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Opinión

  • | 2012/05/31 00:00

    Siempre podemos caer más bajo

    Cuando aún no salíamos de la perplejidad por los ataques con ácido de que han sido víctimas varias mujeres y algunos menores de edad, nos encontramos con la noticia de la mujer que fue brutalmente agredida, violada y empalada

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Es imposible entender cómo, a qué horas, ni por qué razón, alguien arremete contra un semejante y decide desfigurarle la cara. Las fotos y los testimonios de algunas de estas víctimas publicados en la prensa le arrugan el corazón a cualquiera.

Pero si lo anterior lo deja a uno estupefacto, lo que pasó en el Parque Nacional de la capital del país da escalofrío. Si ya de suyo la violencia sexual es repudiable y no admite justificación alguna, el ensañamiento, la alevosía y la crueldad de lo que ocurrió con Rosa Elvira Cely lo deja a uno totalmente desconcertado. Eso fue, en efecto, como una bofetada en el alma.

¿Cómo puede alguien violentar así a otro ser humano? ¿Cómo puede un hombre abusar de esa manera de una mujer? ¿Qué tiene en la cabeza una persona que actúa de esa manera? ¿En qué piensa? De hecho, ¿piensa?

Con frecuencia, cuando ocurren atrocidades de esas, muchos tratan de etiquetar a sus autores como animales, o bestias, cosa que resulta absurda e injusta con unos seres que nunca recurren a la violencia por simple deseo de venganza, o por mero impulso asesino. Esa ‘virtud’ es exclusiva de nosotros los hombres, de esta especie dizque superior, que es capaz de empujarse a sí misma a los más hondos abismos del horror.  

Muchas, muchísimas, veces, los colombianos hemos dicho que el país tocó fondo, pero casos como el de Rosa Elvira nos recuerdan fría y brutalmente que somos capaces de empeorar, que podemos siempre caer más bajo, que somos infinitamente innovadores a la hora de degradarnos como individuos y como sociedad.

Es posible que este triste suceso ronde dos o tres días en nuestros medios, antes de que empiece a diluirse en las noticias de la Selección Colombia, que a su vez serán opacadas por otra monstruosidad, que de nuevo nos haga creer (o al menos decir) que nos llevó el diablo.

A mí me gustaría que este país tocara fondo, a ver si empezamos a salir a flote. Pero creo que aún nos falta mucho.

Punto aparte. Los casos del tipo que le devoró la cara a otro en Estados Unidos, o el del descuartizador de Canadá, no deben servirnos de referente, ni mucho menos de consuelo. Comparados con Colombia, en esos países la justicia actúa más y la sociedad se acostumbra menos.
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