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Opinión

  • | 2001/11/05 00:00

    Sí se puede

    Por cuenta de las barbaridades de las Farc, la población ya no tiene temor sino indignación nacional que ha cruzado todas las barreras

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Increíble. Despuès de haberse salvado el proceso, las Farc vienen aplicando la ofensiva que tenían preparada por si éste se rompía. ¿Falta de comunicación con los frentes? ¿Falta de autoridad con los frentes? ¿Producto de una decisión consciente del alto mando?

Andrés Pastrana llegó a la Presidencia con la decisión de que la única manera de sacarnos del limbo de una guerra perpetua era inaugurando un proceso de paz que convirtiera a Estado y guerrilla, los dos contendores que supuestamente no podían derrotarse mutuamente, en contertulios de un diálogo.

Hoy, que hay un cronograma sobre la mesa, podemos concluir sin ninguna duda que este proyecto de arreglo es muy bueno, con todo y que existan tantas posibilidades de que fracase.

¿Y por qué es bueno, si no podía estar funcionando peor? Por que si finalmente, como parece, llega a estallar la guerra total, no podría estar el gobierno en mejor posición para librarla, a pesar de todas las sangrientas y desde luego nada deseables consecuencias que una guerra, del tamaño que sea, le cuesta a un país.

Si el proceso fracasa —cosa que se sabrá el 7 de abril— por primera vez en muchos años estaríamos ante una guerra que se puede ganar.

El mérito, en medio del máximo descrédito, de Andrés Pastrana en el cambio de la situación, es total. No sólo pudo por fin confirmar el compromiso de Estados Unidos con Colombia, sino que logró poner a firmar a las Farc frente a la Comunidad Europea un acuerdo con el gobierno sobre el que el mundo entero tiene puestos los ojos. A ningún país le queda ya la duda de que Pastrana pueda hacer más por sacar adelante el proceso de paz en el que se empeñó a comienzos de su gobierno. Y si éste fracasa, lo que queda ya es la guerra. Una guerra que, repito, por primera vez veo ganable.

Hoy contamos con un Ejército mejor dotado, mejor preparado, mejor armado. Y eso, para no mencionar lo que sucedería si el gobierno deja de hostigar a los paramilitares, sin necesidad siquiera de que pase a apoyarlos: ahí se le empeoraría el problema militar a las Farc. Pero esa no es la razón de mi argumento.

Por fin esta guerra contra las Farc no es percibida como un problema de las Fuerzas Armadas versus la guerrilla, sino como un problema de la sociedad versus la guerrilla. Esta solidaridad con el Ejército no la veíamos casi desde la guerra contra el Perú, cuando las señoras de la alta sociedad entregaban sus anillos al Ejército colombiano (joyas o chichiguas) para ayudar a sufragar el conflicto.

Por cuenta de todas las barbaridades que las Farc continúan haciendo en el país, la población ya no sólo tiene terror sino indignación nacional, que evidentemente ha tumbado las barreras de clase, de raza o de geografía. Las Farc están completamente ‘caídas’ con el pueblo colombiano que, como dice Horacio Serpa, “se mamó” con el hostigamiento de la guerrilla hasta el nivel de apoyar incondicionalmente al presidente Pastrana, lo que es increíble si se mira su inmenso grado de impopularidad, de llegar éste a tomar la decisión de declararles la guerra a las Farc.

Pero la cosa va más allá: no sólo la sociedad colombiana ya sabe cómo es la guerrilla. La comunidad internacional también.

Antes de Pastrana, la guerra contra las Farc tenía un marco muy distinto: además de enfrentarse con la indiferencia de los colombianos y con un apoyo relativo de Estados Unidos, también había que lidiar a una comunidad europea neutral, bordeando en la simpatía hacia nuestros subversivos.

Pero esa ya no es la situación. Con los embajadores europeos involucrados hasta los tuétanos en esta última etapa del proceso, ya no hay neutralidad posible. Así las Farc aleguen el 7 de abril, como pretexto para no pactar la tregua, que el gobierno no cumplió con su compromiso de acabar con el paramilitarismo, los embajadores europeos también pasarían a ser víctimas del fracaso del proceso, al sentirse ‘conejeados’ con la falta de voluntad de salvar un cronograma del cual ellos fueron garantes.

Soy absolutamente enemiga de la guerra y la página de Internet de SEMANA se recalienta con la indignación de los lectores cada vez que esta columna se atreve a felicitar al Presidente por mantener su empeño de sostener los diálogos con las Farc, en medio de la más absoluta incredulidad nacional.

Pero sí tengo el convencimiento, por cuenta de la testarudez superimpopular de Pastrana, de que, de una guerra que no se podía ganar, hemos pasado a la eventualidad de una que sí se puede ganar.
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