. Casos como éste alimentan el imaginario de jueces y hacedores de políticas públicas que con dificultad reconocen que el acoso, la fuerza, el dinero, la presión y la violencia moral sí son elementos comunes en las relaciones entre hombres de poder y mujeres subordinadas. En estas circunstancias, la voz de una mujer como la guineana era importante para dibujarse en la mente, entender y buscar soluciones para una frecuente situación de vulnerabilidad y abuso en la que tristemente, todavía prevalece la ley del más fuerte.
 
* Investigadora del Centro de Estudios de Derecho, Justicia y Sociedad (www.dejusticia.org).
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