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Opinión

  • | 1982/06/14 00:00

    SI SE PUEDE, NO SE PUEDE

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Supongo que los lectores de SEMANA no entenderían que usara "mi turno" en comentarios diferentes a la actual situación política y tampoco lo entenderían así sus directores, que tan amablemente y sin cortapisas me han propuesto que colabore con esta página.
El giro que ha tomado la campaña electoral es, según lo dijo el doctor Alfonso López, de una evidente polarización entre la candidatura llamada oficial del liberalismo y la candidatura nacional del doctor Belisario Betancur. Esta polarización será cada día más evidente, por cuanto a la gente no le gusta "botar el voto". Quiere que su voto sea útil y que influya en la toma de las decisiones.
La alternativa se ha tornado aún más clara con el poder mágico de la televisión. Luego de las intervenciones de los candidatos, el debate se ha planteado ya no entre buenos y malos, entre liberales y conservadores, entre gobiernistas o no gobiernistas, sino que ha resultado entre quienes creen que "no se puede" y quienes creen que "sí se puede".
Es natural que la polémica está representada por el doctor López como el campeón del "no se puede" y del doctor Betancur como el campeón del "sí se puede".
El negativismo le nace al doctor López de su experiencia como gobernante y, pienso yo, de su propia experiencia vital.
En el caso suyo todo le ha sido dado por añadidura y por lo tanto ha carecido de la ilusión de la conquista. Le ha tocado administrar el peso de una fama remota y por lo tanto ha carecido de ilusiones.
Belisario Betancur es su antípoda. Cada paso ha tenido que darlo subiendo una dura pendiente para lo cual ha necesitado pulmones de acero y voluntad de hierro. Cada peldaño le ha significado una dura brega que requiere mantener esperanzas, luchar por ilusiones, conquistar realidades y gozar con sus triunfos.
Los países requieren, para ser gobernados, mantener un margen de esperanza. Probablemente lo más grave que le puede ocurrir a Colombia es el elegir para dirigirla a quien no las tiene, no las suscita y no las cree.
En la hipótesis, que yo considero imposible, de que el doctor López volviera a ser elegido presidente de la república, desde el 7 de agosto a las 3 de la tarde se encontraría rodeado de la animadversión pública. El país no le abriría ningún margen de confianza, ni siquiera el de los consagrados 100 días. Sería un país incapaz de la mística, del dinamismo, que se requiere para poner otra vez en marcha una economía paralítica, un país desmoralizado y en derrota al cual hay que levantar de su postración calamitosa.
Para gobernar se requiere una gran capacidad de liderazgo y la seguridad de poder realizar transformaciones profundas. No se da el primer paso si no se sabe para dónde y no se tiene una meta. Un país que no tenga conciencia de su propia capacidad de realizar está a un paso del caos o dentro de él.
Plantearle a una sociedad como tarea el "no se puedé" es liquidarla por anticipado.
Belisario Betancur es todo lo contrario. Su obstinada búsqueda del poder, la sobrehumana capacidad de esfuerzo y de trabajo con que carga todas sus decisiones, el convencimiento profundo de que Colombia y su gente sí pueden producir hondas transformaciones, le crea detrás suyo y en el alma de los partidos y de la gente que lo siguen, la motivación de una gran tarea. Ha sido capaz de crear ilusiones y esperanzas porque se sabe capaz de realizarlas.
Por supuesto sería una antinomia creer que alguien las genera si no puede cumplirlas, porque de suyo, en su creación, está el germen de su realización.
El país está en franca decadencia. La economía el año pasado registró el menor crecimiento del producto de que se tenga noticia desde cuando existen estadísticas en el país. Hay fatiga industrial, fatiga agropecuaria, fatiga creativa. La ética del trabajo honrado ha sido sustituída por un facilísmo de lotería. La subversión y la inseguridad rondan por doquier. Las instituciones están deterioradas, nadie cree en la justicia ni en el Estado, que está siendo sustituído hasta en sus deberes más elementales, como el de garantizar la vida y honra y bienes de sus ciudades.
Dar el timonazo requiere fe, esperanza, voluntad y ganas. Ninguna de esas virtudes está hoy ni en la palabra ni en la acción cansina del doctor López.
Para reemplazar estos propósitos ha levantado una bandera desesperada: La de la paz de partido.
Con una irresponsabilidad poco común en quienes vivieron los años de la violencia partidista, se procura inyectar otra vez ese morbo en una juventud que se sabe superada de espantos porque nació, vivió o llegó al uso de la razón política dentro del Frente Nacional. Procurar rehabilitar entre quienes pudimos curar el sectarismo, una pasión semejante, es simplemente confesar que se está en estado de extrema desesperación.
La paz no es liberal, ni conservadora ni comunista. La paz es nacional, la paz se llama justicia, sostenemos nosotros.
Pensar que la terapeútica para la subversión actual puede ser la misma que se aplicó en el 30 y en el 48 sería ingenuo si no lo predicaran quienes tratan de producir efectos políticos. El problema actual, el de subversión y el de la violencia, está precisamente en el campo que no pudo curar el Frente Nacional, que no fue precisamente el campo político, sino el campo social.
Y como si fuera poco, la tesis de la paz liberal se monta sobre un exabrupto matemático. Que la mayoría es minoría.
En todas las plazas de Colombia nos reciben con un grito de esperanza: ¡Sí se puede! ¡La paz es nacional!
Va a ser difícil demostrar el 30 de mayo que quienes ganan, pierden.
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