Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1997/04/14 00:00

SI YO FUERA SAMPER...

SI YO FUERA SAMPER...

Ya se sabe que el presidente Ernesto Samper salió del problema. Que de lo que se trataba era de si un grupo de conspiradores era capaz de imponer su fuerza grandiosa sobre la debilidad del Presidente para doblegarlo, como en un pulso; que se trataba de ver si el Presidente era tan débil como para sucumbir ante unos periodistas (o gremios o ricos o lo que sea... el sector es el mismo). El resultado concreto de ese pulso fue que Samper (o la Presidencia) ganó. Presidencia mata periodismo, es la gran lección de la temporada. Antes era distinto. Antes, la prensa era un poder tan tremebundo que el que se atravesara en su camino moría. Ya no. El episodio de Samper demostró que la prensa es capaz de hacer sufrir pero que no le alcanza la pólvora para matar.Pero eso ya pasó. Hay estabilidad en el poder, y no parece haber en el horizonte ningún factor que amenace la permanencia del Presidente en su puesto hasta el último día de su mandato, el 7 de agosto del 98.Pero se acercan las elecciones de Congreso y Presidente, y para Ernesto Samper la elección de Horacio Serpa no sólo es un deseo que proviene de la identidad política con su escudero, sino que se tiene que volver una prioridad política de supervivencia. A partir del 8 agosto del 98, el ex presidente Samper va a ser uno de los hombres más solitarios del mundo. Por un lado, va a tener que enfrentar los efectos de la radicalización política del país sin más defensa que sus títulos de antiguo mandatario y la ayuda de Horacio Serpa, si es que Serpa lo sucede en la Presidencia. Los enemigos de hoy seguirán siendo los mismos de mañana, y muchos de sus amigos políticos que hoy le configuran las mayorías parlamentarias estarán pastando -como ha sido siempre- en potreros más verdes que el suyo. Por el otro, desde el punto de vista internacional, es muy probable que no se pueda desprender de encima la sanguijuela en que se han convertido los gringos, que cada vez personalizan más en Samper el motivo de sus rencores hacia Colombia. La entrevista de Robert Gelbard en SEMANA anuncia incluso el montaje de un proceso judicial en su contra. Sin visa, y con solidaridades expresadas más en público que en privado, Samper emprenderá un duro paso por el desierto con un cuncho de agua en la cantimplora. Si yo fuera Samper, vería que a medida que avanza el tiempo y se acercan las elecciones, sus aliados en el Congreso van a dejar de serlo. La historia demuestra que para ellos lo único importante es cobrar caras sus adhesiones políticas, y para valorizarlas deben distanciarse hoy del candidato oficial para encarecer el acercamiento mañana.Si yo fuera Samper, vería que la consulta popular del liberalismo está herida de muerte. Que Horacio Serpa está obligado a estar en ella, pero que sus eventuales competidores, o al menos los más importantes, no van a querer medir fuerzas con el Ministro del Interior y se van a sumar a la trinca de opositores de todos los partidos que lo esperan en gavilla en la primera vuelta electoral. Si yo fuera Samper, vería que Valdivieso, Santos, Lleras, De la Calle, Pastrana, Noemí y todos los que vengan se han opuesto de tal manera al gobierno que no habría negocio programático o burocrático que los uniera a la administración en su etapa final. Si yo fuera Samper, me daría cuenta de que la calma casi infinita con la que manejó la crisis, aún en sus momentos más críticos, se está perdiendo, y que ya se están viendo signos externos de irritación del gobierno con los gringos y con sus opositores internos. Si yo fuera Samper, buscaría la manera de cambiar el escenario político por uno en el cual el Presidente pueda alcanzar apoyos políticos locales e internacionales que le permitan atrincherarse para la dura temporada electoral, y la aún más dura, en su caso, de la ex presidencia.Si yo fuera Samper, miraría el ejemplo de Alfonso López Pumarejo durante su segundo gobierno, que sobrevivió al chaparrón de la crisis, y en un gesto de grandeza y de inteligencia política entregó el poder a cambio de la tranquilidad suya y del país.Si yo fuera Samper, diseñaría un gran acuerdo político para amarrar fuerzas dispersas y me despediría del poder, ya sin que nadie me lo pidiera, con la intención de brindar paz y garantías en las elecciones. Así ganaría fuerza y sosiego personal, y quedaría inscrito en la historia como un dirigente patriota, inteligente, generoso y componedor de entuertos.Pero, por suerte para Samper, yo no soy él.

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