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Opinión

  • | 2011/01/14 00:00

    Sobre el "periodismo ideológico"

    No se trata de no tomar partido sino de convertir en método el esquivar embutidos seculares de interpretación dicotómica de cualquier realidad, necesariamente multidimensional y compleja.

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Un amigo sostiene que “ideológicamente hablando, El Tiempo es el periódico de la derecha a secas del país, El Espectador de la centroderecha y Semana es la revista del «extremo centro», como diría Enrique Santos Calderón”. Se pregunta a continuación mi amigo, César Nova: “¿Y la izquierda? Hace falta un periodismo de izquierda -no sectario- en el país. Algo así como lo que fue la revista Alternativa en sus tiempos, ¿no?”.

-No. Hace falta más periodismo y menos ideología- le respondo.

“Las ideas tiranizan al que tiene pocas”, escribió Nicolás Gómez Dávila, él mismo tiranizado por su reaccionarismo recalcitrante. Pero creo que aun así acertó.

Gran periodista, gran científico social y gran pensador en general es quien no se deja esclavizar por ninguna ideología. Quien, a pesar de sí mismo y sus inevitables prejuicios (en términos de su permanente reelaboración, claro) prefiere permanecer fiel a la búsqueda de alguna “verdad” (en términos de su permanente reelaboración, también). En el campo científico social, Chomsky es un buen ejemplo de cómo esta aspiración en el pensamiento de alto nivel es tan imprescindible como irrealizable en forma absoluta. Quienes lo reivindican como un “intelectual de izquierda” (menudo contrasentido) están tan perdidos como quienes consideran a Jean-François Revel uno “de derecha”. Pierre Bourdieu, el gran sociólogo francés, modelo de intellectuel engagé durante sus últimos años, en un texto publicado póstumamente reconoció con gallardía que aunque intentó escapar a su ascendente político socialista durante su vida académica, nunca lo logró del todo. Pero al menos lo intentó.

Más recientemente Edgar Morin, el defensor del “pensamiento complejo”, publicó un libro donde, quizás sin quererlo, se declaró de izquierda al tiempo que la refutó: “Mi izquierda” (François Bourin Editeur, 2010) se titula el ensayo donde pretende resucitar una izquierda enteramente subjetiva, o sea, irreductible a “la” izquierda.

Volviendo al periodismo, que también es una ciencia social (incluido el “de opinión”, al menos el digno de su nombre), en Francia Le Monde Diplomatique es paradigmático de cómo un “intelectual ideólogo” (Ignacio Ramonet fue su director entre 1990 y 2008) convirtió un medio respetable en un pasquín impotable. En Colombia, El Tiempo, antes que un medio “de derecha” es hoy un instrumento de propaganda al servicio de un grupo económico claramente definido. El Espectador me parece el ejemplo más claro de diario crítico e independiente, con los límites que plantean ambos adjetivos, por supuesto.

Se suele confundir “periodismo crítico” con “periodismo ideológico” (¿acaso existe este último?). No se trata de no tomar partido sino de convertir en método el esquivar embutidos seculares de interpretación dicotómica de cualquier realidad, necesariamente multidimensional y compleja. Para ponerlo en otras palabras: se trata de no “reproducir” ninguna ideología sino forjarse una propia. De no ser un editorialista, columnista o reportero de izquierda o derecha, neoliberal o socialista, sino conseguir escapar a la prisión que significa cualquiera de esas etiquetas para el pensamiento. De esforzarse por pensar y problematizar todos esos rótulos que más que conceptos descriptivos son armas ideológicas con escaso poder explicativo. En suma, de desmarcarse de cualquier esquema maniqueo de interpretación de la realidad.

El escenario natural de las ideologías son los partidos y la política, no el periodismo ni las ciencias sociales. No es que el periodismo logre ser “neutral” u “objetivo”. Epistemológicamente no puede serlo puesto que los periodistas son seres humanos con sentimientos y creencias, y todo objeto al ser observado viene determinado por el sujeto que lo observa. Pero sí debe aspirar y luchar por ello para gozar de credibilidad, intentar ubicarse por fuera del espectro ideológico tradicional, o de lo contrario se convierte en un simple aparato de reproducción de la propaganda política.

En esta revista, por ejemplo, el columnista que mejor escribe es también el que de corriente resulta periodísticamente menos lúcido. Antonio Caballero, que nos deslumbra con su envidiable sintaxis y sus escritos sobre arte (el campo por definición de la subjetividad), ha sostenido desde hace tiempo y sin reservas su militancia de izquierda, que se traduce en un sesgo insalvable que frustra casi siempre la posibilidad de acierto en sus análisis e impide cualquier evolución o sorpresa en su pensamiento. No exagera cuando dice que lleva años escribiendo la misma columna.

Se fue Alfredo Rangel y con él, además de un pésimo columnista, un talentoso prestidigitador del sofisma: ¿ustedes imaginan el talento dialéctico erístico que se requiere para defender a capa y espada durante años un adefesio como el proyecto político uribista?

Situaciones similares (aunque nunca en grado tan extremo) tuvimos anteriormente con María Isabel Rueda y Rafael Nieto, quienes aunque conformaban la minoría uribista de los columnistas, eran según la opinión generalizada el esfuerzo de la revista por mantener el “equilibrio ideológico”. No creo en dicho equilibrio en materia periodística. Para mí, el periodista profesional y serio, más allá de profesar ideologías políticas o comprometerse con algún gobernante, debe ser intelectualmente insobornable: ponerse por encima de ellos en la forma como argumenta, desafiando a diario todas sus creencias políticas cuando embiste un nuevo problema, en aras de la inalcanzable “verdad”.

Aplaudo la llegada a la revista de León Valencia, una voz seria y ponderada en sus libros, sus estudios en la Corporación Nuevo Arco Iris y sus anteriores columnas en El Tiempo (¿me estoy refutando? No, nada hay tan malo que no tenga algo bueno. En El Tiempo también hay muy buenos columnistas). Alguien “comprometido” ya no con la izquierda armada sino con la búsqueda de la “verdad” periodística y la ”verdad” científica, como debe ser en su actual doble calidad de periodista e investigador social.

Para terminar, quiero agradecer la posibilidad de expresar mis propios prejuicios en contra de los prejuicios de otros sobre los parámetros de valoración de la calidad del periodismo de opinión. Cabe recordar, nuevamente con Gómez Dávila, que “el prejuicio de no tener prejuicios es el más común de todos”.

*Candidato a Doctor (PhD) en Ciencia Política por la Universidad París II Panthéon-Assas.
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