Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2004/05/30 00:00

Sobre el escepticismo en política

Ni Uribe es el salvador que redimirá al país, ni un bis de Uribe nos hundirá en la tragedia despótica fascista que anuncian sus contrincantes

Sobre el escepticismo en política

Las personas con ideologías políticas muy firmes suelen defender sus creencias con pasión. Se enardecen en las discusiones y están convencidas de que los puntos que defienden son de vida o muerte. Muchas veces lo son, en efecto, pero no por lo fundamentales que son sus afirmaciones, sino porque sus contrincantes también defienden lo opuesto con una vehemencia que es

de vida o muerte. A los que no queremos tomar un partido virulento en esas discusiones, nos llaman tibios, flojos, indecisos. A mucho honor, pues cada vez tengo más la impresión de que tanto el presente político del mundo, como su historia, nos deberían hacer un poco más escépticos en política, menos apasionados, del mismo modo que ya lo somos en materia de religión.

Así como la diversidad de convicciones teológicas (que llevaban a terribles cruzadas y guerras santas) y la total imposibilidad de hallar un punto medio entre las "verdades religiosas" nos llevó a la tolerancia en esa materia, también la gran diversidad en las opiniones sobre los mejores sistemas de gobierno nos debería llevar a desconfiar en la "bondad absoluta" de cualquier tendencia política. En el siglo XIX Colombia tuvo sangrientas guerras civiles en las que un bando luchaba por un gobierno de tipo federal, y el otro bando creía que el federalismo sería la perdición del país puesto que nuestra única salvación era un gobierno centralista. A mediados del siglo pasado la peor violencia fue entre liberales y conservadores, y a finales, entre comunistas y demócratas.

Hoy está abierta una discusión (no muy violenta, por suerte) entre los partidarios del régimen parlamentario y los defensores del régimen presidencial. Pero la verdadera furia política nacional del momento consiste en la discusión entre quienes defienden la reelección como única alternativa para salvar a Colombia de las garras del terrorismo y aquellos que piensan que la reelección de Uribe nos hundirá en un despotismo tiránico igual al de los tristemente célebres dictadores latinoamericanos. En el país de las hipérboles, los partidarios del TLC son unos vendepatrias y quienes se oponen son unas turbas vandálicas que deberían ser vomitadas por la democracia. ¿Cómo bajarle el volumen a la retórica de los fanáticos?

Yo creo, por ejemplo, que el régimen democrático ha dado resultados muy positivos en Suecia y en Noruega, pero pésimos resultados en Haití y en Zimbabwe. Creo también que aunque una democracia de tipo occidental sea un sistema aparentemente más provechoso que una dictadura comunista o un régimen teocrático islámico, fue más sabio esperar a que el bloque soviético se desmoronara por el propio peso de sus fracasos que emprender (con buenas razones ideológicas) una tercera guerra mundial. Durante muchos años estuvimos al borde de una hecatombe nuclear. Si la camarilla que hoy gobierna en Washington hubiera estado al mando en tiempos de

Kennedy, probablemente hoy Cuba, y el planeta, estarían borrados del sistema solar. Aunque no sé: creo que aquí también a mí se me está yendo la mano en el verbo. Tal vez no había atómicas suficientes para volar la tierra y acabar con la vida; quizá la evolución tecnológica estaría volviendo a empezar a partir de unas pocas tribus sobrevivientes en las selvas tropicales.

Pero volvamos acá. La situación política está tan tirante que no sería raro que los reeleccionistas (o los anti lo mismo) quisieran pasar de las palabras enardecidas a los actos violentos. Bastaría que a unos o a otros se les zafara un muerto para que la escalada terminara en un principio de guerra civil. Yo recomendaría, para este caso particular, y también en general, como problema abstracto, un mayor escepticismo político. Ni Uribe es el salvador que solucionará todos los problemas de Colombia (fe ciega en el líder iluminado que redimirá al país) ni un bis de Uribe nos hundirá en la tragedia despótica fascista que anuncian sus contrincantes. Más allá de sus ganas, que puede tenerlas, internacionalmente no se lo podría permitir.

Un presidente, por bueno o malo que sea, no "rige los destinos" (así dicen los retóricos) de un país. Acuérdense de Barco. Su gobierno no fue el peor que se recuerde; y gobernó sus últimos dos años hundido en las nieblas mentales del Alzheimer. Ni siquiera podía hacer consejos de ministros porque en cualquier momento su cerebro se empantanaba en alguna vieja obsesión de ingeniero (el canal seco del Chocó). Por supuesto que hay sistemas de gobierno mejores que otros, y presidentes peores o mejores que otros. Pero las tendencias de la historia, las pasiones humanas, los cambios tecnológicos de la época tienen mucha más influencia sobre nuestras vidas que las actuaciones de los presidentes. No, la política no lo decide ni lo define todo. No seamos tan ingenuos ni tan crédulos. No nos matemos por una idea que nadie ha demostrado por completo. Si reeligen a Uribe, regular, si no lo reeligen, mejor. Pero por ninguno de los dos caminos Colombia llegará a ser la pacífica Suiza ni el sangriento Sudán.

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