Domingo, 4 de diciembre de 2016

| 2009/01/25 00:00

Sí, pero no

A pesar de todo, para muchos norteamericanos siguen siendo más seductoras las promesas de Bush (somos fuertes) que las de Obama (debemos ser humildes)

Sí, pero no

Que un negro sea presidente de los Estados Unidos es una elocuente imagen del cambio. Pero del que ya ha habido, y no necesariamente del que vendrá. Barack Obama es un resultado, y no una causa. Por ahora, al menos. El resultado, y el heredero, de predecesores tan variados como el asesinado Martín Luther King y el también asesinado Malcolm X, como Condoleezza Rice y Louis Farrakhan: la culminación de una larga historia de luchas por los derechos civiles de los negros. Que Obama sea hoy presidente significa que los negros están dejando de ser ciudadanos de segunda en los Estados Unidos, es decir, que los Estados Unidos se han transformado por dentro, convirtiéndose en una sociedad racialmente más justa. Y es posible, y probable, que la actual crisis económica, como ocurrió con la de los años 30, los empuje a serlo más aún también en lo social: una en la que los pobres estén más protegidos (seguridad social, etcétera) y los ricos sean menos favorecidos (exenciones de impuestos, etcétera). Y todo eso es admirable.

Pero de ahí a concluir que, como consecuencia de la llegada de Obama a la presidencia, los Estados Unidos van a cambiar también hacia afuera hay un paso bien grande. Porque en eso la presión de las fuerzas del cambio no es ni tan efectiva ni tan cierta. A pesar de su desprestigio, para muchos norteamericanos siguen siendo más seductoras las promesas de George Bush (somos fuertes, podemos hacer lo que nos dé la gana, todo el mundo nos teme, vamos a bombardear y torturar, toda la riqueza del planeta es nuestra) que las observaciones de Obama (estamos en invierno, tenemos que ser humildes, no podemos consumir los recursos mundiales porque el mundo ha cambiado y debemos cambiar con él). Ahora Bush está solo (o casi: 30 por ciento de aprobación); pero hay que recordar que no lo estuvo cuando lanzó sus guerras contra medio mundo. Hillary Clinton, hoy secretaria de Estado de Obama, apoyó en el Senado la de Irak, y en su reciente campaña presidencial seguía abogando por el machacamiento de Irán. De Israel y Palestina no hablemos: la casi totalidad de los norteamericanos defiende la monstruosa "defensa propia" de Israel, sin distingos de partido. De Afganistán, el propio Obama dice que hay que seguir allá hasta la victoria. Y si de Irak quiere salirse, lo mismo estaba haciendo el propio Bush: pero no por creer que la guerra fuera mala, sino por comprender al fin que estaba ya perdida. Así se salió Richard Nixon de Vietnam, y Ronald Reagan del Líbano, y Bill Clinton de su aventurita en Somalia.

Hay que ver, además, el gabinete de Obama, que puede haber sido armado por razones de equilibrio político interno pero tiene efectos de desequilibrio externo. La ya mencionada Hillary Clinton, que es un halcón, en el Departamento de Estado. En el de Defensa, el mismo Robert Gates, de Bush. En el de Justicia, Eric Holder, en cuyo pasado reciente figura la anécdota de haber sido el abogado defensor de la Chiquita Brands por haber financiado en Colombia bandas paramilitares que asesinaban -entre otros- a los sindicalistas del banano. Hugo Chávez tiene toda la razón cuando señala lo obvio con respecto al gobierno de Obama: "Nadie se haga ilusiones. Se trata del imperio".

Toda esta ambigüedad del "sí, pero no" del gobierno de Obama puede ilustrarse bien con su más simbólico gesto de ruptura con los años de plomo de Bush: la "orden ejecutiva" que firmó en el primer día de su presidencia para cerrar la cárcel de Guantánamo y prohibir la tortura de prisioneros.

Sí, la cárcel se cierra: pero dentro de un año. Y no se sabe qué se hará con los que allí llevan años detenidos sin juicio. Si serán juzgados, o liberados, o devueltos a sus países de origen para que sean detenidos sin juicio.

Y sí, la tortura se prohíbe. Pero ya estaba prohibida: "castigos crueles", "tratos inhumanos o degradantes". Sí: pero lo que importa es la definición exacta de tortura, que el gobierno de Bush, con la aprobación del Congreso, redujo a los más estrechos límites imaginables: sólo existe tortura, se llegó a afirmar, cuando los dolores ocasionados al paciente superan el de causarle la muerte. Y en cuanto a la privación del sueño, el secretario de Defensa Rumsfeld se limitó a comentar que también él dormía poco.

Por añadidura, también estaba explícitamente prohibida la tortura en el extranjero. Esa es la justificación para practicarla en Guantánamo en Cuba, en Abu Ghraib en Irak, en Bagram en Afganistán, o en las diversas cárceles secretas que tiene la CIA desperdigadas por medio mundo: que al hallarse fuera del territorio norteamericano no rigen en ellas la Constitución y las leyes de los Estados Unidos. Pero resulta que a principios de este mes, en Miami, un tribunal federal condenó a 97 años de cárcel al hijo del ex dictador africano Charles Taylor por torturas cometidas en Liberia bajo el gobierno de su padre. El juicio se hizo en virtud de una ley federal de 1994 (estrenada con este caso en 2009) que permite juzgar a ciudadanos norteamericanos (el hijo de Taylor lo es) por delitos de tortura cometidos en el extranjero.

Siendo así, no se ve muy bien qué efecto práctico van a tener las "órdenes ejecutivas" de Obama. Seguiremos esperando.

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