Lunes, 5 de diciembre de 2016

| 2009/10/10 00:00

Simulacro de la Hecatombe

Entiendo que en el simulacro hubo confusiones. Junio Turbay, por ejemplo, terminó en el baño cuando le dijeron que debía correr al punto de evacuación.

Simulacro de la Hecatombe

Cuando el pasado viernes comenzaron a sonar las alarmas de todos los edificios de la ciudad, los oficinistas evacuaban despavoridos sus lugares de trabajo, un camión lleno de animales estaba volcado en la calle y algunas construcciones ardían en llamas, supuse lo peor:

—Ahora sí se armó el caos -le dije a mi mujer-: parece que acaban de darle el Nobel a Piedad Córdoba. La gente ya está huyendo del país. La izquierda va a tomarse el poder.

Tuvo que explicarme que no, que se trataba de un simulacro que organizaron por si sucedía un cataclismo.

—¿Un cataclismo? -le pregunté asombrado-: ¿como que Uribe no siga de Presidente?

Otra vez me dijo que no, que eso no sería un cataclismo sino una hecatombe, y que dejara de ser bruto, pero la verdad es que desde que soy uribista esa condición no me molesta. Al revés: me alivia.

Menos mal no le dieron el Nobel a Piedad. A mí, al menos, me habría parecido una infamia que se lo otorgaran a ella, cuando en el mismo gobierno ha habido candidatos mucho mejores: Fernando Londoño, por ejemplo, o Jorge Noguera. José Obdulio sí no: a José Obdulio lo veo más en el de literatura, por esas columnas trabajadas con un estilo preciosista que recuerda los mejores momentos de Marlon Becerra cuando pule una corona, cuando trabaja una amalgama.

Sin embargo, que la postulación de Piedad llegara tan lejos significa que la oposición no está muerta del todo. Y como el uribista de bien que soy, ahora temo que se geste una peligrosa alianza entre los liberales y el Polo, y terminen sacándonos del poder.

Puede pasar. Salvo que uno sea rival de Luis Alberto Moreno, acá no hay enemigo pequeño. Es mejor no subestimar a nadie. Ni siquiera a Rafael Pardo, por más cara de palo que tenga. Al revés: ese puede ser su mejor argumento para hacer una alianza con Navarro Wolf y trabajar ya no a la pata de él, sino de pata de él.

Preocupado, fui a reunirme con José Obdulio. Entré a Palacio, parqueé en el sitio que antes estaba asignado a 'Job' y subí a su despacho. Exquisito, como siempre, José Obdulio oía a Ray Coniff y a Richard Clayderman para inspirar su prosa. Al lado de su computador había un diccionario de citas y el libro Totalitarismo para Dummies, que consultaba con el ceño fruncido.

—Maestro -imploré-: ¿Qué hacemos? ¡La oposición todavía respira!

—¡Terroristas! -gritó-. ¡Debemos hacer algo! ¡Se nos viene la izquierda!

Algo, sí, pero novedoso: ya no basta chuzar a los militantes de izquierda, porque además no es un asunto fácil. Salvo los de la Anapo, casi todos viven varados y andan con un celular cuyo número comienza por 300, al que siempre se le cae la señal. Eso en cuanto a la cúpula, porque el mamerto promedio compra minutos en la misma caseta en que antes compraba cigarrillos sueltos. Digo antes porque ahora está prohibido: ahora sueltos sólo están el 'Pincher' Arias y su amigo el ministro de Agricultura, el 'Compincher', hasta que los investiguen de verdad.

Entonces tuve una revelación: hacer un simulacro de lo que sucedería si el Presidente no sigue y la izquierda asciende. Un simulacro de la hecatombe. Creía que era la mejor manera de prevenir al país.

Me puse en la tarea de montarlo, pero sin los errores que cometieron en el del viernes. Entiendo que aquella vez alguna personas se confundieron. Junior Turbay, por ejemplo, terminó en el baño cuando le dijeron que debía correr al punto de evacuación.

Organicé, pues, el simulacro, para advertir a los colombianos de bien, pero no había pasado la primera hora cuando Roy Barreras apareció con el pelo largo y, metiéndose piojos en la greña, clamaba por puestos; Rodrigo Rivera andaba de ruana y barba y exigía un ministerio; Hernán Zajar estrenaba una colección de buzos de lana y se iba de rumba a El goce Pagano con los hijos de Piedad; y Carlos Mattos vendía su Mercedes y se compraba un Lada.

Noemí se hizo nombrar embajadora en La Habana. Plinio publicó un libro resaltando su amistad con García Márquez, y la de él con Fidel, para que no lo corrieran de su puesto diplomático. En los cocteles todos bebían brandy y se sentaban en el piso. Ir a Andrés carne de res era desesperante porque uno ya no sabía quién era mesero y quién comensal.

Qué país de sapos, Dios mío; qué establecimiento tan deprimente. Antes del mediodía Pum Pum Espinosa, vestida con una manta indígena, ya había iniciado una cruzada patriótica para importar la media tonelada de cenizas que sobró de la cremación de Mercedes Sosa y esparcirla en La Candelaria; Raimundo había prohibido la cera en los reinados; Jean Claude andaba con unos zapatos de gamuza marca Hevea viejos y sucios, y Poncho no se le despegaba a Hollman Morris.

Suspendí el simulacro antes de suicidarme. Reconozco que si sube la izquierda no todo sería malo. Habría más ahorro de agua, por ejemplo. Pero me resisto a vivir en un país distinto a este país uribista, en el que todo funciona y en el que brillan, como faros intelectuales, personas tan importantes como José Obdulio Gaviria. Y Marlon Becerra.

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