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Opinión

  • | 2011/05/01 00:00

    Si la boda real hubiera sido en Colombia

    Petro se iría de camisa negra y corbata blanca, Uribe usaría el frac tetillero, Cecilia López, la sudadera de toallita.

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Cuando vi las fotos de Jean-Claude Bessudo que publicó Jet Set en su última edición, en las cuales aparece maquillándose y vestido de mujer, pensé que se estaba alistando para asistir a la boda del príncipe William con Kate Middleton. Jean-Claude no se pierde
un acto social, me dije, no dejará pasar este, que es el más importante del siglo. Va a estrenar peluca. Ojalá se ponga la blanca, que es la que más le luce. Me gustan las pelucas blancas porque además me recuerdan a Tomás y Jerónimo, que tenían un conocido al que apodaban ‘el Canoso’, que resultó siendo paramilitar. Citicos, siempre los engañan. Ambos debieron creer que alias ‘el Canoso’ era su tío Mario, que tiene el pelo blanco.

Pero Jean-Claude compró pantis y peluca en vano. Porque los únicos invitados colombianos a la boda real fueron el embajador Mauricio Rodríguez y su mujer, Sugey Pinzón. Confieso que el asunto me emocionó. Estamos ante el caso de una plebeya, subestimada por los altos círculos sociales, a quien muchos miraban por encima del hombro, que se casa con un hombre de abolengo y poder. Y la historia de Kate Middleton también es parecida.

Detesto los asuntos de la realeza y no soporto a las personas que creen en los abolengos. Si el apellido de verdad significara algo, Angelita Benedetti se llamaría Ángela Bustos; Angelino no sería Garzón sino Morcillo y Esperanza Gómez, la actriz porno colombiana que triunfa en Estados Unidos, se llamaría Esperanza Cucalón o, por lo menos, Esperanza Gallón: los Gallón y los Cucalón, digámoslo de una vez, en el fondo son parientes.

Detesto los asuntos de la realeza, digo, pero seguí paso a paso la boda para saborear el placer negativo de que no la hubieran hecho acá.

Porque si los príncipes se hubieran casado en Colombia, Poncho Rentería escribiría 300 columnas al respecto tratando de hacer méritos para clasificar; Álvarez Gardeazábal invitaría a la comitiva real a un almuerzo en su finca; doña Olga Duque ofrecería una frijolada en honor a la Reina; Gloria Cecilia Gómez llevaría a cocinar a su programa a Camila Parker; Roy Barreras mandaría de regalo la lechuza que mató un futbolista, disecada y adecuada como lámpara, TV y Novelas publicaría un especial sobre los antiguos amores de Kate con fotos de Oswaldo Ríos, José Luis Paniagua y el exgobernador Pablo Ardila. La ceremonia no habría sido en el Palacio de Buckingham, sino en el Palacio de los Deportes. A la entrada de la iglesia, Carlitos Vargas, el entrevistador de Sweet, abrazaría a la reina Isabel y le preguntaría ante las cámaras si ha hecho el 69 y si el tamaño importa. No habrían asistido David y Victoria Beckham, sino el Tino Asprilla, que habría llegado con Leidy Noriega y ya rascado. En lugar de Míster Been habría ido Jeringa, y en vez de Elton John, Julio Nava, que al segundo trago trataría de morderle la nariz al príncipe Carlos.

Petro se iría de camisa negra y corbata blanca; Uribe se pondría el frac tetillero; Noemí, el vestido fucsia; Cecilia López, la sudadera de toallita.

Edward Niño sería el pajecito. El padre Chucho oficiaría la misa. Con permiso del Inpec, Lucerito Cortés se haría presente, lloraría a moco tendido durante el beso de los novios y tumbaría de un codazo a los reyes de España para abrirse paso y tomarse una foto con el príncipe William.

En una de las mesas centrales estaría sentado el elenco de El man es Germán. Silvestre Dangond, que tocaría en la fiesta, también tocaría al príncipe Harry, y luego le daría 20.000 pesos. Andrea, de Aterciopelados, no le diría al príncipe su majestad, sino sumercé. Mauricio Palo de Agua cantaría su éxito Esa muchachita mirando fijamente a Kate, sin que ella entendiera nada. Así tuviera que repartir rasguños y patadas, Paula Jaramillo se ganaría la liga. Con la camisa salida por detrás, y ya prendido, William Vinasco le diría al novio: “!Ay, tocayito, que no nos esperen en la casa!” y lo jalaría para que se integre al trencito bailable que dirigiría al ritmo del Empari, empari. A la salida del evento, la comitiva real tendría que esquivar a Luchito, cuyo cuerpo desgonzado yacería en el andén al lado de una botella.

Los novios no aguantarían la presión y se divorciarían el mismo día de la boda ante el juez de garantías de barba blanca y pinta de loco que esta semana golpeó con una toga a un camarógrafo. Tres días después, El Espacio publicaría fotos del príncipe William apercollando a Esperanza Cucalón en la piscina del hotel Guadaira de Melgar.

Se salvaron, lo cual me alegra, sobre todo por él, un delfín valiente que se casó sin medir abolengos. Ojalá Martín Santos siga su ejemplo y contraiga nupcias con alguien que, como la nueva princesa, también se llame Katherine.

Pero los delfines colombianos no sirven para nada: mírenme a mí. Y además son endogámicos. Hace poco leí en El Espectador que existe un tercer Julio César Turbay, Julio César Turbay Noguera. Dios mío, pensé cuando leí la noticia, ahora hay que conseguir una Amparo Canal de su edad. Es una lástima que no se fijen en otras mujeres, cuando acá hay tantas y tan diferentes: sensibles y caseras, como Lucerito Cortés; jóvenes y voluptuosas, como Angelita Bustos, o maduras y sobrias, como la misma Jean-Claude.

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