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Opinión

  • | 2013/10/25 00:00

    Si la educación es mala, el futuro del país es incierto

    Un informe revelado por la ONU ubica a Colombia, en materia de educación, en el puesto 78 entre 129 países del mundo.

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Mientras que el presupuesto para la guerra sea mayor del que se destina para la educación, las posibilidades de un desarrollo real serán solo un sueño. Las estadísticas, en este sentido, no mienten: en 2013 el presupuesto para la defensa del país superó los 15 mil millones de dólares, una cifra astronómica si se piensa que su objetivo es el sostenimiento de un Ejército de casi 500 mil hombres y la fabricación de bombas, fusiles, municiones y otros artefactos de destrucción y muerte.

En la medida que la guerra se tecnifica (drones provistos de cohetes de precisión, capaces de acertar un blanco a varios kilómetros sin producir daños colaterales), la educación nacional sufre su debacle. Lo anterior lo demuestra un informe revelado por la ONU que ubica a Colombia, en materia de educación, en el puesto 78 entre 129 países del mundo, solo por encima de algunas naciones de África y Asia. Lo preocupante de este informe, que fue publicado en 2010 pero que proyecta un seguimiento hasta el 2015, es que nuestro país es el único de Suramérica que no garantiza el cubrimiento total de la educación primaria y secundaria de sus niños y jóvenes. Asimismo, deja en evidencia que el porcentaje de deserción escolar es uno de los más altos de la región. 

A lo anterior se suma un problema de cobertura y, por supuesto, unos bajos estándares de calidad que se manifiestan en los exámenes Saber 11, de obligatoriedad para los estudiantes de secundaria que sueñan con ingresar a la universidad, y en las publicitadas pruebas Saber Pro que se aplican a los universitarios que cursan los últimos semestres de sus respectivas carreras.

Ese status quo, que se yergue como el pico más alto de la educación colombiana, se alcanza ver con más claridad en las mediciones que realiza el Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes, PISA [por su sigla en inglés], en las que nuestro país ha participado en tres oportunidades [2006, 2009, 2012] y cuyos resultados no han sido para nada alentadores, pues nos ubican como una de las naciones más regulares de la región, superada por un bloque de países conformados por Uruguay, Chile, México y Costa Rica, que en las tres mediciones señaladas han ocupado siempre los primeros lugares.

Como al fracaso hay que justificarlo, para algunos expertos en el tema, entre los que encontramos directivos de la Federación Colombiana de Educadores, FECODE, las razones por las que esto se presenta son múltiples y complejas. Ya que van desde el pésimo sistema que rige la educación del país y que se pone de manifiesto en algunos aspectos de la formación de los individuos, hasta el mal estado de la infraestructura de las escuelas y la pésima remuneración que reciben los docentes.

Si es cierto que el presupuesto asignado este año al Ministerio de Educación fue superior al del 2012, también lo es el hecho que en inversión nuestro país está muy lejos de alcanzar la meta presupuestal que en materia educacional realizan países de Europa como Francia, Alemania, Inglaterra y algunos de Asia como China e India. La ilustración no puede resultar más clara: Finlandia, por ejemplo, destina un 13 por ciento de su PIB a este rubro, mientras que China se ha convertido en la nación que más dinero invierte en investigaciones, asignándole un 1.7 por ciento de su Producto Interno Bruto. En cuanto a educación pública, el gigante asiático destina un 3 por ciento más, superando incluso a los Estados Unidos, que en 2008 invirtió solo un 3.2 por ciento en educación.

En Colombia, los dineros que se asignan a este rubro no alcanzan el 4 por ciento de su  Producto Interno Bruto, y la remuneración de los docentes, en comparación con la de los países ya mencionados, es diez veces inferior, lo que ha llevado a algunos especialistas sobre el tema a señalar que ser maestro en Colombia es una profesión de hambre, pues para que un docente alcance la categoría 14 del escalafón, que le representa dos millones 500 mil pesos, no solo debe tener 15 años de antigüedad laboral y haber realizado como requisito una maestría, que en términos de inversión le representaría 5 millones de pesos por semestre, sino también haber hecho algún tipo de investigación en su respectiva área y, si es posible, haber escrito un libro.

El problema se hace más complejo cuando se le escucha decir a Ignacio Mantilla, rector de la Universidad Nacional, que los docentes con posgrado en Colombia, al igual que el número de investigadores, es de 160 por cada millón de habitantes, mientras que en países de Europa como Alemania y Francia la cifra está en un promedio de 4 mil por cada millón. A esto se le agrega que nuestras universidades, en general, no contratan docentes exclusivamente para  los departamentos de investigación, sino también para el desarrollo de las clases, tanto en los programas de pregrados como los de posgrados.

Lo anterior, quizá nos aclare un poco el por qué en Colombia eso que llamamos ‘investigación’ en las distintas disciplinas, sea solo un destello de luces en la oscuridad, pero no nos da las razones por las cuales la educación nuestra está rezagada en comparación con otras naciones de la región ya señaladas.

Hace poco, en este mismo espacio, Margarita Orozco Arbeláez reflexionaba sobre los mínimos estándares de calidad que deberían cumplirse en el desarrollo de la educación superior. Su conclusión era que en nuestro país la mediocridad se ha convertido prácticamente en una norma que ha sido alimentada, sin duda, desde la casa pero que ha tenido una enorme repercusión en las universidades colombianas, tanto públicas como privadas. Esta mediocridad se refleja en el facilismo que adoptan los estudiantes frente al compromiso de las evaluaciones y el conformismo de la nota mínima. El resultado, en este sentido, es la salida al mundo laboral de profesionales mediocres que luego irán a ocupar las vacantes de un mercado donde las leyes de la selva siguen teniendo validez. La caída de las Torres Space en Medellín se constituye en una muestra de lo expresado anteriormente. Las cinco décimas que no se alcanzaron en el examen final pueden resultar peligrosas a la hora de poner en práctica lo aprendido. 

*Docente Universidad Tecnológica de Bolívar

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