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Opinión

  • | 2001/03/26 00:00

    Síndrome de Estocolmo

    El paramilitarismo ha crecido de tal forma que se ha convertido en el mayor obstáculo para el proceso de paz.

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Analizado a primera vista, parecería como si el presidente Pastrana, por cuenta de sus visitas al campamento de las Farc, estuviera sufriendo del síndrome de Estocolmo: se alió con Manuel Marulanda en contra de los paramilitares de Castaño.

Hasta ahora, el país consideraba a la guerrilla y a los ‘paras’ enemigos equidistantes. Para explicarlo en lenguaje geométrico, al comienzo de este gobierno el conflicto se representaba como un triángulo. En una punta el Estado, en la otra la guerrilla y en la otra el paramilitarismo. Ahora es como una línea recta en la que de un lado están Pastrana y Marulanda y del otro Castaño.

Antes de que esto sucediera el gobierno ‘carameleaba’ el problema, mientras adelantaba con las Farc y el ELN un proceso de paz en el que sabía que, tarde o temprano, tendría que terminar conversándose con Castaño. Ahora las prioridades han cambiado: el gobierno está claramente decidido a acabar con el paramilitarismo, de lo que son prueba las permanentes declaraciones del Presidente contra este sector al margen de la ley, cuando —no lo aceptable pero sí lo lógico— habría sido que el Estado y los paramilitares estuvieran aliados contra la guerrilla, porque tienen como enemigo común a quienes pretenden derrocar al Estado para tomarse el poder.

¿Qué razones puede haber tenido el Presidente para hacer este viraje?

La primera es que se ha dado cuenta de que el paramilitarismo ha crecido de tal forma en el país, que se ha convertido en el obstáculo más grande para adelantar el proceso de paz. Dos veces, por su culpa, se han roto ya las negociaciones. El gobierno ha entendido que al dar una lucha frontal contra el paramilitarismo mejora su posición negociadora con las Farc.

La segunda razón son Estados Unidos y Europa. Las atrocidades paramilitares contra los derechos humanos hacen imposible que mientras el paramilitarismo exista en Colombia, lleguen a normalizarse nuestras relaciones diplomáticas con el resto del mundo.

El problema del Presidente con esta nueva postura es la falta de congruencia del tratamiento que se les está dando a Marulanda, como delincuente político, y a Castaño, como delincuente común.

Los métodos propios de ambas fuerzas cada vez se parecen más, hasta el punto de que han llegado a ser prácticamente inconfundibles. Tres hechos que por sus características hubieran podido atribuírseles a los paramilitares, como fue la masacre de la familia Turbay —los ‘paras’ con frecuencia masacran familias— y las amenazas hasta obligarla a salir del país contra Claudia Gurisatti —por cuenta de los ‘paras’ hay varios periodistas colombianos en el exilio— fueron atribuidos la semana pasada a las Farc por el fiscal Alfonso Gómez Méndez.

Y a pesar de ello, mientras el proceso con la guerrilla podría terminar en una nueva Constituyente o en un nuevo esquema político en Colombia, con Castaño, tal y como van las cosas, sólo puede terminar con una condena a 40 años en una cárcel. La explicación consiste en que los primeros desean tumbar por métodos ilegales y sangrientos al gobierno mientras los segundos no quieren tumbar al gobierno sino atajar por métodos ilegales y sangrientos a quienes quieren hacerlo.

El Presidente, legalmente, está impedido para darle al paramilitarismo un tratamiento político. La ley 418 de orden público sólo le otorga facultades para darles dicho estatus a los guerrilleros pero no a los paramilitares.

Pero frente a este mandato de la ley y para acabar de enloquecer a Colombia en su debate interno, también se han borrado las diferencias de orígenes. El de la guerrilla fue político, mientras detrás del origen de los paramilitares estuvo el narcotráfico. Con el paso del tiempo los paramilitares se han ido hábilmente politizando y las Farc se han bandolerizado en medio del próspero negocio de las drogas.

En sus orígenes, el objetivo de las Farc eran las Fuerzas Militares mientras los paramilitares han sembrado el terror teniendo en la mira a la población civil que sea simpatizante de la guerrilla. Hoy las Farc golpean igualmente a la población civil con el uso indiscriminado de pipetas y con masacres de grupos de civiles que estaban a la hora equivocada en el lugar equivocado.

Pero no hay duda de que en su viraje, Pastrana ha sido valiente. El grupo político, económico y social del propio Presidente tiende a ser propara, en el desesperado intento de defenderse de la agresión guerrillera.

Con su actitud, entonces, Pastrana no sólo se aleja de quienes le sirven de soporte ideológico a su gobierno, sino que en la práctica tendrá que arreglárselas para sostener la coherencia, cada vez menos clara, de abrir el diálogo para unos y de cerrarlo tajantemente con los otros. n

ENTRETANTO...... La única pregunta no es por qué se fue Humberto de la Calle. ¿Por qué tan rápido? Y ¿por qué fue reemplazado tan rápido?
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