Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2007/10/27 00:00

“¡Sí, no lo dudo!”

Darío Valencia, profesor universitario de Ética, hace una reflexión desde este campo acerca de la respuesta dada por Samuel Moreno al también profesor Antanas Mockus

“¡Sí, no lo dudo!”

La teoría del mal menor con la que respondió el candidato Samuel Moreno el dilema ético que en reciente debate le formuló el profesor Antanas Mockus es una teoría ética suficientemente sustentada y defendida por reconocidos académicos de la filosofía y la política, como por ejemplo el ilustre profesor de la Universidad de Harvard Michael Ignatieff, director del Instituto Carr de Derechos Humanos, de Harvard, y autor del exitoso libro El mal menor.

Una situación mayor de mal menor es la tan discutida guerra preventiva del presidente Bush para salvar la humanidad contra el terrorismo mundial. Pero la vida cotidiana abunda en males menores, como el médico que oculta a su paciente la gravedad o la fatalidad de su enfermedad, la madre que le miente a su esposo para evitar que su hijo sea castigado severamente, el cónyuge que le miente a su pareja sobre la infidelidad que le puede costar la separación, y hasta la simulada cortesía o falsa amabilidad de todos los días que hace decir cosas faltas de sinceridad. Un editorial en Bogotá decía que era un mal menor que ganara en Perú Alan García para evitar un presidente de perfil chavista; y mal menor la madre que prefiere perder a su hijo antes que el rey Salomón lo parta en dos; y el examen que inició la Iglesia católica de eventualmente considerar como mal menor el uso del preservativo en la pareja que padece sida. Y oficialmente se ha justificado como procedente que los funcionarios del Estado mientan en los interrogatorios a los sospechosos de delitos para inducir a su confesión. Y mal menor de trascendencia el de muchas democracias que en sus Constituciones políticas consagran tácitamente la teoría del mal menor, como la Constitución colombiana.

Un dilema ético es la disyuntiva que se le presenta a una persona para elegir o decidir entre solamente dos opciones de valoración semejante, es decir, elegir entre dos valores o bienes, o elegir entre dos antivalores o males. No hay dilema ético cuando se trata de elegir entre un valor y un antivalor, o entre el bien y el mal, pues aquí no hay disyuntiva para una conciencia correcta; y el dilema ético no admite neutralidad o ambigüedad, pues es imperativo resolverlo eligiendo una de las dos opciones, ser o no ser, cara o sello.
El dilema ético del ex alcalde Mockus a Samuel Moreno: “¿Si usted, comprando 50 votos puede salvar la ciudad de caer en manos de alguien capaz de comprar 50.000 votos, lo haría?” “Sí, no lo dudo”, fue la respuesta, y al día siguiente explicó que contestó así por “salvar la ciudad”, y en esta explicación hay todo un discurso.

Respondió, entonces, con la teoría del mal menor. La compra de los 50 votos está condicionada a la finalidad noble de salvar la ciudad de un gobernante capaz de sobornar a 50.000 ciudadanos, es decir, salvar la ciudad de un personaje capaz de comprar y corromper la democracia en tal magnitud, lo que denota su alta peligrosidad capaz del colapso de la ciudad. Sólo comprando los 50 votos se podría salvar la ciudad de la potencialidad de la catástrofe. Sin duda, comprar 50.000 votos o 50 es malo, son dos males, pero como el dilema ético es de obligatoria solución, el candidato Moreno optó por el mal menor de los 50 votos para salvar a la ciudad.

La teoría del mal menor tiene una correlación con la conocida ética de la responsabilidad propuesta por Max Weber, la cual sostiene que una conducta es ética o no, buena o no, correcta o no, dependiendo del resultado y no de la intención, y es fundamental en el resultado tener en cuenta las consecuencias previsibles de dicha conducta. En la respuesta del doctor Moreno su ética de la responsabilidad buscaba como resultado salvar la ciudad del colapso y en las consecuencias buscaba evitar que la ciudad quedara en las manos de un gran sobornador de previsible peligrosidad. Si el doctor Moreno hubiera elegido la opción de permitir que ganara la elección el comprador de los 50.000 votos, las consecuencias habrían sido las de impedir la salvación de la ciudad, lo cual, dentro de la ética weberiana, sería un acto carente de responsabilidad con la sociedad.

Al día siguiente de su respuesta, el doctor Moreno fue sacado del contexto del dilema ético y se le criticó por respaldar la compra de votos, y sin darse cuenta de que estaba fuera del contexto, afirmó que se había equivocado en su respuesta. En mi concepto, el doctor Moreno no se equivocó y contestó el dilema del doctor Mockus muy correctamente a la luz de la ética de la teoría del mal menor.

El suscrito tuvo la oportunidad de dialogar con el doctor Mockus sobre la teoría del mal menor en un programa de opinión de la televisión y aunque él expreso ciertas reservas sobre la teoría, reconoció que era válida la respuesta del doctor Moreno siempre y cuando la hubiera fundamentado; la respuesta para él era válida, pero con explicación.

La teoría del mal menor sostiene que para salvar la democracia puede ser “legítimo” o ético desconocer o limitar, por vía de excepción, el estado de derecho y sus derechos y libertades, pero en situaciones extraordinarias, y entonces optar por el mal menor, siempre y cuando procedan posteriormente los controles políticos y judiciales del estado de derecho.

Este principio está consignado en la Constitución Política de Colombia de 1991, y lo estuvo en la figura del estado de sitio en la Constitución de 1886. En la actual Constitución aparecen las normas de los estados de excepción que conceden facultades al Presidente de la República para enfrentar el estado de guerra exterior y la conmoción interna, y mediante esas facultades el gobernante podrá, constitucionalmente, derogar transitoriamente la legislación pertinente y limitar relativamente ciertos derechos y libertades, con el fin de garantizar la estabilidad institucional, la seguridad del Estado y la convivencia ciudadana.

Dicho de otra manera: la teoría del mal menor está prevista tácitamente en la Constitución para salvar la democracia colombiana a través de los estados de excepción; o para “salvar la ciudad”, como dirían los doctores Mockus y Moreno Rojas.

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