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Opinión

  • | 2011/05/25 00:00

    "Si quieres cambiar el mundo, empieza por cambiar tú primero"

    En un mundo en el que nos enseñan a ser personas 'competentes' y se impone la necesidad de sobresalir por encima de los demás, es difícil no pensar -o incluso no sentir- un sentimiento como la envidia.

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En un mundo como el actual en el que desde niños nos están enseñando a ser personas ‘competentes’ y capaces para “enfrentar lo que viene”, en el que se impone una necesidad cada vez mayor de ‘ser el mejor’ y de sobresalir por encima de los demás, es difícil no pensar –o incluso no sentir- un sentimiento como la envidia. No en vano el dicho popular ‘¿Envidia? Mejor despertarla que sentirla’.

Hace poco llegó a mi consultorio un hombre de 40 años muy exitoso laboralmente, aunque ese éxito le costó la amistad con una de sus grandes amigas. En la primera sesión me contó cómo entró a la compañía en la que trabaja actualmente, en buena parte gracias a una amiga que no sólo fue quien pasó su hoja de vida, sino que además lo apoyó en todo el proceso. “Lo que más me gustaba de entrar a esta compañía era trabajar con ella. No sólo porque ha sido mi amiga toda la vida, sino también porque es una persona muy inteligente, preparada, y sentí que iba a aprender mucho a su lado”.

Al poco tiempo de entrar a trabajar él empezó a recibir reconocimientos no sólo por parte de sus colegas, sino también por el presidente de la compañía. Para él eran excelentes noticias. Pero cayó en cuenta de lo que este ‘éxito’ estaba generando en su jefe y amiga, quien comenzó a competir con él buscando descalificar su trabajo de todas las formas posibles. “En las reuniones no me daba juego, no me dejaba hablar, me ignoraba completamente. Después empezó a ser más agresiva, me respondía con tres piedras en la mano a todo lo que yo decía, hasta que un día se me voló y le contesté mal. Me sentí pésimo, entonces salí de la reunión y fui a disculparme. Después de eso intenté varias veces hablar con ella para preguntarle qué le pasaba, pero siempre me respondía que no era nada, que era cuento mío. Al final, de nada me sirvió intentar hablar con ella”.

Martin Luther King decía: “Devolver violencia con violencia multiplica la violencia, así como añadir más oscuridad a la noche hace que desaparezcan las estrellas. El odio no puede acabar con el odio, sólo el amor puede hacerlo”. Con base en esto, empezamos a trabajar para que él lograra, a través de estrategias concretas y prácticas, evitar envenenarse con las agresiones de su jefe y así, lograra responderle siempre de una manera amable y sin hacerle daño. Lo que a él más le molestaba era darse cuenta de que la situación se le estaba ‘saliendo de las manos’: cada vez le era más difícil evitar reaccionar de manera agresiva. Comenzamos entonces a utilizar la estratagema china de “matar a la serpiente con su mismo veneno”, lo que en la práctica significaba que, independientemente de lo que le dijera su jefe, estuviera o no de acuerdo, fuera o no justo, él siempre debía responder con la siguiente frase: “Te agradezco mucho por todo lo que me estás diciendo porque así me estás ayudando a ser siempre una mejor persona”.

A la segunda sesión llegó diciendo que no sabía quién estaba más sorprendido con esa respuesta, si él o su jefe. Me contó que en la siguiente reunión que tuvo con ella después de nuestra cita intervino sobre alguna cosa e inmediatamente recibió de ella una respuesta descalificativa, con una ‘alta dosis de veneno’ a través del cual lo estaba haciendo quedar en ridículo ante sus colegas de trabajo. “Aunque en ese momento sentí angustia, me di cuenta que tenía dos opciones: responderle amablemente o agredirla de nuevo, y preferí lanzarme con lo primero. Ella se quedó fría con mi respuesta, me ignoró y continuó con la exposición”, me decía en la consulta. Volvió a ocurrir algo similar antes de vernos nuevamente, y él utilizó una vez más la misma estrategia, dándose cuenta que responder así generaba en él una sensación de tranquilidad porque, independientemente de lo que ella hiciera, él ya no estaba contribuyendo a aumentar el conflicto. Esto lo impulsó a mantener la estrategia un par de veces más hasta que ella dejó de agredirlo. Aunque no lo felicitaba por sus aportes, empezó a darle la palabra con más frecuencia, generando en él un cambio de actitud pues abandonó su actitud defensiva y, sorprendentemente, ella también. La última vez que nos vimos me contó que lo había citado para preguntarle cómo se sentía en su trabajo, si estaba a gusto con lo que estaba haciendo, le ofreció su apoyo en lo que él necesitara y sin mayores explicaciones, le pidió disculpas si en algún momento había tenido un comportamiento antipático.

Aunque al comienzo fue difícil evitar responderle ‘con veneno’, mantener siempre la respuesta amable hizo que fuera ella quien se tuviera que hacer cargo de su rabia sin necesidad de entrar en argumentaciones y discusiones, pues si bastara un argumento para dejar de hacer algo que le hace daño a otro o incluso a uno mismo, habría sido suficiente con la primera conversación que él intentó tener con ella. Por su parte, para él fue importante haber mantenido esta respuesta pues también le ayudó a canalizar su rabia en otra dirección y evitar así alimentar el conflicto y la culpa que sentía cada vez que la agredía. Pero quizás el resultado más importante fue darse cuenta de que al responder a una agresión con otra, estaba haciendo exactamente lo mismo que criticaba en su jefe, entrando así en una ‘guerra de egos’ y orgullos de la que era cada vez más difícil salir, pues entre más se alimenta este ‘círculo vicioso’, más difícil es que alguna de las partes esté dispuesta a agachar la cabeza.

Existe la creencia que para ser más fuerte hay que pelear con más fuerza. Mi experiencia me ha demostrado lo contrario, en el sentido que lo que realmente nos hace cada vez más fuertes es la disposición que tenga cada persona para trabajar en sí misma. Sólo cuando se tiene esta disposición, pueden ser útiles estrategias prácticas y concretas que poco a poco van cambiando el sentir de cada persona, y con el sentir van cambiando también el comportamiento y el pensamiento de cada una. Posiblemente sea difícil evitar ser víctima de la envidia de otras personas en algún momento de la vida. Lo importante es aprender a responder a cada situación partiendo de las sabias palabras de Gandhi: “Si quieres cambiar el mundo, empieza por cambiar tú primero”.

Ximena Sanz de Santamaría C.
Psicóloga – Psicoterapeuta
xsantamaria@gmail.com
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