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Opinión

  • | 2012/08/30 00:00

    Sin reafirmación nacional el desarrollo será esquivo

    En Colombia debiera comenzar a celebrarse con magnificencia la Independencia, apoyar el retorno de nacionales y promover la identidad nacional a través del sistema educativo.

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Buena parte de los millares de colombianos que emigraron a España a finales de los años 90 y comienzos del 2000 han sufrido una tragedia por partida doble. Debieron marchar de su patria a buscar oportunidades en tierra extraña cuando en la propia se les negaba; en cuanto hallaron cierto sosiego, se avino la crisis en la tierra de acogida y tuvieron entonces que asumir el nuevo infortunio como propio, pero ya en el ostracismo.
 
Si algún consuelo pueden tener es que no son los primeros ni los únicos colombianos condenados al destierro. Si la nostalgia los acompaña, no debieran preocuparse, muy pocos los extrañan, si acaso sus propios familiares, pues pertenecen o pertenecían a un país acostumbrado a expulsar inmigrantes y en donde es más fácil marcharse que regresar.
 
Y ello no es lo peor, en un fenómeno que infortunadamente atraviesa todas las condiciones sociales, incluidas las elites. Se llega al extremo de que hay que justificar, explicar en abundancia por qué se regresa al país, como si de una mala elección se tratara, como si se hubiera traicionado el camino al éxito.
 
Aunque la migración es un evento que se acentúa en el mundo moderno, no hay sociedad que haya logrado el desarrollo siendo expulsora permanente de migrantes. Al contrario, la migración permanente debilita la sociedad, su capital humano, en tanto que un número significativo de quienes buscan refugio en otro país o sociedad se llevan consigo altas tasas de formación y capacidad. Económicamente, es una sangría para las finanzas públicas, en razón a que la educación de los emigrados en buena parte ha corrido por cuenta de recursos públicos. Un país que se convierte en expulsor permanente de migrantes es un país en el que la confianza se ha perdido y esta es activo básico para la estabilidad institucional, la inversión, el desarrollo económico y la consecuente reducción de la pobreza.
 
Así, la emigración permanente de colombianos, las venas rotas de la nacionalidad, y que tiene como telón de fondo la ausencia de un sólido sentimiento nacional, socava las posibilidades del desarrollo sostenible del país y tiene unas consecuencias similares de funestas para su futuro como la corrupción, el narcotráfico o incluso la violencia.

Cualquier partido o fuerza política que se prepare para dirigir los destinos del país en los próximos años debe encauzar una propuesta y unas políticas públicas para despertar la adormecida autoestima y sentimiento nacional.
 
El sentimiento nacional, el orgullo patrio no son características de regímenes antidemocráticos. Son, al contrario, baluartes de sociedades de avanzada y desarrolladas. Tampoco son patrimonio de ideologías de derecha o de izquierda ni consiste en su sana acepción en la exaltación ciega de lo propio.
 
Si el país quiere sentar las bases de un desarrollo sustentable y lograr disminuir significativamente los niveles de pobreza, debe abocarse a la promoción de una política de Estado para la reafirmación de la nacionalidad, en la cual no solo debe estar el gobierno, sino también los medios de comunicación, la sociedad civil, los empresarios, las agremiaciones, los partidos políticos, entre otros.
 
Dicha política pública no se reduce a una campaña internacional sobre alguna de las virtudes de Colombia y sus nacionales, ni puede soslayar el necesario mejoramiento de las condiciones reales del país. Esa política pública debe ser naturalmente benévola con la llegada de los extranjeros que quieran hacer empresa, que quieran asentarse en Colombia, hundir sus raíces en este país y quieran contribuir a su engrandecimiento. No obstante, antes o paralelo a tal invitación, resulta necesario el brindar oportunidades y promover el regreso de miles y si fuera posible de millones de colombianos, los que por diversas circunstancias se ven impedidos de hacerlo.
 
Es una lástima que un país como Colombia, que no tiene amenazas a su integridad territorial en virtud de quiebres regionales ni problemas lingüísticos serios o de credos religiosos, como sí sucede en algunos países latinoamericanos, deba remontarse a la misma gesta republicana para encontrar una proeza que concite la unidad nacional. Si de remitirse a una heroicidad bélica se tratara, la victoria en la guerra de 1933 no está en el imaginario de los jóvenes o estudiantes.
 
La misma celebración de la Independencia Nacional en Colombia es probablemente asumida con menos trascendencia y boato de lo que acontece en algunos de los países del hemisferio. Si bien aquellos países tienen heroicidades más próximas en el tiempo o han impactado con mayor protuberancia la vida nacional, léase el forjamiento de una Revolución o la expulsión de ejércitos invasores, Colombia está en mora de comenzar a marcar hitos y generar círculos virtuosos que impacten el alma nacional. La misma paz con la subversión pudiera ser un anhelado punto de quiebre o partida. Pero también debiera comenzar a celebrarse con magnificencia el día de la Independencia Nacional, apoyar el retorno de los colombianos y promover la identidad nacional a través del sistema educativo.
 
Cualquier fuerza política que aspire a conducir los destinos de Colombia en los próximos años, ya sea de izquierda, de centro o derecha, debe formular una plataforma para encarar las venas rotas de la nacionalidad y lograr la autoestima y reafirmación nacional como condición indispensable para el desarrollo.

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